Crimen atroz en la estación de Medina del Campo

Cipriano Pik, «excelente sujeto» de nacionalidad belga que supervisaba las obras de la estación ferroviaria de la localidad, moría en 1861 mientras desempeñaba su trabajo

Estación de Medina del Campo./Archivo Municipal de Valladolid
Estación de Medina del Campo. / Archivo Municipal de Valladolid
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

También en Medina del Campo, como en prácticamente toda España, la llegada del ferrocarril vino a significar un aluvión de prosperidad. Para las comunicaciones, por supuesto, pero también para los negocios, sin olvidar la salida laboral que suponía para no pocas familias.

De 1857 datan las primeras obras iniciadas en la localidad por la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España, en la que franceses y belgas ostentaban la mayoría del capital. De ahí que no fuera infrecuente la presencia de empresarios e ingenieros extranjeros en Medina del Campo. Apenas había pasado un año desde la inauguración de la llamada «estación vieja», dotada de edificio de viajeros, dos muelles de mercancías y una cochera para locomotoras, cuando ocurrió lo inesperado. De «crimen atroz», lo calificó El Norte de Castilla.

Medina del Campo, 20 de septiembre de 1861; viernes, para ser más exactos. En un tejar próximo a la citada estación, los obreros se afanan en su trabajo diario. Falta poco para completar el horario de la mañana.

Como cada día a esas horas, Cipriano Pik, ingeniero de nacionalidad belga, camina por las obras con objeto de supervisar su marcha. Con rigidez espartana controla el devenir de las mismas, anota su evolución y repasa con exhaustividad el rendimiento de cada uno de los obreros. Es un hombre educado y estricto en su deber, en Medina del Campo le califican como «excelente sujeto».

De pronto, Pik repara en el tejar cercano a la estación. Algo le llama la atención. Camina unos pasos, los suficientes para ver mejor, y se detiene. Con especial interés observa los movimientos de un trabajador. Frunce el ceño, carraspea, mueve la cabeza. Algo está a punto de ocurrir.

Se llama Francisco García Sanz el obrero de Gomeznarro que, con su proceder, acaba de demandar la implacable mirada del belga. No es nuevo en el lugar. Lleva tiempo trabajando para el dueño del tejar, pero esa mañana no se esmera demasiado. Pik emborrona un papel con escuetas anotaciones y se le acerca. La orden es clara: «Debes trabajar mejor».

Pero García no hace caso. Sigue su rutina laboral de manera parsimoniosa, sin prisa ni ganas, como si de un recién llegado se tratara. El belga no es de los que le tiembla el pulso cuando de reconvenir o despedir a un trabajador se trata. Y parece que a García Sanz no le queda ninguna posibilidad de escapar al despido. «Usted está aquí de más; está despedido». Así de escueto; así de claro. «Espéreme aquí».

A los pocos minutos, Pik regresa con una papeleta en la mano. En ella aparecen reflejados los jornales devengados que debe abonarle el dueño del tejar. El adiós de sus labios es lo siguiente que escuchó el de Gomeznarro, ya con la papeleta en la mano. Un despido en toda regla.

García Sanz recogió sus bártulos como si nada hubiera pasado. Con semblante serio, sin decir una sola palabra. Dio media vuelta y se marchó. «Asunto liquidado», pensó Pik, mientras pergeñaba la manera de suplir en breve el hueco dejado. Craso error.

Terrible visita

El belga no daba crédito a sus ojos cuando, por la tarde, apareció García Sanz con paso resuelto y una chaqueta al hombro. Se acercó al tejar y lo miró fijamente. Segundos después, iniciaba su desafiante marcha.

Pik, que estaba sentado, se incorporó de inmediato. El de Gomeznarro parecía otra persona. Improperios, insultos, gritos y maldiciones brotaban de su boca mientras le reprochaba un despido que juzgaba injusto. El belga ni se inmutaba. Es más, cuando terminó la tormenta dialéctica, le espetó: «No entender».

García Sanz se sintió ridiculizado. La cólera se apoderó de su alma. Sacó una enorme navaja que llevaba escondida bajo la chaqueta y, sin que mediaran más palabras, la hundió en el corazón de Pik, que se desplomó como un guiñapo. Muerto en el acto.

De nada le sirvió al asesino salir corriendo. Poco después de aparecer el juez por el lugar de los hechos era detenido por las fuerzas de orden público.

Lo cierto es que el asesinato conmocionó a la localidad; Medina del Campo se tiñó de luto. El día del funeral, 23 de septiembre de 1861, cientos, miles de medinenses mostraron su repulsa a lo acontecido en medio de un acto fastuoso. Autoridades, el Colegio de Abogados, Escribanos y Procuradores, representantes del comercio, el comandante de la Guardia Civil y otras muchas personas de renombre coparon los bancos de la iglesia, bellamente decorada para la ocasión.

Los colegas extranjeros de Pik lloraban desconsolados. «Al despedir de ellos a porfía se les dirigieron palabras consoladoras. ¡A qué altura tan grande se han colocado hoy los medinenses! Tan espontáneos actos son una protesta enérgica, un anatema explícito de la criminal conducta del matador. En todas partes hay seres degradados como el infame que ha cometido el delito que se juzga, pero los medinenses hoy han demostrado con la lealtad, que es el distinguido lema de Castilla, que no son indiferentes a las desgracias que aquejan a sus semejantes, sean de donde quieran», podía leerse en EL NORTE DE CASTILLA.

Francisco García Sanz fue juzgado y sentenciado a la pena capital. Lo ajusticiaron a garrote el 13 de septiembre de 1862, a las nueve de la mañana, en Medina del Campo. Según un rotativo nacional, subió al patíbulo «con algunos ánimos, fortalecido con las palabras de consuelo de los sacerdotes que le auxiliaron en la capilla y le acompañaron hasta el tablado».