A tiros contra los revolucionarios

José Zabalbeitia, quien alentaba a la lucha revolucionaria en la ciudad tras la proclamación de la Primera República, murió a tiros cuando intentaba huir de las fuerzas del orden en plena noche

Los hechos ocurrieron frente al Campo Grande./Archivo Municipal de Valladolid
Los hechos ocurrieron frente al Campo Grande. / Archivo Municipal de Valladolid
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Valladolid no acogió con especial fervor revolucionario la proclamación, aquel mes de febrero de 1873, de la Primera República. Escepticismo general y entusiasmo en la culta minoría republicana: no otras fueron las constantes de aquel mes.

Pero la excitación, como casi todo en esta vida, fue creciendo conforme pasaba el tiempo, el ambiente se calentaba y noticias procedentes de otros lares alentaban la lucha republicana y democrática.

No estaba el ambiente para bromas aquella noche del 18 de julio de 1873. Mientras otras ciudades venían experimentando los primeros conatos de un cantonalismo creciente, en Valladolid se mascaba cierto desasosiego. Las fuerzas de orden público vigilaban todos los rincones sospechosos. Era menester mantener la calma.

Esa noche fatídica, 18 de julio de 1873, paseaban por la Estación del Norte tres hombres nada anodinos en el contexto político del momento: el célebre político republicano José Zabalbeitia, masón y exaltado como el que más; el capitán de Infantería, encargado de la batería de artillería de la ciudad, Antolín Sánchez, y el vecino José Sánchez, más conocido popularmente como «El Trapero».

Sin mediar palabra, El Trapero inició la revuelta. Sacó una navaja del bolsillo y apuñaló al inspector, dejándole gravemente herido en el suelo

Llevaba tiempo Zabalbeitia alentando la lucha revolucionaria en la ciudad. De hecho, un mes antes aparecieron carteles que, firmados por él y por José Sánchez, alentaban de esta manera «A los republicanos federales de Valladolid»:

«En la cárcel de la Audiencia se hallan presos seis republicanos federales por el «enorme delito» de pedir la destitución del Ayuntamiento monárquico para sustituirlo por otro republicano federal puro.

¡Aprende, pueblo!

Topete está en libertad y los republicanos presos. Salud y república democrática federal».

Esa noche, Zabalbeitia y compañía, que, según parece, pretendían coger un tren hacia Madrid, discutían de lo divino y lo sagrado y alzaban la voz más de lo acostumbrado. Por eso alertaron a los agentes que faenaban en la zona y les seguían de cerca los pasos.

Navajazo

Quedaban pocos minutos para partir el tren cuando un inspector de vigilancia se acercó a ellos. En tono desafiante les pidió la documentación pertinente y les conminó a acompañarles hacia el Cuartel. Tanto el inspector como los voluntarios que le acompañaban estaban seguros de que los congregados conspiraban para subvertir el orden público. Por el camino sucedió lo inesperado: frente al Campo Grande, y sin mediar palabra, El Trapero sacó una navaja del bolsillo y apuñaló al inspector, dejándole gravemente herido en el suelo.

Mal hecho. Uno de los voluntarios que acompañaban al finado asestó un duro culatazo en la cabeza al agresor, seguido de un bayonetazo en el muslo.

Lo que vino a continuación fue una auténtica batalla campal. Al intentar huir, las fuerzas que acechaban a los tres rebeldes abrieron fuego.Trapero fue, paradojas de la vida, quien mejor parte se llevó, pues terminó detenido por un retén de guardia que se encontraba en el hospital.

Sus acompañantes, Zabalbeitia y Sánchez, corrieron peor suerte. El primero cayó sin vida tras recibir una fuerte descarga de fusilería cerca del mismo hospital, a la entrada del paseo; y junto a la glorieta alcanzaron fatalmente las balas al militar, quien, completamente bañado en sangre, se derrumbó en el suelo sin vida.

Entre los heridos, aparte del inspector Pérez, se encontraban un teniente de voluntarios alcanzado por el disparo de un revólver y algunos más que, días después, fallecieron. EL NORTE DE CASTILLA publicó una extensa noticia que pretendía desvelar la trama real del suceso.

Aseguraba el rotativo que todo obedecía, en el fondo, a una suerte de conspiración revolucionaria que buscaba reproducir en la ciudad del Pisuerga lo acontecido en otras capitales, asediadas por el cantonalismo revolucionario.

Para ello, proseguía el diario, Zabalbeitia y compañía tenían la misión de hacer ver que sus compañeros de andanzas marchaban a Madrid, con lo que los voluntarios y la ciudad se quedarían tranquilos.

Pero era todo una añagaza: de cualquier manera se bajarían del tren y se dirigirían hacia la antigua prisión, donde otros compañeros esperaban su llegada; todos juntos, siempre según la versión de EL NORTE, prenderían fuego a los campos aledaños concitando la atención de los vallisoletanos, de manera que dejarían desguarnecida al resto de la capital. Así culminarían su asalto revolucionario.

Incluso aseguraba el rotativo que el capitán de Artillería fallecido había intentado sobornar esa misma noche a alguna fuerza, siendo, sin embargo, repelido por el oficial de guardia del cuartel.

Daba cuenta EL NORTE DE CASTILLA, para mayor carga de culpabilidad contra los fallecidos, de cierta documentación requisada a Zabalbeitia, «varias cartas de algunos diputados, en las que se le contestaba por enhorabuena dada; otra de un ex-ministro en el que se le dice «que teniendo muchas ocupaciones no se le puede hacer audiencia; sin embargo, que le diga lo que quiera por escrito para ver si es posible servirle en el asunto que le proponía»».

«Se han encontrado otros documentos que agravan su culpabilidad; una proclama incendiaria excitando a las clases jornaleras; y algunas papeletas en cuadro, cortadas a manera de talón, en donde se lee «PETRÓLEO núm?»».

En la ciudad se abrió una colecta voluntaria a favor de las viudas de los voluntarios fallecidos en el tiroteo con los revolucionarios; según la prensa nacional, la respuesta fue entusiasmada, ahíta como estaba Valladolid de orden y armonía.