El tifus siembra el terror en Valladolid

Una dura epidemia en 1869, sumada a la crisis de subsistencias, hizo estragos entre la población vallisoletana

Fachada del desaparecido Hospital de La Resurrección./Archivo Municipal de Valladolid
Fachada del desaparecido Hospital de La Resurrección. / Archivo Municipal de Valladolid
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

«Aflige actualmente a Valladolid una epidemia tifoidea que hace grandes estragos. Viene desarrollándose desde el mes de octubre con creciente intensidad, y si hasta hoy solo hemos hecho embozadas indicaciones, para no alarmar al público, ahora que éste sabe lo que pasa, y cuando el mal tiene indisputable gravedad, debemos llamar hacia él la atención de nuestras autoridades».

El llamamiento de El Norte de Castilla, fechado el 23 de enero de 1869, venía a reconocer que las consecuencias de la epidemia de tifus no podían esconderse durante más tiempo. Una ciudad alarmada, duramente golpeada por la crisis de subsistencias, sufría ahora los reveses de la enfermedad.

Factores como las pésimas condiciones higiénicas, la malnutrición que atenazaba a las clases populares y el trasiego de gentes mendicantes, que también recalaron en los núcleos urbanos, acrecentaron la incidencia mortal de las epidemias. Revistas especializadas culpaban, además, a la sequía y a las malas cosechas. Lo cierto es que la epidemia del tifus resultó especialmente grave desde finales de 1868, sobre todo entre la población adulta y los ancianos, alcanzando un impacto mayor entre los grupos más desfavorecidos de la sociedad.

«Esta circunstancia, junto con la miseria que abruma a la clase trabajadora por la falta de jornal, hacen que ésta sea la más castigada y que los hospitales no pueden acoger el número de enfermos que se agolpan a ellos», se lamentaba, a finales de febrero, el decano de la prensa, mientras animaba a las autoridades a «hacer visitas domiciliarias, para cerciorarse del estado higiénico de los barrios y casas de la gente pobre o mal acomodada, y debe recomendar a sus dependientes la mayor vigilancia posible, para que las calles y sitios públicos estén siempre limpios, desapareciendo las humedades, inmundicias y demás focos pestilentes que hay en muchas partes».

El párroco de San Andrés pereció al contagiarse en las visitas a sus feligreses

Rápidamente se habilitaron nuevas salas de enfermos en el Hospital Provincial de La Resurrección, se llevó a cabo «la purificación del aire que en ellas se respira» y se culminó el arreglo de la alhóndiga, situada en la calle Panaderos, para dedicarla a hospital provisional. El Norte de Castilla aconsejaba «dividir esta población en distritos, y señalar un número de facultativos para la clase proletaria que carece de recursos para procurarse la asistencia».

Hasta finales de mayo de 1869 abundaron noticias sobre los estragos del tifus, tanto en la capital como en la provincia de Valladolid; rápidamente se supo, por ejemplo, que en Nava había llegado a causar «dos o tres defunciones diarias». Tal era la situación, que a finales de abril el cabildo de la Catedral dispuso la celebración de rogativas «para que cese el mal que aflige a esta capital y para que el Todopoderoso conceda el agua que tanto necesitan nuestros campos». No solo eso: en mayo, la Hermandad de María Santísima de San Lorenzo celebró «un novenario a tan excelsa Señora a fin de alcanzar de su misericordia nos libre de la epidemia reinante». No era para menos: desde principios de mes se venía observando un incremento del «número de inválidos y muertos habidos en los empleados de los hospitales por dicha enfermedad tifoidea, habiendo pagado con su vida profesores, alumnos internos, practicantes, hermanas de la caridad, capellanes, administradores y enfermeros».

Noticias para no alarmar

El Norte reconoció ante sus lectores que un exceso de prudencia para no alarmar a la población le había llevado a no informar de una epidemia que causó estragos entre los vallisoletanos. Detectados los primeros focos, el periódico se convirtió en el vehículo de transmisión de todo lo que ocurría en torno a esta epidemia: desde cada fallecido hasta la exigencia de responsabilidades o la habilitación de nuevos edificios para atender a los enfermos. Durante todo un año el periódico dedicó buena parte de su información a dar cuenta de una situación que causó gran sufrimiento, sobre todo, durante los meses de enero a mayo, en los que esta enfermedad infecciosa se cobró la mayor parte de las víctimas.

Entre esas muertes destacó, en diciembre de 1868, la del alumno interno de Medicina Eusebio Berzosa, hijo del «acreditado médico homeópata» Manuel Pascual y Berzosa. El joven había contraído la enfermedad, según la prensa, «en las clínicas de la facultad de Medicina»; tenía 21 años y solo le faltaba uno para concluir la carrera.

Hasta el párroco de San Andrés pereció víctima del tifus, debido a «su celo evangélico por visitar a sus feligreses enfermos», aseguraba el cronista. El periódico también destacó otras muertes, como la de los hermanos Ángel y Fermina Ballesteros, a finales de febrero: «Gran sensación ha causado en el vecindario esta doble desgracia y en la apreciable familia que la ha sufrido».

Los datos aportados para el mes de marzo no dejaban de ser preocupantes: frente a los 92 nacimientos registrados se habían producido 153 defunciones, 77 de las cuales causadas por el tifus. Afortunadamente, a partir del mes de mayo las cifras comenzaron a dar visos de mejora y dejaron de arrojar niveles tan alarmantes. No pocos, especialmente entre el estamento religioso, se apresuraron a achacar tamaña mejoría a la mismísima Virgen de San Lorenzo: «Del tifus y sequía de 1869 (?) nos libró la venerada y milagrosa Patrona», podía leerse aún en 1954.