La reina visita la ciudad

Valladolid acogió con inusitado fervor la llegada, el 23 de julio de 1858, de Isabel II y demás miembros de la familia real, cuya estancia se prolongó hasta el día 26

Tiendas levantadas tras el Arco de Ladrillo por la Sociedad de Crédito Mobiliario para agasajar a la comitiva real./
Tiendas levantadas tras el Arco de Ladrillo por la Sociedad de Crédito Mobiliario para agasajar a la comitiva real.
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

La portada de El Norte de Castilla, poco convencional, venía a expresar el henchido orgullo monárquico no ya del rotativo vallisoletano, sino también de la mayoría de vallisoletanos que aquel 23 de julio de 1858 veían llegar a la reina a la ciudad. Una visita que simbolizaba diversas circunstancias.

Por supuesto, el deseo de la Corona de lanzarse a un baño de multitudes que legitimara popularmente su existencia y función; seguidamente, la afirmación de Valladolid como centro neurálgico de Castilla, emporio industrial y comercial por antonomasia. Y también, cómo no, la propia voluntad de la reina Isabel II de entregarse a los llamados «baños de olas» en Gijón y ganar el jubileo de aquel año en Santiago de Compostela, etapas últimas de un viaje que tocó de lleno a la ciudad del Pisuerga y alteró para bien la vida cotidiana de sus gentes.

Llegaba la reina a una ciudad cuyo desarrollo económico inundaba de optimismo la atmósfera ciudadana: la pujanza del comercio harinero a través del Canal de Castilla se reforzaba con la llegada del ferrocarril, para alegría de instituciones financieras e industriales capitaneadas por la Sociedad de Crédito Mobiliario, encargada de explotar el negocio ferroviario.

Una vez recibida en Olmedo, el 23 de julio de 1858, por el gobernador Clemente de Linares, la comitiva real se detuvo un tiempo a descansar en la casa de campo de Mariano Lino Reinoso, uno de los hombres de negocios más influyentes del momento. Ya en la Estación del Norte, los reyes, la infanta Isabel y el príncipe de Asturias fueron agasajados por la Sociedad de Crédito Mobiliario, que había levantado una tienda decorada a modo de bienvenida.

Los reyes acudierona la plaza de toros para recibir la ovación de 8.000 vallisoletanos

Esta misma Sociedad se había encargado de promover el imponente Arco de Triunfo levantado por el cuerpo de Ingenieros frente a la Academia de Caballería; lo atravesaron hasta llegar a la calle de Santiago y desembocar, previo paso por otro arco, erigido esta vez por ebanistas y carpinteros, en la Plaza Mayor. Tras continuar por algunas calles céntricas llegaron a la Santa Iglesia Metropolitana, donde el arzobispo y el cabildo les agradecieron la visita con un tedeum. Las aclamaciones del pueblo acompañaron a los Reyes a su paso por las calles del Ochavo, Platerías, Cantarranas y Angustias, hasta llegar al Palacio Real.

Allí les esperaban las autoridades municipales, que con una cena cerraron el primer día de la visita regia. En la calle, entretanto, no cesaba la fiesta: colgaduras en balcones y ventanas, iluminación de edificios y pasacalles de dulzainas y tamboriles animaban el evento. Al día siguiente, tras la pertinente recepción a figuras notables de la ciudad, los reyes entonaron la Salve en el Santuario de la Patrona, la Virgen de San Lorenzo, y acudieron a la Plaza de Toros para recibir la ovación de 8.000 vallisoletanos reunidos para la ocasión.

Asistieron a una impactante demostración gimnástica en el coso y luego, desde el balcón del Ayuntamiento, a un no menos fastuoso juego de fuegos artificiales. Este día y el siguiente se lidiaron novillos en la Plaza Mayor, para regocijo de los aficionados.

La simbiosis entre los poderes civil y eclesiástico se repitió el día 25, con recibimiento de representantes municipales y concurrida misa en la Catedral. La nota destacada la puso la Sociedad de Crédito Mobiliario mediante una ceremonia no menos significativa: la colocación de la última piedra «que había de cerrar uno de los nueve arcos del centro del grandioso Puente construido sobre el Pisuerga, en la proximidad del pueblo de Cabezón».

No podía faltar el apunte benéfico: el día 26, la reina, acompañada de las principales autoridades, visitó algunos de los centros de beneficencia más destacados y se acercó a instituciones religiosas dedicadas a tal menester; ella misma destinó cuantiosas sumas destinadas a los menesterosos, con lo que agrandaba su ya consolidada imagen de reina benefactora, madre de los pobres y protectora de los desvalidos.

Además de la Sociedad del Crédito Mobiliario, instituciones como el Banco de Valladolid o la dirección del Canal de Castilla también se hicieron notar con importantes aportaciones. La euforia monárquica duró hasta las siete de la tarde del 26 de julio, hora de partida de la comitiva real.