Políticos inútiles y la «rapiña yanqui», culpables del desastre

El Norte de Castilla culpó de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en 1898, a la clase política española y a la voracidad norteamericana

Isla de Cuba. El 'Maine', después de la explosión, en la primera fotografía obtenida tras la catástrofe por Gómez de la Carrera./E. B.
Isla de Cuba. El 'Maine', después de la explosión, en la primera fotografía obtenida tras la catástrofe por Gómez de la Carrera. / E. B.
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

El pueblo americano no quiere oír acentos de concordia (?). ¡Vayamos a la guerra puesto que se nos cierra otro camino! ¡Vayamos a la guerra y vayamos a ella dispuestos a vencer!». A la altura de abril de 1898, El Norte de Castilla lo tenía meridianamente claro: la intromisión de los Estados de Unidos de América en la política colonial española en Cuba bien merecía un escarmiento; un escarmiento en forma de guerra y con victoria segura para España. El patriotismo exaltado nublaba la vista no ya del rotativo vallisoletano, sino de la gran mayoría de la prensa española.

«Es hora de defender la honra nacional (?); es hora de demostrar que el corazón español sigue en su sitio, allí donde latía cuando cien legiones invadieron la Península para intentar en vano doblegar las energías de nuestra raza». El decano de la prensa española, que había acogido con frustración la concesión de la autonomía a Cuba tras la guerra de 1895, estaba convencido de que los «yankees» no tenían nada que hacer frente a la armada española.

«A la guerra. Hable la fuerza», se titulaba un artículo publicado el 19 de abril de 1898; la miopía del redactor era tal, que no dudaba en aventurar una victoria española con relativa facilidad. «Tenemos la razón, y la razón es ya una fuerza poderosa; pero además tenemos una escuadra que bien puede batirse con la «yankee», y un ejército muy superior al suyo. Tenemos sobre todo más corazón, somos el pueblo del general «No Importa»».

Todo se precipitó al estallar el «Maine», aquel acorazado de guerra que Estados Unidos había enviado a Cuba con la excusa de salvaguardar los intereses de sus ciudadanos en la isla. Ocurrió el 15 de marzo de 1898 y, según parece, obedeció a un fallo en las calderas del barco. Pero enseguida la prensa sensacionalista norteamericana, propiedad del magnate William Randolph Hearst, alentó la teoría de la agresión española. Era una declaración de guerra encubierta.

Ataques. Ilustración que representa la defensa de Matanzas, en Cuba.
Ataques. Ilustración que representa la defensa de Matanzas, en Cuba. / E. B.

El ultimátum estadounidense no se hizo esperar: exigía al Gobierno español la retirada de la isla. No había escapatoria. Aunque los españoles combatían razonablemente bien por tierra, nada podían hacer ante la superioridad manifiesta de la Armada norteamericana. A finales de abril, pese al empecinamiento patriótico de la prensa de nuestro país, la guerra ya se decantaba del lado enemigo. El 1 de mayo, los españoles sufrían una severa derrota en la llamada «batalla de Cavite», en Filipinas, que El Norte bautizó como «glorioso desastre».

La siguiente derrota ocurrió en Santiago de Cuba, el 3 de julio de 1898. La realidad era mucho más cruda que la utópica voluntad del periodista: «Parece que es la hora insoportable de la gran debacle», reconocía el decano de la prensa; «obra de una serie de enormidades de todo género, es enorme también el resultado. Excede a cuanto pensarse pudo. Los imbéciles, los inútiles, los vejestorios, los politicastros, que en tal estado de defensa nos colocaron, deben estar horrorizados de sí mismos», podía leerse el 6 de mayo.

Santiago de Cuba se rindió el día 16; poco después comenzaría la lucha en suelo de Puerto Rico. Pese a las victorias parciales de las tropas españolas, la superioridad norteamericana terminará conduciendo al Tratado de París, de 10 de diciembre de 1898, por el que España concedía la independencia a Cuba y cedía Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam. El Norte de Castilla no tardaría en culpar de la derrota a los políticos del momento, principales sostenedores de un sistema viciado por las componendas, el caciquismo y el fraude electoral.

«Gobernantes imprevisores, políticos más duchos en las dudosas artes del caciquismo interior que en las grandes empresas de patriotismo, nos han traído a este trance», puede leerse en el rotativo el 4 de mayo de 1898. «Raza enteca, desmedrada, enfermiza, la de nuestros políticos, solo sirve para la burda labor del caciqueo, para la lucha ruin de encrucijadas en que se ganan o se pierden pingües prebendas», opinaba 24 días después.

Ilustración del crucero antes de la explosión.
Ilustración del crucero antes de la explosión.

El presidente del Gobierno, Práxedes Mateo Sagasta, se convierte en la diana preferida del rotativo y la paz acordada, que todavía en julio se rechaza, es desesperadamente rogada a finales de septiembre: «Cédase, véndase lo que la rapiña yanqui nos deje, pero no tentemos a la desgracia poniéndola en ocasión de asestarnos un último mandoble».

Las nefastas consecuencias del llamado Desastre del 98 no se harían esperar en Valladolid; no en vano esta ciudad era capital del comercio harinero, hundido estrepitosamente tras la pérdida de las colonias. De ahí que el Ayuntamiento no escatimara esfuerzos en pro del Ejército español. Además de impulsar una contribución ciudadana a favor de las tropas que luchaban en las colonias, en los meses de febrero y abril protestó expresamente contra quienes culpaban a España del hundimiento del «Maine», al tiempo que hacía público su apoyo al Gobierno.

Al contrario que los vallisoletanos de a pie, un tanto indiferentes ante la llegada de repatriados en situación lamentable, el Consistorio de la capital se volcó en campañas solidarias y gestos de clara impronta material, entre ellos la concesión de una subvención a la Cruz Roja y la donación de una peseta diaria para cada soldado vallisoletano inutilizado por enfermedad o herida.

Nefastas consecuencias para la industria harinera

La guerra de Cuba tuvo pésimas consecuencias para la economía y, en concreto, para el comercio harinero, ya que Valladolid era la capital desde la que se abastecía a las colonias. Por eso, el Ayuntamiento redobló esfuerzos para ayudar al Ejército español que luchaba en las colonias. El Norte se posicionó tanto a favor de la guerra como, luego, en culpar a los políticos del fracaso