Muerte a palos en Medina del Campo

Valeriano regresó del servicio militar en 1885 y se encontró sin trabajo. Se agarró al vino peleón y de acuerdo con su novia, Petra, que servía en el domicilio de sus antiguos patrones, planificó y ejecutó la muerte de Melitón Rodríguez y de su mujer

Un paseo a las afueras de Medina del Campo./Archivo Municipal de Valladolid
Un paseo a las afueras de Medina del Campo. / Archivo Municipal de Valladolid
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Era un tipo honrado y trabajador, sin antecedentes problemáticos ni fama de violento. Hasta que la codicia y la ira de verse de pronto en la calle, sin trabajo, terminaron por amasar un descabellado plan que lo conduciría a la pena capital.

Era marzo de 1885. Valeriano Palacios, un mozo alto y corpulento de 23 años, nacido en Pozal de Gallinas y sin más estudios que los aprendidos en la escuela de la calle y en la faena dura del agro, regresaba a Medina del Campo después de haber cumplido el servicio militar. No tenía donde caerse muerto. Antes de cumplir sus obligaciones con el Ejército, había servido como mozo de mulas en la casa de Melitón Rodríguez, un labrador rico que ya rebasaba los sesenta.

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Lo cierto es que éste último y su esposa, Cecilia Alonso, no habían escatimado en comodidades para Valeriano, que durante años había compartido en la casa, labor -y algo más- con una joven y bien parecida sirvienta, Petra Ruiz. Valeriano y Petra, Petra y Valeriano; unidos por el trabajo y el amor furtivo, y condenados a un final trágico.

Era razonable y previsible que, nada más regresar, el mozo acudiese a casa de sus antiguos amos en demanda de empleo. Melitón y Cecilia lo recibieron con ademanes exquisitos y con la corrección acostumbrada; incluso le dejaron pasar hasta el salón en señal de cercanía, pero poco más. Los malos tiempos económicos y la epidemia de peste habían dado al traste con la economía doméstica. Ya no había sitio para él en la casa.

Valeriano encajó como pudo el golpe imprevisible de la mala nueva. Tan sólo la mirada dulce de Petra, agazapada a unos metros del salón, junto a la puerta de la cocina, alivió un tanto el dolor que brotaba del cráter de ira de su interior.

Vino y crimen

Valeriano se agarró al vino peleón como salvavidas de urgencia en una cercana taberna.Allí se topó con Gregorio Domínguez, más conocido como El Pallo, y Cándido Monroy: dos pájaros de cuidado, siempre al acecho del bolsillo entreabierto. En complicidad con Petra pergeñaron el plan, pues sólo ella sabía el lugar exacto donde los amos guardaban el dinero, un arca rústica escondida en la ya centenaria habitación.

Y llegó la noche del 18 de marzo de 1885. Valeriano entró en la vivienda con la excusa de ayudar al matrimonio a cuidar del ganado, a modo de favor personal. Llevaba una gruesa barra de hierro. Después de cenar, Petra ayudó a Cecilia a subir hasta el dormitorio. Valeriano, aprovechando que el marido descansaba cerca de la lumbre, se ensañó con él. Los golpes fueron terribles: la vida del viejo se quebró como un guiñapo sangriento. De igual forma acabaron con la esposa.

Tras el crimen, Valeriano sorprendió a Petra escamoteando el botín y también la mató

Ambos registraron la casa y recaudaron miles de reales que depositaron en dos pesados talegos. Fueron unas décimas de segundo lo que Valeriano tardó en darse media vuelta y sorprender a Petra lanzando por la ventana la mitad del botín. Ni por asomo se fió de las razones de la atemorizada sirvienta, que juraba no saber a quién se lo había arrojado. Las amenazas dieron resultado: su parte del botín iba dirigida a Gregorio «El Pallo».

Mirada fija y tenso el brazo homicida, usó con ella la misma medicina que con el matrimonio. Y acabó con su vida sin mediar palabra. Completado el crimen, retornó a la cuadra, aparejó un pollino, metió el cadáver de Petra en un saco, al que ató ocho o diez piedras, y lo arrojó a orillas del río Zapardiel, por el llamado «Baño de las Caballerías»: triple asesinato consumado. Con evidente sangre fría abandonó el arma homicida y se dirigió a su casa, como si nada hubiera pasado, con parte del botín en los bolsillos. Dinero fresco y unas pocas tierras que labrar, pensó mientras trataba de conciliar el sueño. Y así pasó un tiempo.

Hasta que la pericia del juez de instrucción del partido, señor Gullón, dio al traste con su nueva vida. Era un martes, 28 de julio de 1885, cuando fuerzas de la Guardia Civil se personaban en las eras para detenerle. Valeriano estaba trabajando y no opuso resistencia. Le requisaron 385 pesetas. Les dio la razón en todo y en el trayecto hacia la comisaría confesó el crimen con pelos y señales: reconoció que mantenía relaciones amorosas con Petra y señaló como razón fundamental de su asesinato el miedo a ser delatado por la sirvienta. Y asumió todas las culpas.

Pero en el juicio oral, celebrado en junio de 1886 en la Audiencia vallisoletana, Valeriano se desdijo y tiró de otro hilo. Alegó amenazas del Pallo para justificar la declaración anterior, le acusó de todas las muertes y aseguró que él sólo se había desprendido del cadáver de Petra, siguiendo sus indicaciones. Lo cierto es que del careo entre ambos apenas se sacó algo en claro.

Eso sí, 32 testigos declararon conocer al acusado y lo conceptuaron como incapaz de perpetrar en solitario un crimen de tamaña envergadura. El fiscal modificó sus conclusiones, pidió pena de muerte para Valeriano y diez años de prisión para sus cómplices. El defensor, José López Gutiérrez, trató de librarle de la pena capital aduciendo la atenuante de arrebato y obcecación. Pero la sentencia final confirmó la tesis del fiscal y en septiembre, el Tribunal Supremo desestimó el recurso de casación interpuesto por la defensa de Palacios.

Aquellos funcionarios, que el 27 de enero de 1887 acompañaron a Valeriano a su última confesión, se quedaron perplejos ante el tremendo espectáculo que irrumpió en pleno templo; a mordiscos trató de cortarse las venas, en un arrebato de histeria y miedo. Tanta sangre perdió, que hubieron de ser necesarios cuatro hombres para subirle al patíbulo.

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