Modernidad francesa para los viajeros de Valladolid

En octubre de 1895 concluyeron las obras del edificio actual de la Estación del Norte, de influjo francés, que sustituía al viejo apeadero de los años 60

Postal de 1907 con la Estación del Norte./
Postal de 1907 con la Estación del Norte.
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

591.575 pesetas. A esta cantidad ascendió, según El Norte de Castilla, «el precio final de la nueva Estación del Norte», erigida definitivamente en octubre de 1895. Suponía, como enseguida veremos, un alivio para los viajeros y también, en cierto modo, un acto de desagravio o reparación a la ciudad del Pisuerga.

No conviene olvidar que la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, más conocida como Norte, había sido creada en 1858 por la Sociedad de Crédito Mobiliario para una más eficaz gestión y explotación de sus intereses ferroviarios.

Norte decidió centralizar en Valladolid todos los servicios de la red, estación, oficinas, almacenes, la Dirección General (que en 1866 pasaría a Madrid) y, sobre todo, los Talleres Generales de Reparación. Fundados en 1861, su construcción fue determinante para la disposición general del resto de las instalaciones, especialmente de la Estación, que adquirió su fisonomía actual en 1895, después de una remodelación suscitada por lo insuficiente y, a la postre, inadecuado del antiguo edificio.

Este había sido construido a principios de los años 60 del siglo XIX y se reducía a una galería de una sola planta, cubierta y piso asfaltado; según Casimiro González García-Valladolid, poseía tres salas de descanso, una de equipajes, despacho de billetes, telégrafo, despacho del jefe, café-restaurante y escusados. El lugar escogido para su ubicación fueron las huertas del convento de los Capuchinos, el cual, cedido en 1856, fue derribado cuatro años después. En 1865, esta antigua Estación del Camino de Hierro del Norte ya funcionaba a pleno rendimiento con 82 empleados, si bien albergaba a un total de 954 personas.

La estación del ferrocarril del Norte, a principios del siglo XX.
La estación del ferrocarril del Norte, a principios del siglo XX.

Muy pronto, la opinión pública se hizo oír para protestar por la escasa importancia que, a su entender, Norte confería a sus instalaciones vallisoletanas en comparación con las que tenía en Madrid; y buen ejemplo de ello, aseguraban los más afectados, era la insultante modestia de aquella raquítica Estación. De ahí que no faltaran voces cualificadas en demanda de un nuevo y más adecuado edificio; entre ellas, por ejemplo, la del senador por Valladolid José de la Cuesta y Santiago, que en 1886 instó al Gobierno a presionar cerca de la Compañía para materializar un proyecto que restaurase la dignidad dañada.

Como demuestra José Miguel Ortega en el libro «El siglo que cambió la ciudad», fue a finales de 1889 y principios de 1890 cuando el ministro de Fomento de entonces, José Álvarez de Toledo y Acuña, primer conde de Xiquena, realizó a la ciudad una oferta concreta que, paralizada por la reestructuración ministerial llevada a cabo en ese periodo, adquirió nuevos bríos merced a la petición del senador por Valladolid José de la Torre y Villanueva.

Aunque una nueva remodelación ministerial y ciertas dificultades presupuestarias en el Ministerio de Fomento ralentizaron aún más las obras, en mayo de 1891 ya se anunciaba la construcción inminente de la nueva Estación vallisoletana de la Compañía del Norte, conforme al proyecto, aprobado meses antes, del arquitecto franco-español Enrique Grasset y Echevarría, que también había participado en la construcción de la Estación madrileña de la misma Compañía, supervisado por su colega Salvador D«Armagnac.

Como es natural, la de Valladolid no escapará al modelo arquitectónico establecido por Norte (empresa de capital fundamentalmente francés) en otras capitales españolas, de modo que se caracterizará por un lenguaje afrancesado, «con una combinación de sillería y ladrillo y escasos elementos decorativos, centros sobre todo en molduras y cornisas», señala Ortega, lo que le confiere un aire parisino y palaciego. Tras pertinente subasta, parte de la contrata del edificio fue concedida al madrileño Felipe Asensio; el coste total de la obra ascendió a 542.000 pesetas y en un principio avanzó a paso lento, debido a que la piedra elegida procedía de Segovia y era bastante costoso acarrearla hasta Valladolid.

Los trabajos de construcción comenzaron en el mes de agosto de 1891; tres años después, concretamente el 13 de septiembre de 1894, se iniciaba el derribo del antiguo edificio para proceder a la colocación de la marquesina del nuevo. Dicho derribo finalizó el 13 de marzo de 1895, «una vez que ya está a pleno rendimiento el nuevo edificio de la Estación», señalaba El Norte de Castilla. La finalización de las obras, el 19 de octubre de 1895, apenas ocupó unas líneas en la edición del periódico del día siguiente; es más, ni siquiera se proyectó llevar a cabo un acto de inauguración oficial.

Las líneas generales del proyecto, señala María Antonia Virgili, siguen las directrices del eclecticismo de tipo clasicista, propio de la arquitectura francesa, algo comprensible puesto que la gran mayoría de los arquitectos de Norte eran franceses. Los materiales de construcción fueron piedra, ladrillo prensado y ordinario, madera y hierro, llamando la atención del público la imponente marquesina de hierro del andén interior.

La estructura también reproducía el esquema propio de las estaciones proyectadas por la Compañía: pabellón central, dos cuerpos laterales y dos pabellones extremos.

La decoración de la nueva Estación fue encomendada a Ángel Díaz Sánchez, profesor de la Escuela de Bellas Artes de la ciudad y autor, entre otros detalles, de las figuras de la Industria y la Agricultura, situadas a ambos lados del frontón que remata la fachada principal, y en el que puede contemplarse el escudo de la ciudad. El coste final de la definitiva Estación del Norte, incluidos estos últimos trabajos, rondó las 600.000 pesetas.

La decoración, a cargo de un vallisoletano

Aunque la factura de la estación de ferrocarril era francesa -la mayoría de los arquitectos de Norte procedían del país galo- la decoración fue encargada a un profesor de Bellas de Artes de Valladolid, Ángel Díaz Sánchez, quien colocó también el escudo de la ciudad en un inmueble que careció de inauguración oficial y, por lo tanto, en el periódico apenas salieron un par de líneas. Sí recogió El Norte de Castilla el coste de la obra y las reivindicaciones que realizaron los parlamentarios por Valladolid en Madrid para exigir que la compañía que ejecutaba la obra diera a la de Valladolid la misma relevancia que a las de otras ciudades. Así, el senador José de la Cuesta y Santiago instó en 1886 al Gobierno a presionar a la compañía para que restaurase la dignidad dañada. La obra se inició y el estilo no se escaparía al que aplicaba esta empresa en el resto de sus estaciones: un diseño afrancesado, con combinación de sillería y ladrillo y escasos elementos decorativos en las estaciones.