Indefensos ante el cólera

2.400 vallisoletanos fallecieron en la provincia a causa de la epidemia de 1885, mientras que en la capital murieron el 90,5% de los afectados

Mujeres atendiendo a enfermos de cólera./ABC
Mujeres atendiendo a enfermos de cólera. / ABC
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Vallisoletanos: Hace pocos días os dije que el estado sanitario de esta Ciudad, gracias a la Divina Providencia, era satisfactorio y ofrecí deciros la verdad, si desgraciadamente se presentara algún caso de cólera morbo-asiático. Por desdicha de todos, este caso ha llegado, y con gran sentimiento mío os participo que existe un verdadero foco de esa terrible enfermedad».

Era el sentido bando del alcalde, Félix López San Martín, fechado el 6 de agosto de 1885 y publicado en El Norte de Castilla dos días después. Ya no era posible ocultar durante más tiempo la realidad: el cólera estaba sembrando el terror entre los vallisoletanos. De hecho, el mismo día de la redacción de dicho bando se habían registrado cinco invasiones y tres defunciones entre los hijos de la viuda de Carnicer. La de 1885 era la cuarta pandemia de cólera que sufría España en el siglo XIX; apareció en el mes de marzo en Valencia y de ahí se extendió a toda la Península. En total, ascenderían a 335.986 los invadidos y a cerca de 120.000 los fallecidos.

Los primeros síntomas en Valladolid, allá por los meses de primavera, se tornaron muy preocupantes a mediados de julio, y aún más a partir del día 22, cuando se registraron los primeros casos mortales en Cabezón, Olmedo, Alcazarén y otros pueblos de la provincia, sin olvidar la casa que hubo de ser sellada y desinfectada en la calle Sacramento del barrio de Tenerías de la capital.

El más que deficiente punto de partida (el estado higiénico de la ciudad era francamente deplorable) obligó a las autoridades a adoptar medidas rápidas para librar a los vecinos del contagio y prestar la debida asistencia. Insistían los principales responsables, médicos, alcalde, gobernador y demás, en no regatear esfuerzos en la prevención, centrada esta en la higiene y en los recursos asistenciales. Para evitar la propagación a los hospitales, todos los dañados por el cólera en la capital fueron conducidos al páramo de San Isidro, en cuya ermita se habilitó un hospital para coléricos y un lazareto, regidos por el médico Sisinio Fernández.

La Junta Provincial de Sanidad, presidida por el gobernador civil, Agustín Santamaría, llevó a cabo una actividad febril, lo mismo que las respectivas juntas parroquiales. Además de las medidas señaladas, no faltaron las fogatas de azufre en varias calles y el especial cuidado de los cementerios.

El Norte de Castilla publicó el 8 de agosto de 1885 el bando del alcalde Félix López San Martín, en el que se declaraba un brote de cólera morbo-asiático en Valladolid.

Como han escrito Elena Maza y Alberto Llorente de la Fuente, la epidemia comenzó el 12 de julio de 1885 en Tordesillas y se extendió hasta el 15 de octubre de ese mismo año, con los últimos casos registrados en Sieteiglesias. El río Esgueva no tardó en convertirse en un peligroso foco de infección para toda la provincia. Especialmente grave fue el impacto del cólera en el partido judicial de Valoria la Buena, con 1.856 invasiones y 394 muertes. El 2 de septiembre, el Ayuntamiento prohibía tajantemente la utilización de las aguas de dicho río.

En la capital, la epidemia comenzó a decrecer a mediados de septiembre: de hecho, en las actas municipales aparece como prácticamente finalizada el día 18. El 12 de octubre, una multitud acudió al tedeum celebrado en la Catedral «en acción de gracias por la terminación de la epidemia en esta ciudad».

Contaba entonces la provincia de Valladolid 247.458 habitantes. Según el Boletín Oficial de Estadística Sanitario-Demográfica, el cólera se extendió a todos los partidos judiciales, invadiendo a un total de 7.578 personas; el número de fallecidos, siempre a tenor de las cifras oficiales, fue de 2.401, es decir, un tercio de la población afectada.

Mucho más impactantes fueron los datos registrados en Valladolid capital, donde fallecieron 791 de 796 afectados, es decir, más del 90,5%. Los principales estudiosos cifran la incidencia del cólera en torno al 1,01%-1,32% de la población capitalina, mientras que el número de fallecidos oscilaría entre el 0,92% y el 1,2% de la población. El impacto fue enorme en los núcleos más insalubres y peor acondicionados (ramal sur del Esgueva, barrios de San Andrés, Santa Clara, Tenerías?), y, en términos absolutos, las calles con más víctimas fueron Panaderos, Labradores y Santa Clara.

Durante la epidemia sobresalieron, por los servicios prestados, los médicos Nicanor Remolar, catedrático de Higiene de la Facultad de Medicina, y Lucas Guerra, jefe médico del Hospital de Dementes; de igual manera, los doctores Bedoya y Ledo, miembros, respectivamente, de las Juntas Provincial y Local de Sanidad. Otros muchos destacaron por su labor caritativa y su entrega, totalmente gratuita, tanto en la ciudad como en la provincia; el mismo alcalde de la ciudad, Félix López San Martín, se encargó de repartir medicinas entre los enfermos de San Lorenzo.

La prensa remarcó asimismo la entrega de prohombres locales tan prestigiosos como el diputado por Valladolid Miguel Alonso Pesquera, que aportó sábanas y ropas para el hospital de coléricos; su colega el republicano José Muro, que hizo lo propio con 1.000 reales; Candelaria Ruiz del Árbol, con 8.000; el todopoderoso Germán Gamazo, en ese momento ministro de Ultramar, cuyo donativo ascendió a 3.000 reales, y el marqués de Santa Clara, que socorrió a los necesitados coléricos con comida, ropa y alojamiento.

Y es que, junto a las parquísimas 16.000 pesetas aportadas por el Ministerio de la Gobernación, la lucha contra la epidemia contó con una suscripción provincial de 6.299,99 pesetas y con otras 18.987 procedentes de las juntas parroquiales, además de los fondos presupuestados por la Diputación Provincial para este tipo de calamidades.