Una historia trágica detrás de una herencia millonaria

Cuando en octubre de 2004 el magistrado Javier Carranza, recientemente elegido presidente de la Audiencia, ordenó exhumar el cadáver de Isaías Gutiérrez, saltó la sorpresa en Laguna de Duero en forma de un heredero insospechado

Laguna de Duero en los años 70./Archivo municipal
Laguna de Duero en los años 70. / Archivo municipal
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Aquel mal día de octubre de 1947, Sofía se quiso morir. Abrió sigilosa la puerta de la casa donde servía, en la calle Claudio Moyano, y siguió mascando las hieles del repudio más cruel: su novio, un joven apuesto que regentaba un negocio de leche en Laguna de Duero, no quería saber nada del hijo que crecía en su vientre. Desesperada, Sofía se enfrentaba no ya a la censura moral de la época, inclemente con las madres de «hijos naturales», sino también a la incertidumbre de tener que sacar adelante al fruto de un amor convertido en traición.

La de Sofía podría haber sido una de tantas historias tristes de la España de postguerra, historias ocultas de mujeres abandonadas a su suerte, asfixiadas por el nacionalcatolicismo imperante y humilladas por quienes un día les juraron amor y al siguiente las rechazaron sin pudor. Podría haberlo sido, en efecto, si 57 años más tarde, aquel «hijo natural» no hubiera sabido la verdad, si Francisco no hubiera sabido que aquel hombre que lo había repudiado era un potentado lagunero cuya herencia sobrepasaba los seis millones de euros. Lo que pasó luego, desvelado por Jorge Moreno en las páginas de este periódico, convulsionó Laguna de Duero y sacó a la luz la desoladora historia de Sofía, una peripecia que ahora cobra actualidad gracias a un tercer protagonista: el magistrado Javier Carranza, recientemente designado por el Poder Judicial para presidir la Audiencia Provincial de Valladolid.

Porque Carranza, que en ese momento era titular del Juzgado de Primera Instancia número 6, atendiendo la demanda de paternidad interpuesta por Francisco, ordenó exhumar el cadáver de Isaías Gutiérrez Molina, que era como se llamaba el acaudalado ganadero, para extraer las pertinentes muestras de ADN. El resultado, hecho público en el verano de 2005, irrumpió con estruendo en el pueblo: no solo porque ratificaba la paternidad demandada, sino, sobre todo, porque afectaba de lleno a la millonaria herencia que en 1991 aquel había legado a una Fundación benéfica que lleva su nombre.

Benefactor

Isaías Gutiérrez Molina era considerado uno de los más relevantes benefactores de Laguna de Duero, donde había nacido en 1912 fruto del matrimonio entre Isaías Gutiérrez y Modesta Molina. Ganadero de profesión, fue concejal en los años 50, presidente de la Hermandad de Labradores y animador entusiasta de las justas poéticas del pueblo. Con el paso del tiempo, fue amasando una imponente fortuna para la que no dejó herederos, pues su matrimonio con María del Carmen Abón, de la que enviudó en 1988, no tuvo descendencia. Cuando el 5 de marzo de 1997 falleció en el Hospital Sagrado Corazón de la capital vallisoletana, muchos rememoraron su acendrada religiosidad y el compromiso generoso con su pueblo natal, para el que llegó a donar un solar donde construir una residencia privada de ancianos.

Aún más, en su testamento, fechado el 12 de noviembre de 1991, Isaías legaba todos sus bienes a una Fundación que llevara su nombre y cuyo objetivo sería conceder ayudas económicas para atender los gastos de educación y estudios de aquellas personas que por su situación personal y familiar careciesen de medios para acceder a ellos. Los beneficiarios deberían ser personas censadas o domiciliadas en Laguna de Duero en un plazo no inferior a cinco años.

Fue así como a finales de 2001 quedó establecida la «Fundación Isaías Gutiérrez Molina», con un órgano de gobierno formado por el Ayuntamiento, el juez de paz, la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y tres vecinos «de reconocido prestigio y honradez, nacidos en el pueblo o bien con más de quince años de residencia». Ese mismo año, este periódico daba a conocer los cerca de 200 millones de pesetas que Isaías había dejado para estudiantes necesitados de la localidad; una herencia que ascendía a seis millones de euros si se contabilizaban las fincas de su propiedad que habían sido recalificadas como urbanizables.

Fue precisamente ese titular de El Norte de Castilla, el de los 200 millones de pesetas, el que dieron a leer a Francisco después de contarle la verdad. Fue en la sobremesa del 5 de enero de 2004, víspera de Reyes, cuando su tía y su prima carnales le entregaron su «regalo» por anticipado. Supo entonces que su madre, Sofía, había sido una joven vallisoletana, «muy buena cocinera y predispuesta», que en 1944 entró a servir en la casa de una familia pudiente y con vínculos militares de la calle Claudio Moyano. Tenía 26 años cuando conoció a Isaías, un apuesto repartidor de leche que venía desde Laguna de Duero a diario, con su tartana y a caballo. Fueron casi cuatro años de apasionado noviazgo, de paseos por las cercanías del Campo Grande y pases vespertinos en el Cine Carrión.

Hasta aquel día de octubre de 1947 en que Sofía, angustiada, le contó lo que nunca hubiera querido decir: se había quedado embarazada. Isaías no atendió a razones: se negó a reconocer al niño y la abonó a su suerte. Desesperada, pensó incluso en quitarse la vida lanzándose desde un balcón. Pero no se rindió: en octubre de 1948 dio a luz a Francisco y un año más tarde, en un último y desesperado intento por aflojar el corazón del padre, fue a su encuentro con el bebé en brazos para anunciarle que partía hacia su nuevo trabajo en la casa de un médico de Madrid. No hubo manera: Isaías repudió nuevamente a su vástago y volvió a abandonarla.

La muerte de Sofía, derrotada por un cáncer en 1956, complicó aún más la existencia del pequeño Francisco, que hasta los 18 años hubo de peregrinar por cada una de las casas que sus cinco tíos tenían en la provincia vallisoletana. Al menos tuvo tiempo de aprender el oficio de albañil, que era a lo que se dedicaba cuando aquel 5 de enero de 2004, víspera de Reyes, supo que su padre era aquel potentado ganadero de Laguna cuya herencia, valorada en seis millones de euros, gestionaba la Fundación que lleva su nombre. Meses más tarde, su demanda de paternidad paralizaba la actividad de la Fundación, que hasta ese momento había repartido 60 becas de entre 600 y 1000 euros.

En julio de 2005, la prueba de ADN ordenada por el magistrado Javier Carranza, que el pasado martes fue nombrado presidente de la Audiencia por el Consejo General del Poder Judicial, confirmaba la paternidad reclamada y corroboraba los derechos de Francisco a una parte de la herencia millonaria; Jesús Villacé, párroco de Laguna y presidente en ese momento de la «Fundación Isaías Gutiérrez Molina», no dudó en calificar la sentencia como «justa en lo divino y en lo humano».