Así era la guía utilizada por el viajero que llegaba a Valladolid hace 153 años

Antigua Casa Consistorial, en la Plaza Mayor. Su derribo comenzó en agosto de 1879./Archivo Municipal de Valladolid
Antigua Casa Consistorial, en la Plaza Mayor. Su derribo comenzó en agosto de 1879. / Archivo Municipal de Valladolid

Un libro publicado en 1863 ofrece datos prácticos de los servicios y monumentos que podía visitar el turista

Víctor Vela
VÍCTOR VELAValladolid

«Contiene todas las noticias necesarias a los que por primera vez llegan a esta ciudad, no solo para negocios, sino con el deseo de conocer la población y sus antigüedades». Así se presentaba hace 153 años la «Guía del viajero en Valladolid», uno de los primeros manuales para turistas que ofrecían datos útiles sobre la ciudad y características acerca de los monumentos que podía contemplar todo aquel visitante que se acercara por aquí a partir de 1863. El Norte de Castilla publicaba hace siglo y medio anuncios sobre este libro, firmado por I. M. B., salido de la imprenta de Perillán, y que se podía comprar en las oficinas del periódico.

La Acera de San Francisco, en la Plaza Mayor.
La Acera de San Francisco, en la Plaza Mayor. / Archivo Municipal de Valladolid

La fortuna –y la custodia de documentos en el Archivo Municipal– ha querido que este libro de 1863 (que por su utilidad estuvo durante años a la venta) se solape en el tiempo con la primera gran colección de fotografías pucelanas, obtenidas en 1864 por el fotógrafo francés Jean Laurent durante su visita a Valladolid. La unión, así, de este manual con las imágenes de la época permiten hacerse una idea de la impresión que se llevaban los viajeros (hablar de turistas en aquella época es demasiado aventurado) que se acercaban entonces a la ciudad. ¿Y qué ofrecía el libro? El volumen seguía (sigue, porque se puede consultar a través de Internet) una estructura similar a las actuales guías de viaje, con datos prácticos sobre lugares de alojamiento (posadas, hostales, casas de huéspedes), restaurantes, cafeterías, locales de ocio o los horarios de los carruajes. Y eso, sin olvidar el imprescindible contexto histórico, que después de repasar el pasado del conde Ansúrez, Enrique I o Felipe II, desemboca en 1863: «Su importancia actual, debida solo y exclusivamente al interés de sus vecinos, la coloca en un lugar muy distinguido de civilización y progreso».

Hay una semblanza sobre el clima: «Bastante sano y pura su atmósfera, disfrutándose generalmente de un cielo alegre y despejado». Nada se dice de los días de niebla. Tampoco es plan de asustar al viajero. Y para su tranquilidad, se le advierte de que «no existen enfermedades endémicas ni epidémicas». Lo más, catarros en invierno y reumatismos y «flegmasías de las membranas mucosas y serosas en primavera y otoño». La ciudad contaba entonces con 3.100 casas repartidas en 23 plazuelas, 186 calles y nueve corrales. En ellas vivían 43.361 almas (eran 246.981 en toda la provincia). Y partir de ahí, la sucesión de recomendaciones y consejos para todos aquellos que se acercaran a Valladolid en 1863.

Información útil en defensa del interés de Castilla

La información útil para el viajero se completa con la posibilidad de conocer la actualidad local. La guía recuerda que hay varias publicaciones en la ciudad. En 1863 estaba El Norte de Castilla, «con nueve años de vida, dedicado exclusivamente a defender los intereses de Castilla y a publicar noticias y avisos. Se reparte todos los días, menos los siguientes a festivos. Tiene sus oficinas en la calle de la Libertad». Además, cuenta la guía, estaba «La crónica mercantil», que se publicaba desde mediados de ese año «con el mismo objetivo que el anterior». «Tiene menos dimensiones. Oficinas en la plazuela de Orates».

Datos útiles sobre la ciudad:

Alojamiento

Había varias opciones de alojamiento. Estaban los paradores (en la calle del Peso y la Rinconada), con habitaciones para huéspedes y cuadras para los caballos. Después, las fondas (seis, como las Del Norte, Las Vizcaínas o París), que ofrecían «cómodas habitaciones, buen servicio y esmerado trato». Proliferaban las posadas (casi veinte por toda la ciudad, desde Santa Clara a las puertas de Tudela, pasando por Teresa Gil, Mantería o San Ignacio) y, sobre todo, las casas de huéspedes. Cuenta la guía que estas últimas «las hay de todos los precios, aunque nunca tan excesivos como en las fondas, teniendo además la ventaja de verse asistidos con mayor interés y por personas de otra clase que en aquellas; las hay en casi todas las calles de la población y su precio varía según la situación, dimensiones, mueblaje y demás comodidades».

Monumentos

Arco de Santiago, a la entrada de la calle del mismo nombre y desmontado meses después de la publicación de la guía.

Esta es la parte que menos ha cambiado ya que, pese a las mejoras de restauración o rehabilitación, la mayoría de los monumentos ahí continúa. El libro del viajero aconsejaba contemplar las iglesias de las Angustias o de la Cruz (con sus imponentes tallas policromadas), el Palacio Real, San Pablo, el museo de pinturas (en el Colegio de Santa Cruz) o la catedral (sin su torre, cuyas obras comenzaron en 1880). También evocaba las huellas que importantes figuras dejaron en Valladolid, como la casa de Cervantes, la vivienda en la que murió Cristóbal Colón, el convento de Santa Teresa («en el que se conserva la celda que habitó la santa, que ahora es oratorio, un moral plantado por ella, un retrato y otras reliquias») o el convento de Santa Ana («con su templo en forma de rotonda, que tiene seis altares cuyas pinturas, de bastante mérito, son de Francisco de Goya, las tres de la derecha, y Ramón Bayen, las tres de la izquierda»). Otros edificios notables eran la fachada de la Universidad, la Casa del Sol o el arco de Santiago que, sin embargo, apenas sobreviviría un año a la publicación de la guía, pues el derribo comenzó en 1864.

Transportes

El ferrocarril ofrecía nuevas opciones de desplazamiento para unos ciudadanos que se movían, sobre todo, con diligencias. Las había que salían hacia Zamora, Toro, Rioseco y León en la calle María de Molina. Para Oviedo y Salamanca, en la calle Santiago. Y para Rioseco, desde El Campesino, parador antiguo de coches, frente a San Benito. El movimiento por la ciudad (la Auvasa primitiva) eran unos carruajes que iban, por ejemplo, desde la puerta de Tudela hasta la ermita de San Isidro o desde el puente Mayor hasta la iglesia de La Victoria. También era posible el alquiler de caballos, en los servicios de Damián Vega (calle del Caballo de Troya) y Francisco Ruiz (Rinconada, 28). «Los que alquilan caballos están obligados a presentar al dueño su cédula de vecindad y un fiador abonado, si no son de conocida responsabilidad», aclaraba la guía.

Fiestas

Había dos grandes citas festivas en el año. La primera, el día de San Juan, con la exhibición de maderas e instrumentos de labranza. La segunda y más importante, del 20 al 30 de septiembre. «Es muy animada y concurrida de forasteros, por la facilidad que ofrece el transporte de ferrocarril, y también por las corridas de toros y otras diversiones que suelen tener lugar en la ciudad durante tales días». Había además corridas de toros el día del Corpus Christi, y de novillos, en mayo y junio. La plaza de toros estaba situada «en la plazuela de Fabio Nelli», donde, «aparte de las corridas y novillos, tienen también lugar en ella las funciones y bailes públicos todos los días festivos por la tarde». Recuerda la guía que la plaza podía albergar a 10.000 personas.

La Antigua, todavía con viviendas adosadas al templo.

Compras

«Hay un inmenso número de lujosas tiendas: de géneros de seda, de modas, de sombreros, de ropas hechas, de exquisita bisutería, de estampas, de perfumes y de todo cuanto la necesidad, el capricho o la moda puedan hacer necesario», decía la guía, sin concretar locales.

Servicios prácticos

A falta de WhatsApp, el viajero podía comunicarse a través de varias vías. La oficina de Correos ocupaba un local en la plazuela de los Arces y no estaba de más conocer el horario de salida de las sacas. A las 5:30 horas partían las de la ruta hacia Palencia y Santander. A las 7:00 horas salían las de León-Asturias y Peñafiel-Aranda y Cuéllar. El correo hacia Madrid, Medina del Campo y Galicia salía a las 10:50 y 16:00 horas. ¿Y dónde echar las cartas? Además de la administración, había otros ocho buzones: en el Ochavo, Campo Grande, Santa Cruz, San Martín, San Juan, Santa María, en la fachada lateral de la Casa Consistorial y la calle del río (cerca de San Nicolás). Había otro más en la estación del ferrocarril. Si la opción era el telégrafo eléctrico, la terminal estaba en la calle Veinte de Febrero, frente al teatro Lope de Vega. Y un clásico del viajero. Para comprar lotería había dos administraciones en la ciudad. La principal, en los portales de Panecillos (entre Fuente Dorada y Lonja) y la subalterna, en la calle Santiago. ¿Tabaco? Pues la ciudad disponía de 21 estancos, en puntos como San Miguel, San Nicolás, Santa Clara, San Martín, Teresa Gil, Rinconada, Panaderos o Cruz Verde. Si el motivo del viaje era visitar a alguien en la cárcel, había que tener en cuenta que las dependencias estaban en la calle San Lorenzo y el horario para ver a los detenidos era de 9:00 a 14:00 horas.

Ocio

La iglesia de las Angustias en 1864. Justo enfrente se terminaba de levantar el Calderón.

La ciudad ofrecía diversas alternativas de entretenimiento que el viajero debía conocer si quería aprovechar al máximo su visita a Valladolid. Podía acercarse por los cafés (los más importantes eran El Suizo, el Moka, el Español y el de Italianos) o disfrutar de los dulces de las pastelerías más punteras (como la Española, en Teresa Gil, o la de Libertad, 13, las dos con restaurante; también estaban los obradores finos de las calles Orates y Cantarranas). El Casino de la calle Lencería «tenía un buen salón de recreo, gabinete de lectura, salas para juegos y juntas y mesas de billar». Otra opción para disfrutar del ambiente lúdico de la ciudad era pasarse por el Círculo de Recreo (calle Nueva de la Victoria), con su «magnífico salón lujosamente amueblado, sala de lectura, regular biblioteca, billares y sala de juntas». Claro que, para jugar al billar, no hacía falta pasarse por estos clubes selectos, sino que también era posible alternar por los locales con mesa que había en los principales cafés, además de los billares de Rúa Oscura, Pasión o la calle Jesús. Los teatros más importantes eran el Lope de Vega (en María de Molina), inaugurado el 6 de diciembre de 1861, con la comedia 'El premio del bien hablar', con 1.200 localidades. Además, estaba en obras el Teatro del Almirante (luego bautizado como Calderón) con capacidad para 2.000 personas, en las Angustias. Se inauguró el 28 de septiembre de 1864. Había una academia de baile (en la calle Redondilla, entre la plaza de los Arces y San Benito), con Serafín García como director y profesor. Y una academia de música en la calle Herradores (entre Mante-ría y Santa Cruz), donde se impartían clases de música, dibujo y francés (8:00 a 10:00 y 15:00 a 17:00 horas). Estaba también la opción del Salón de la Ilusión. Situado en la calle Redondilla (entre Real de Burgos y Renedo), ofrecía bailes públicos y de sociedad durante todo el año, además de uno de máscaras en Carnaval.

Y además...

Otra información útil para el viajero era, por ejemplo, la de las fuentes pú-blicas (Dorada, Rinconada y Solanilla, además del Campo Grande y Argales, en San Andrés). El cuerpo de serenos (establecido en 1835) contaba con cua-tro cabos y treinta individuos. Y ante avisos de fuego, había que estar aten-tos a las campanadas de las iglesias en caso de incendio. «En la parroquia don-de es el fuego se voltea la campana ma-yor y en las demás, después de tocar cinco minutos al vuelo, se da el núme-ro de campanadas que indican dónde es el incendio». Así, era una campana-da en el caso de que fuera en el entor-no de la catedral y dos si cerca de la iglesia de la Magdalena. La Antigua (3), San Martín (4), San Miguel (5), San Es-teban (6), San Juan (7), San Pedro (8), San Andrés (9), San Nicolás (10), San Lorenzo (11), Santiago (12), El Salvador (13) y San Ildefonso (14).