Degollada por 1.000 duros

Petra Moyano Zamora fue asesinada en su piso, en la calle María de Molina, después de haber sido amenazada con la muerte si no pagaba la cantidad exigida. Su cadáver fue encontrado por un guardia muncipal y un sereno, tras ser advertidos por los vecinos del inmueble

La calle María de Molina, donde ocurrió el suceso, en 1885. /EL NORTE
La calle María de Molina, donde ocurrió el suceso, en 1885. / EL NORTE
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZALValladolid

Todos los inquilinos de la casa la conocían y pensaban lo mismo; pobre mujer, 68 años a cuestas y tan sola. Petra Moyano Zamora vivía en el número 38 de la calle María de Molina. Pocas veces recibía visitas y su rutina diaria se repartía entre un par de salidas a la misma hora y algún que otro refrigerio los fines de semana. Nada más.

Desconfiada y un tanto huraña, no escatimaba el saludo, pero tampoco se prodigaba en largas conversaciones de portal. Vivía holgadamente y nunca dio visos de estrecheces económicas. Petra Moyano enfilaba el último tramo de su vida en aquel Valladolid de 1885 sin otra ambición que la de la triste normalidad que otorga la soledad del anciano.

Hasta aquel mes de octubre en que todo se torció. El crudo otoño vallisoletano de 1885, redoblado en su dureza por una mortal epidemia de cólera morbo que obligó a celebrar un sentido 'Te Deum' en la Catedral, traía malas noticias para doña Petra.

Al principio, cuando a mediados del mes de octubre, pasaban los días y no salía de casa, sus vecinos empezaron por no darle importancia. El mal tiempo, el cólera, la pereza, las telarañas de la soledad... Hasta que la paciencia saltó por los aires y los más allegados, animados por los aficionados a desentrañar vidas ajenas, dieron la voz de alarma.

Encerrada

Petra Moyano llevaba demasiados días encerrada. Era miércoles, 28 de octubre de 1885. Los vecinos del edificio avisaron al jefe de guardias municipales, señor Ponte, y al subjefe Zurdo, que se presentaron de inmediato. Aporrearon la puerta de la casa pero no hubo suerte. El silencio era atronador.

Al jefe no le quedó otra que llamar al juez municipal; repitió la misma operación con idéntica respuesta. Ni sombra de la vieja. ¿Qué hacer?, se preguntó el juez, mientras el resto de inquilinos merodeaban por el edificio.

«¡Rápido! ¡En la puerta accesoria de la habitación hay un balcón abierto!», alertó uno de ellos. Todos pensaron en lo peor. El juez avisó a un guardia municipal (Benito Ortega) y a un sereno y les ordenó entrar por él, para abrir la puerta de la escalera.

La operación duró poco. Guardia y sereno salieron con el rostro demudado. No daban crédito a sus ojos. No acertaban a pronunciar palabra. Su faz pálida y su expresión atormentada dejaban entrever un dantesco espectáculo.

No era para menos. Cuando las autoridades entraron en la habitación, encontraron lo que quedaba de Petra Moyano yaciendo en el suelo. La habían degollado. «El cadáver de aquella anciana estaba tendido boca abajo y con la cabeza casi separada del tronco a causa de varias heridas, que se veían en el cuello, inferidas por un instrumento cortante y punzante», rezaba la crónica periodística de un conocido rotativo de tirada y alcance nacional.

Alrededor de la anciana todo era desorden. Armarios corridos, baúles abiertos, ropa y papeles esparcidos por el suelo... No había duda del móvil del crimen, se trataba de un robo en toda regla.

Por si quedara alguna duda, entre la cabeza y el brazo de la fallecida, hallaron un anónimo manuscrito que, en letra desaliñada, la amenazaba de muerte si no entregaba en el acto 1.000 duros al autor del crimen.

Ya nada volvió a ser como antes para los curiosos inquilinos del número 38 de la calle de María de Molina.