El crimen de los cortadores

Los cuerpos sin vida del encargado del Lagar de Cortadores, Nicasio Suárez Álvarez, y de su esposa, María Vázquez, yacían en el suelo de su casa víctimas de un asesinato. Sus cadáveres, encharcados en sangre, fueron encontardos por un joven recadero

El crimen tuvo lugar en el llamado Lagar de Cortadores, a cinco kilómetros de la capital, poco más allá de la Fábrica de Harinas conocida como 'La 42./Archivo Municipal de Valladolid
El crimen tuvo lugar en el llamado Lagar de Cortadores, a cinco kilómetros de la capital, poco más allá de la Fábrica de Harinas conocida como 'La 42. / Archivo Municipal de Valladolid
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

El chaval se quedó sin habla, paralizado. Arrojó los panes al suelo y salió huyendo hacia su casa. El espectáculo que vio ante sus ojos era dantesco. Con pelos y señales se lo relató, visiblemente aterrorizado, a sus no menos asustados padres: acababa de toparse con los cuerpos sin vida de Nicasio Suárez Álvarez y María Vázquez, buenos amigos de la familia. Yacían en el suelo de su propia casa, encharcados en sangre y cosidos a puñaladas. Aquel 7 de junio de 1899 se le quedó grabado a fuego al joven portador de panes.

El crimen corrió como la pólvora por Valladolid. Había tenido lugar en el llamado Lagar de Cortadores, a cinco kilómetros de la capital, poco más allá de la Fábrica de Harinas conocida como 'La 42'. El desdichado descubridor del asesinato no había hecho otra cosa que obedecer la petición expresada el día anterior por el malogrado matrimonio: necesitaban unos panes y no tenían tiempo para comprarlos.

¿Cómo iban a oponerse si Nicasio y María se habían ganado con creces la simpatía de aquella comunidad de humildes trabajadores? Él, de 53 años, trabajaba como cachicán o encargado del lagar, y solía contratar a varios jornaleros para las faenas del campo. Era un hombre querido y respetado; lo mismo que María, su mujer, a la que cariñosamente apodaban «La obispa».

Lo que se encontró aquel chaval le heló el corazón. El cadáver de Nicasio, rodeado de sangre coagulada, presentaba múltiples puñaladas, once en total, en cara, cuello, pecho y región occipital; algunas menos y una fuerte contusión en la cabeza habían acabado con la vida de su esposa.

No había señales de violencia ni en puerta ni en ventanas. Muy cerca del cuerpo inerte de María, arrojado entre la escalera y la piedra del lagar, el juez, señor Ajo, una pareja de la guardia civil, otra de la guardia municipal montada, los inspectores de orden público Gómez y Carranza y el subjefe de guardias municipales de guardias municipales, señor Valle, recogieron un puñal y una podadera de vides. Esta última parecía ser el arma homicida.

Sospechas

Las sospechas iniciales se centraron en aquellos jornaleros que el cachicán acababa de despedir por falta de cumplimiento en el trabajo; algunos de ellos fueron detenidos en un sembrado cercano portando hoces y, sorpresivamente, una pistola cargada de gran tamaño.

Los interrogatorios de la Guardia Civil parecieron surtir el efecto deseado: según publicaba la prensa el 24 de junio, el juez encargado del caso estaba visiblemente satisfecho y aseguraba que todo se había aclarado.

La versión oficial la relató el fiscal durante la vista celebrada en los juzgados el 9 de mayo de 1900: cinco labradores que trabajaban en la Cuesta de la Maruquesa, contratados temporalmente por Nicasio y despedidos por escaso rendimiento, habían perpetrado el crimen. El objetivo era doble: vengarse y robarle.

Relató el fiscal, siguiendo las declaraciones de los reos, que el 6 de junio de 1899, en torno a las tres de la tarde, Francisco Madrid Riobarros, Ramón Valverde Huerga, Isaac Vaquero Paniagua, Guillermo Verdejo Quintero y Rafael López Cañaberos se habían conchabado para acudir con las peores intenciones al lagar del señor Díez, donde trabajaba la víctima.

Llegaron hacia las seis y media; primero entró Verdejo con la excusa de intercambiar algunas palabras. Encontró a Nicasio reposando en la pared lateral izquierda. Unos pocos minutos de conversación fueron suficiente: los otros cuatro irrumpieron por sorpresa y se abalanzaron sobre el cachicán. Todos a una la emprendieron a golpes y puñaladas, armados con navajas y una binadora.

Fueron pocos pero intensos minutos de vesania y bestialidad. Lo malo es que los asesinos no contaban con la mujer, que había salido a comprar algo de aceite y en ese mismo instante entraba por la puerta. El grito fue aterrador; lo mismo que la reacción de los cinco. Un golpe certero en la cabeza la desplomó; luego, el mismo rosario de pinchazos y empellones.

Acto seguido se dirigieron al interior y registraron baúles, cajones y demás pertenencias. Hallaron 4.000 reales que, provisionalmente, entregaron a Vaquero; los otros cuatro marcharon a casa de Verdejo a pasar la noche y lavar sus ropas.

El juez, desoyendo las explicaciones de la defensa, los condenó a muerte por robo y homicidio. La suerte, sin embargo, terminó por sonreírles: a principios de abril de 1901, en plena Semana Santa, concretamente en Viernes Santo, Madrid, Vaquero, Verdejo y Valverde (López había fallecido a causa de una grave enfermedad contraída durante el proceso) se salvaron de la pena capital gracias al indulto de Su Majestad, la Reina doña Cristina.

Formaban parte de los 14 indultados en toda España. Según la información publicada por diversos periódicos, aunque condenados por el robo y la muerte de Nicasio Suárez y su esposa, la Reina había decidido indultarles al no poderse determinar «de un modo exacto la participación de cada uno de los procesados en el delito».