Amor mortal en Alaejos

Teófilo Calleja, el joven médico de San Pedro de Latarce, fue asesinado por uno de los mozos del pueblo tras negarse a pagar la «cantarada», la comida tradicional cuando un forastero cortejaba a una joven del pueblo

Alaejos./Fran Jiménez
Alaejos. / Fran Jiménez
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Nunca se hubiera imaginado los problemas que le acarrearía un amor tan intenso. Él, un médico joven y de buen ver; ella, una señorita de Alaejos a la que en el pueblo no le faltaban pretendientes. Los ingredientes mortales del enamoramiento no los pusieron los enamorados, los atizaron los mozos tras una noche de consumo desaforado.

A Teófilo Calleja, médico de San Pedro de Latarce, le dio un vuelco el corazón cuando la conoció. Ocurrió durante un acto rutinario en Alaejos, donde ejercía su profesión. El flechazo no se hizo esperar. Él tenía 26 años y mantenía a su familia con lo que ganaba en Alaejos.

Era mayo de 1899. La relación fue madurando. Tanto, que Calleja no tardó en pedirle matrimonio. Ella accedió. La noticia corrió como la pólvora por Alaejos, donde otros pretendientes afilaban la cuchilla de los celos. Una lástima para Teófilo.

Era costumbre entonces, cuando una noticia así se avecinaba, que el novio pagara la llamada «cantarada»: cualquier mozo forastero que pretendiera cortejar o pedir la mano de una joven del pueblo debía obsequiar con vino a los mozos del mismo.

Era una manera de hacer pública la relación y de que los lugareños la aceptaran. De ahí que a Teófilo no le quedara más remedio que acceder a la invitación.

Gran comida

La comida tuvo lugar en el Casino. Y fue multitudinaria. En total, 30 vecinos del pueblo se congregaron para beber y comer. La cuenta fue desmesurada: 5.300 pesetas.

200 copas de Ojén y 150 de ron, vino, tres pollos, 12 kilos de escabeche, mantecadas, pastas, cigarros y puros, entre otras muchas viandas. Un despropósito para la encogida nómina de Teófilo. Cuando fueron a buscarle para darle cuenta de lo consumido y del coste, se encolerizó. De ningún modo pagaría la desorbitada cantidad.

Como delegado de los alegres consumidores apareció en casa de la novia Fermín Santana con una carta que expresaba las exigencias. Tanto el médico como la familia política se echaron las manos a la cabeza. Calleja alegó que cumpliría con la «cantarada» «cuando la relación fuera un hecho», pero en términos normales, nunca con tamaña exageración. Y en presencia del sereno, masculló: «Antes me cortarán una oreja que pagar».

Pronto surgieron los rumores. Hasta se dijo que todo se debía a los intereses de la familia de otro pretendiente de la novia, que había incitado a los mozos a generar tanto gasto para que Teófilo no pudiera pagar, con el consiguiente ridículo ante su futura esposa.

Sea como fuere, lo cierto es que el dueño del Casino no se iba a quedar sin cobrar y obligó a pagar a los mozos. La ira de estos no se hizo esperar. Y planearon vengarse. Sixto Zapatero, Fermín Santana, Marcelino Antoraz y Manuel Coco se ratificaron en la idea de exigir al médico la «cantarada» y, en caso de recibir respuesta negativa, emplear la violencia.

Era 4 de junio. Coco les desafió: «Vosotros habláis mucho y no hacéis nada; yo salgo mañana de caza por la carretera de Castronuño y veréis si le cobro o no la cuartilla». Coco no podía soportar haber pagado 94 pesetas de la merienda. Se la tenía jurada.

Hubo amenazas por doquier, algunas más subidas de tono que otras. El mismo Fermín lo esperó la mañana del 5 de junio, callada en mano, para molerle a palos. Suerte que Teófilo no se acercó a visitar a su novia.

Pero la suerte del médico enamorado estaba echada. Coco cumplió la amenaza. Lo esperó por la noche en la carretera de Alaejos a Castronuño. Había cogido la escopeta de caza de su padre.

Nada más verle llegar a caballo, le descerrajó un tiro a bocajarro que le destrozó la región torácica. El médico cayó desbaratado al suelo y murió casi en el acto. Hasta la mañana siguiente, 6 de junio de 1899, no encontraron el cuerpo.

Coco huyó apresurado. Llamó a casa de Pedro Sandonis, quien según confesó en el juicio por jurado, que comenzó el 21 de mayo de 1900, lo encontró violento y nervioso. Le pidió que le guardara la escopeta y la escondiera donde nadie pudiera verla.

Sandonis la ocultó en una cebada y la enterró bajo tierra. De nada le sirvió a Coco negar su participación. El jurado consideró probados los hechos y ratificó la sentencia solicitada tanto por el fiscal Ribadella como por el acusador privado, Manuel Fernández Cubas.

Manuel Coco resultó condenado a la pena de muerte, más el pago de las accesorias, una indemnización de 5.000 pesetas a los padres de Calleja y la mitad de las costas. La pena habría de cumplirse en Nava del Rey.

Según la crónica de EL NORTE DE CASTILLA, el público presente en el juicio, al oír el veredicto, prorrumpió en una exclamación apenada, aunque lo consideraban justo.

Pasaron los meses y las constelaciones se alinearon en favor del reo. El cardenal de Valladolid, Antonio María Cascajares y Azara, cuya influencia en la vida política del país era a todas luces desmesurada, no tardó en solicitar de la Reina el indulto pertinente.

Contaba a favor de Coco una situación excepcional: era hermano de dos pensionados en Roma por dicho cardenal, y ambos acababan de obtener en el doctorado una medalla de oro. El indulto se hizo público en abril de 1901: la pena capital quedó conmutada por la de cadena perpetua.