La UVA destroza la barrera de la discapacidad

Raúl González Sandonis y Pablo Lavandeira Poyatos, en la sala Hedy Lamarr, en la Escuela de Ingeniería Informática. /Gabriel Villamil
Raúl González Sandonis y Pablo Lavandeira Poyatos, en la sala Hedy Lamarr, en la Escuela de Ingeniería Informática. / Gabriel Villamil

«La sociedad no puede permitirse perder mentes brillantes por una discapacidad», dicen desde la institución, que cuenta con 204 alumnos con diversidad funcional

Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINASValladolid

La discapacidad no puede ser una barrera. Y mucho menos un muro opaco que impida apreciar la brillantez que puede aportar un estudiante. María Ángeles Sobaler, vicerrectora de Estudiantes, lo resume así: «La sociedad no se puede permitir perder mentes brillantes porque queden ocultas por una discapacidad». Lo dice apenas un rato después de que Berta Ruiz, una alumna con pérdida auditiva recuerde que su padre no pudo pasar de delineante porque era sordo y no tenía recursos para estudiar más. Hoy, la UVA atiende a 204 personas con diferentes tipos de discapacidad.

Una cifra que aumenta año a año y a los que se suman ahora «alumnos con necesidades educativas especiales ya diagnosticadas, como dislexia, o trastorno de déficit de atención», explica Sobaler. Con ellos, la cantidad de estudiantes con necesidades especiales se eleva hasta los 226. Lo complejo es que cada uno de esos casos es un mundo en sí mismo y eso obliga a un aprendizaje continuo a los profesores y al propio servicio de Asuntos Sociales.

«Quería hacer muchas cosas: Periodismo, Psicología, ADE...»

En primero de Bachillerato Lucía Tabernero creía que lo suyo era el Periodismo. Después, la Psicología. Más tarde, Administración de Empresas. Y cuando llegó la hora de elegir, le pincharon los de alrededor para que fuera más allá. «Como tenía buenas notas me empezaron a decir la familia y los profesores que por qué no intentaba el doble grado. Que si me iba bien, siguiera y si no, me quedara con uno. En la ESO me preguntabas por Derecho y te decía que no hacía Derecho ni loca. Luego vi las asignaturas y no estaban tan mal. Me metí y ahora resulta que me gusta más Derecho que ADE», se ríe. «Aunque me gustan las dos».

Sus notas y su capacidad de trabajo han causado asombro en la Facultad, hasta tal punto que su buena fama de estudiante ha llegado a Santa Cruz, sede del Rectorado. «Tiene un expediente brillante», dicen. Modesta, admite que está «pudiendo» con el exigente plan de estudios de este doble grado. «Lo de llevarlo al día es complicado, pero con tal de tenerlo todo estudiado en enero y mayo... En primero aprobé todo y de segundo solo llevo dos semanas, pero bien», dice.

El cambio del instituto a la Universidad ha resultado curioso. «En cuanto a compañeros estoy mejor en la universidad porque la gente es más sociable.En cuanto a las adaptaciones, en el instituto los profesores estaban muy encima y aquí tienes que buscarte más la vida y preocuparte de conseguir los apuntes, pero es lógico. Les pasa a todos».

Para poder seguir las clases, Lucía, que es invidente de nacimiento, utiliza un ordenador con algunas adaptaciones. «Lleva instalados varios programas. Uno de ellos 'habla' y me lee lo que aparece en la pantalla. Y tengo un aparato que al conectarlo pasa a braille lo que sale en la pantalla. Y eso en clase es muy útil, porque si estoy con cascos no me entero de nada. Así estoy sin ellos y voy leyendo en braille lo que estoy haciendo».

Luego están las pequeñas cosas. Los matices. «Necesito las preguntas de los exámenes en un pincho –para que el ordenador se las lea–, así que en enero y en mayo empiezo a enviar correos porque con las navidades de por medio, por ejemplo, a la gente se le olvida».

Asegura que los informes de Asuntos Sociales provocan reacciones positivas en casi todos los profesores,«pero la última palabra la tiene el profesor. Si hay alguno al que le da por no hacer nada...».

«Servicios Sociales está en permanente adaptación, en conexión con lo que se está llevando a cabo en otras comunidades, no solo en España», dice Sobaler. Como ejemplo, Rafael de la Puente, el rostro del servicio para estos estudiantes, «Rafa», viajaba a un congreso internacional en Rumanía el jueves, estudia un máster en Psicopedagogía para actualizarse... «Hay una implicación total y un proceso de formación, no se trata solo de atender sino de conocer el grado de importancia que tiene esta acción social dentro de la universidad», indica la vicerrectora.

Fruto de esta inquietud continua la UVA ha puesto en marcha programas como el campus inclusivo para preuniversitarios o un programa de prácticas orientadas a personas con discapacidad psíquica.«Son prácticas preprofesionales, se ponen bajo la tutorización de un miembro del personal de servicios o un profesor y al final de las prácticas se les entrega un diploma. Es algo muy emotivo», señala María Ángeles Sobaler.

«La Facultad de Educación está muy bien adaptada»

Raúl González parece haber encontrado el ecosistema en el que todo fluye. Se confiesa feliz por poder estudiar lo que quiere, por cómo resultó su primer año y por el ambiente que se encuentra en la Facultad de Educación, donde los términos inclusión y diversidad funcional forman parte de la rutina diaria. «La Facultad de Educación está muy bien adaptada y sí que es verdad que cuando he necesitado algo basta con decirlo para que lo tengan en cuenta. Como me dijo el decano, Carlos Moriyón, 'si necesitas algo, grita, que alguien te escuchará'», se ríe.

Necesita ciertas adaptaciones más allá de la silla de ruedas eléctrica con la que se desplaza. «Tengo que utilizar un ordenador porque no tengo velocidad ni destreza escribiendo a mano y además necesito un 50% más de tiempo porque soy lento», dice. Algo que no le ha impedido sacar adelante el primer curso y enfrentarse al segundo con energía. «El primer año fue muchísimo cambio. En el instituto en el que estaba me encontraba muy a gusto y fue como 'madre mía, lo que me espera'. Pero fueron los dos primeros días, luego te das cuenta de que la gente es majísima. Aquí a todos les gusta lo que están haciendo y tienes muchos puntos en común», señala. Algo clave para poder integrarse con normalidad en las rutinas universitarias.

Luego, en su caso, llegan las curiosidades que se derivan de su situación particular. «Algún profesor me dijo que teniendo ordenador podía copiar. Y yo le dije 'claro, y alguien que escribe a mano también'. Luego otros que ya tenían experiencia con alumnos con circunstancias parecidas me decían 'yo hacía esto, mira a ver si a ti te sirve o cambiamos algo'. Luego otro me ofreció hacer el examen oral».

El resultado, entre su esfuerzo y la comprensión del entorno, ha sido bueno. «Ha ido bastante bien, con notas bastante buenas y la verdad es que lo he disfrutado muchísimo», asegura.

La UVA, con estos posicionamientos, pretende situarse en primera línea de combate por la inclusión. «La Universidad no puede permanecer al margen de eso, al contrario, debe potenciarlo. Y en la medida en que favorecemos un cambio de mentalidad, una adaptación a las nuevas realidades sociales, debemos participar de una manera intensa. Hace unos años esta situación era más excepcional. Recuerdo que en mi curso había una persona en silla de ruedas y estábamos en el antiguo edificio de Filosofía y Letras y una de las grandes reivindicaciones en ese momento fue que se pusiera un elevador para poder acceder desde la última planta a la que llegaba el ascensor a la siguiente, donde no llegaba», recuerda la vicerrectora. Algo que hoy, desde luego, parece superado.

«Me apena que las personas sordas más mayores no pudieran estudiar»

Su padre era delineante. Su madre acabó los estudios «pero no siguió». Ambos eran sordos y le sirven a Berta Ruiz para comprobar lo mucho que ha cambiado la sociedad respecto a la discapacidad. Aunque eso no mata el amargor que siente. «Mi padre no quiso subir más porque vio que le iba a costar mucho. Decía que llegar a ser arquitecto le podía suponer un gran esfuerzo.Lo que me apena es que las personas sordas de generaciones anteriores no han tenido posibilidades de estudiar como tenemos ahora y desempeñan trabajos poco cualificados cuando quizá podían haber hecho más», dice.

Aquejada de hipoacusia severa, en su casa se maneja con lengua de signos porque su hermana también padece sordera profunda. Ella es otro ejemplo de que aún quedan cosas por mejorar. «Necesita un intérprete. Y eso creo que en la universidad es mucho más complicado.Un intérprete no puede asistirte durante todas las horas de la universidad. Mi hermana en su instituto no tiene todas las horas que debería y eso es una barrera, porque si no entiendes, ¿cómo puedes rendir?», pregunta.

Cuando se le pregunta por cómo van los estudios, Berta Ruiz responde que «ADE es bastante difícil» y admite que segundo le ha costado mucho, aunque acto seguido matiza que «ninguna carrera es fácil, te lo tienes que currar, llevarlo al día y estar centrada», antes de lanzarse un reto a sí misma:«Este año espero sacarlo».

Su mejor herramienta es la emisora que le acompaña a las clases. «El profesor lleva una emisora con un micrófono y yo voy con el transmisor colgado, que se conecta directamente a los audífonos, con lo que lo que él dice es como si me lo dijera directamente a los oídos. Si no lo llevara, yo oiría pero no lo entendería tan bien», explica. En los exámenes, eso sí, no puede llevarla, así que necesita que los profesores escriban las preguntas en un papel por si acaso no les entiende. «El primer año, en los primeros días, dejaba la emisora encima de la mesa del profesor y en una de esas salí fuera de clase a hablar con la gente, llegó el conserje y se la llevó. Me asusté muchísimo, porque no es mía. El año pasado otro profesor se la llevó y tuve que ir a su despacho, no le encontraba...», cuenta. Anécdotas que no ocultan que, a diferencia de la generación de sus padres, ella sí tendrá la oportunidad de hacer una carrera.

«A veces no es fácil transmitir que solo quieres las mismas oportunidades»

Celia da gracias por mantener la visión central en su ojo derecho, aunque con la agudeza visual reducida, porque eso le permite realizar las prácticas de laboratorio en Físicas, donde cursa 4º. Por un lado no le basta para poder conducir, pero sí para ser «una 'freak' de la Fórmula 1». Por otro, le alcanza para irse de Erasmus a Italia, pero no para que respeten su discapacidad a la hora de coger sitio.«Los primeros días allí me tuve que sentar en el suelo, porque si me quedo atrás es como que no voy». Y aclara algo que revaloriza lo que ocurre en la Universidad de Valladolid: «Allí el servicio de Asuntos Sociales no existe y en Física son doscientos, más que aquí en toda la carrera, y la clase no tenía sitio para todos». La solución que le dieron los profesores fue que se lo dijera a los compañeros. Agua.Al final, se alió con una amiga para lograr hacerse con uno de esos huecos privilegiados desde los que poder seguir con normalidad las clases.

A Celia la eligió la Física, en realidad. «Desde niña, siempre me ha gustado mucho la Física. Mi padre empezó pero por motivos de la vida no pudo terminarla y disfrutaba explicándome las cosas con modelos, me hacía simulaciones con pelotas y una linterna para ver cómo funcionaba el universo...». Luego llegaron la afición por los coches, la aerodinámica y las dudas entre hacer Ingeniería, Historia o Física. Incluso Periodismo. Lo de Historia, de momento, lo tiene en la agenda «para cuando termine Físicas y empiece a trabajar».

«Sufrí bastante acoso escolar en el colegio, y eso influyó a la hora de elegir. Y una vez que tenía claro que quería hacer una carrera técnica o de ciencias, un motivo a favor de Física era que no había en Málaga. Quería salir de allí. Y la UVA tenía buen nivel en Física», explica. Una carrera muy dura que además se complica cuando tu discapacidad no se aprecia de primeras si no lo dices y no sabes que hay un servicio de Asuntos Sociales. «Es difícil porque como alumna me echa para atrás ir a hablar con un profesor y decirle 'no te puedo seguir bien en clase'. Hay veces en las que transmitir que solo quieres tener las mismas oportunidades que los demás, no es fácil». Eso le provocó algún disgusto. «A mí un profesor poco más o menos me llamó idiota. A mí el laboratorio se me da bien, pero tengo una agudeza visual disminuida y en algunas cosas me cuesta más tiempo, y si el profesor no quiere poner buena voluntad... Luego con el resto de profesores no he tenido problema».

No es, desde luego, una forma de actuar generalizada. Por contraposición recuerda a Abel Calle, hoy vicerrector. «Cuando hice su examen tuve algún problema porque llevo una prótesis con forma de lentilla y mi ojo está detrás y tuve que salirme porque me molestaba mucho. Él fue muy comprensivo y se ofreció a que hiciera el examen al día siguiente, pero con lo que había hecho me daba para aprobar y no quise repetirlo para sacar más nota porque tenía otro dos días más tarde», recuerda.

Las dificultades derivadas de la enfermedad están ahí, pero Celia demuestra carácter y tozudez para sobreponerse. «Los problemas, demostraciones, tienes que copiarlas. Y para mí es un problema porque al ver solo con un ojo y tener que fijar la vista lejos, cerca, lejos, cerca, me acabo cansando mucho. Me duele la cabeza más... Pero bueno, poco a poco».

«El director me dijo 'somos nuevos, así que dinos lo que necesites'»

El director de la Escuela de Ingeniería Informática, Benjamín Sahelices, se detiene bruscamente cuando ve de refilón a Pablo y a Raúl durante la entrevista en un aula vacía. Saluda y le recuerda a Pablo algo relacionado con el carné. A Raúl no le conoce. «Tú no eres de la Facultad», le dice. Lo sabe porque Pablo Lavandeira es, en realidad, el primer alumno con silla de ruedas que pasa por la Escuela. «Hablé con el director y desde el primer momento muy bien. Todo fueron facilidades pero me dijo que soy el primer alumno con discapacidad en esta escuela. Me dijo 'somos nuevos, así que tú dinos lo que necesitas'. Y desde el primer momento, cada cosa que les decía, la hacían. La respuesta ha sido muy buena», dice.

Pablo es Pablo en Informática y Lavandeira en su otra vida, la deportiva. Jugador del Fundación Grupo Norte, ya ha participado con la selección española en el Mundial absoluto del mes pasado. «Al fin y al cabo en mi caso mi discapacidad lo que no me permite es pasarme a estos asientos, pero en cada clase a la que voy tengo una mesa para mí. Pero con el deporte sí es más problema, porque tengo que viajar, o me pierdo una semana de clase», explica. Eso le llevó también a decidirse por la Informática en detrimento de Teleco, que era su otra opción tras haber barajado antes Derecho o Historia. «Entre viajes, partidos, entrenamientos, si en un futuro consigo trabajo de informático me puede dar la posibilidad de trabajar mientras viajo y hacer lo que me gusta. Siempre me gustaron las ciencias y las matemáticas, y de momento lo que llevo de curso, bien».

A pesar de ser un pionero en su nueva Escuela, Pablo se ha encontrado, de momento, con una colaboración total por parte de los profesores. «De los colegios en los que vengo en algunos sí que ha sido algo peor, pero en la Facultad han sido todo facilidades. Decía una cosa al director, la hacían. Y luego con el tema de deporte espero que los profesores lo entenderán y pondrán de su parte», confía.