Despedida «a la española» en las clases de idioma que imparte Fundación Rondilla para extranjeros

Alumnos del curso de español para extranjeros de Fundación Rondilla, en la fiesta fin de curso. /V. V.
Alumnos del curso de español para extranjeros de Fundación Rondilla, en la fiesta fin de curso. / V. V.

Alumnos de 26 nacionalidades coinciden en un servicio que la semana pasada cerró el curso

Víctor Vela
VÍCTOR VELAValladolid

Cuando está aún el té caliente, cuando quedan todavía dulces sobre las mesas de la sala 14 del centro cívico Rondilla, Aurora Cizmas pide un poco de silencio, con sonrisa tímida y un papel en la mano. «Me gustaría leer una carta», dice con ese español suyo que mejora cada semana.

Llegó de Rumanía para mudarse junto a su hija, que hace 15 años encontró junto al Pisuerga un lugar donde vivir y trabajar.

Ahora que se maneja mejor en su nuevo idioma («los que hablamos lenguas romances lo tenemos más fácil»), que el curso está a punto de terminar, Aurora pide un momento de atención, desdobla un folio lleno de letras y empieza a leer: «Quiero dar las gracias a las profesoras y a mis compañeros por este año maravilloso, hemos aprendido y nos hemos divertido un montón».

Aurora es una de las alumnas que durante este año ha pasado por el curso de español para extranjeros que imparte la FundaciónRondilla en el centro cívico del barrio. Más de cincuenta personas, de 26 nacionalidades, asisten a unas clases en las que pretenden mejorar sus competencias con el idioma para favorecer después su integración social y la inserción laboral.

Charo Martín es una de las profesoras del programa, que imparte, de lunes a jueves, una hora diaria de clase a cada uno de los grupos. La semana pasada celebraron la fiesta fin de curso. Y allí estuvieron alumnos procedentes de Irán, Pakistán, Ucrania, Egipto, China, Georgia, Marruecos, Bangladesh...Cada uno llega con sus propio idioma.

Aquí, todos hablan (o lo intentan) en español. Hay dos niveles. Y, dice Charo, está encaminada a una vertiente práctica. «Al principio hay muchos que aprenden las cosas de memoria. Cómo decir su nombre, la dirección, donde viven. Las clases tienen una vertiente muy práctica. Enseñamos frases y simulamos conversaciones que pueden tener cuando van al médico, cuando están en el supermercado, en los saludos con los vecinos...», explica la profesora.

No faltan los principios de gramática básica («lo primero es la diferencia entre los verbos ser y estar»), pero la intención es que las persona que aquí acuden, salgan con destrezas para mantener una conversación en la calle. Algunas lo tienen más fácil. «Si ya hablan otros idiomas, como inglés o francés, es más sencillo. Pero, por ejemplo, con las personas que solo hablan árabe es un poco más lento», asegura.

Azedine Harkaui es marroquí. Llegó a España hace dos años. En Valladolid, desde hace seis meses. En febrero se apuntó a las clases de español. Y ahora lo habla con una soltura tal que parece que lleve más tiempo en el país. «Bueno, es que también veo la tele.Eso ayuda».

La mayor parte de los alumnos llegan a las clases de español a través de otros servicios ofrecidos por la Fundación Rondilla, con programas de atención a extranjeros que incluyen programas de asesoramiento jurídico o formación para el empleo. El año pasado, entre todos los programas de la entidad, coordinada por Maribel Merino, atendieron a 647 personas de 43 nacionalidades, según los datos de su memoria de actividades, que no se limita a los residentes en el barrio, sino que presta servicio a vecinos de toda la ciudad.

Las clases terminaron con una fiesta en la que los alumnos compartieron, entre otras viandas, dulces y bebidas de sus países. Así, por ejemplo, Souad, de Marruecos, preparó una tarta de manzana y almendra para acompañar al té con menta. Y Turia elaboró un dulce típico marroquí, similar a una tortita, con harina, sal, agua, miel y «lavadora». «Ay, no, lavadora, no ;levadura», bromea. Y un recital de risas en varios idiomas suena en el aula 14 del centro cívico.