Barreras invisibles en Laguna

Maite tiene que sortear un bordillo alto para su silla de ruedas a pesar de haberse rebajado./J. N.
Maite tiene que sortear un bordillo alto para su silla de ruedas a pesar de haberse rebajado. / J. N.

Un paseo con una persona discapacitada en silla de ruedas muestra los obstáculos que supuestamente se habían eliminado

Jesús Nieto
JESÚS NIETOLaguna de Duero

Cuando se habla de barreras arquitectónicas se piensa en los bordillos de las aceras; y cuando esos bordillos se rebajan dicen que desaparece la limitación. Y lo mismo ocurre cuando se hace referencia a los edificios accesibles, con los pulsadores de los ascensores al alcance de los usuarios de sillas de ruedas. Pero no, todos los ejemplos anteriores siguen teniendo barreras arquitectónicas para las personas con discapacidad, aunque a la mayoría de los mortales cueste verlas. Todos los gobiernos municipales han hecho un esfuerzo económico importante para eliminarlas. Concretamente, el de Laguna de Duero realizó el pasado año trabajos de acondicionamiento para la mejora de la accesibilidad para las personas con discapacidad y procedió al rebaje de numerosas aceras en los pasos de peatones.

«Paso a paso queremos hacer de Laguna de Duero un lugar cómodo tanto para vehículos de todo tipo como para peatones», declaró en su momento el alcalde de la localidad, Román Rodríguez de Castro.

Lo que ocurre es que lo que a simple vista parece una eliminación de barreras arquitectónicas, en la práctica no lo es, y los discapacitados con sillas de ruedas siguen teniendo dificultades para circular libremente por las calles de la localidad, no solamente en Laguna de Duero, sino en la práctica totalidad de los municipios.

Para comprobarlo, realizamos un paseo con Maite Rosón, que se mueve a diario con silla de ruedas eléctrica y ve muy limitada su vida por las barreras arquitectónicas. Maite tiene 62 años y siempre ha sido una mujer muy activa.

De joven jugó al baloncesto y posteriormente se involucró de lleno en actividades culturales donde era habitual verla en eventos de la capital, donde participó en la Casa Cervantes de Valladolid. Pero una enfermedad la postró en una silla de ruedas hace cuatro años y, desde entonces, como dice ella misma, «me siento muerta en vida por culpa de las barreras arquitectónicas».

«Nadie sabe lo que es esto hasta que te ocurre, y nadie puede garantizar que esté libre de que le ocurra, pero el caso es que me encuentro auténticas barreras para realizar una vida normal dentro de las limitaciones de la discapacidad», se lamenta. Prueba de ello fue el accidente que sufrió hace algo más de un año, cuando volcó su silla en una acera con rebaje para un paso de peatones. «Volqué y tuve que ser hospitalizada. Desde entonces me muevo con muchísimo miedo».

La principal queja de Maite es que cuando se invierte en eliminar las barreras arquitectónicas no se cuenta con los propios afectados que son realmente quienes sufren los inconvenientes que, a simple vista, quizá son difíciles de ver. «Por ejemplo, una acera estrecha no se puede rebajar para eliminar una barrera y dejar una inclinación de manera que cuando pasas por ella con la silla, si no quieres cruzar y mantienes la trayectoria, la silla se inclina y corres el riesgo de volcar, que fue lo que me ocurrió a mí».

Dentro del capítulo del rebaje de aceras, en muchos casos, dejan un pequeño bordillo de unos milímetros de altura, suficiente para que las sillas eléctricas no puedan subirlos. «Con una silla manual, algunos discapacitados, haciendo un pequeño impulso, pueden sortearlo, pero con una silla eléctrica, cada vez más utilizada, es imposible. Eso nos obliga a circular por la calzada en vías que tienen amplias aceras con rebajes en los pasos de peatones».

Y prueba de ello es que durante el paseo nos cruzamos con una conocida de Maite que corrobora lo que dice ella: «Yo, cuando paseaba a mi madre en silla de ruedas era toda una odisea. En muchos tramos tienes que salir a la calzada y es un peligro». Maite admite que en invierno, cuando anochece antes, le da miedo salir a la calle porque, aunque su silla tiene luz, muchas veces es difícil verla y ya se ha llevado más de un susto.

«Siempre he sido una persona muy activa y muy participativa en las actividades culturales y ahora me encuentro que no puedo asistir a muchas cosas que me gustaría». Y cita, como ejemplo, la Feria Artelago. «Me encanta la artesanía y siempre he acudido a las ferias. Pero por ejemplo, el primer año que fui a Artelago, en un entorno precioso, me tuve que conformar con ver las piezas desde la distancia, porque con la silla no podía atravesar al césped para llegar hasta los puestos».

Lo mismo ocurre durante las fiestas. La plaza de toros es inaccesible y en muchas de las actividades el acceso es complicado. «Y luego están los edificios público e inmuebles, donde ponen ascensores con los pulsadores bajos, pero muchos son pequeños para entrar con la silla o tenemos que maniobrar para entrar en ellos. También tenemos establecimientos públicos, como una conocida cadena de comida rápida que ha inaugurado local en Laguna, y que tiene servicios para discapacitados, pero donde no puedo maniobrar con la silla. ¿Pero quién les ha dado el visto bueno? Y si cumplen con la normativa, pues habrá que cambiarla», se queja.

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