La 'aventura' militar de las élites sociales

Un libro resalta el papel de la Academia de Caballería en la formación de tenientes auxiliares de Estado Mayor durante la Guerra Civil, con alumnos como el abuelo de Ana Botín

Palacio de la Isla, de 1883, donde estuvo viviendo Franco./El Norte
Palacio de la Isla, de 1883, donde estuvo viviendo Franco. / El Norte
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Fueron solo dos años, pero muy intensos. Porque España estaba en guerra y Valladolid había sido elegida por los sublevados para albergar las oficinas del gobernador general del Estado, con sus servicios de Orden Público, pero también porque la capital castellana era objetivo claro de los bombardeos y porque en la Academia de Caballería, principal reclamo de la aviación republicana, más de mil alumnos se preparaban para acceder a un singular empleo en el Estado Mayor del Ejército. Lo curioso del caso es que los 1.170 aspirantes, de los que solo 417 pasarían la prueba, no eran unos cualquieras: pertenecientes al ámbito civil, buena parte procedía de familias aristocráticas y adineradas, algunos atesoraban una trayectoria profesional de prestigio y otros terminarían en la élite de la abogacía, la arquitectura, las ciencias sociales y las finanzas.

Eran los tenientes provisionales auxiliares de Estado Mayor, formados en la Academia vallisoletana entre 1937 y 1939 y cuya particular singladura, prácticamente desconocida hasta la fecha, ha sido desvelada por Agustín Pérez Cipitria, profesor de la Universidad de Valladolid, en la tesis doctoral 'La Academia de Tenientes Provisionales Auxiliares de Estado Mayor y su relación con el Cuartel General de Franco (1937-1939)'. Dirigida por el catedrático Ricardo Martín de la Guardia y publicada por el Ministerio de Defensa, la obra desvela la importancia que tuvo la Academia de Caballería vallisoletana como único centro académico del ejército para la formación de oficiales del Estado Mayor, un cuerpo prestigioso, incluso elitista, que dio cabida a personas procedentes del ámbito civil con escasa o nula formación militar.

La razón de esto último la explica el propio autor: «Durante la Guerra Civil, la carencia de oficiales intermedios de carrera en el ejército nacional motivó la creación de academias de las distintas Armas para formar a jóvenes con estudios medios» procedentes del ámbito civil; como consecuencia, entre 1937 y 1939 se convocaron nueve cursos en la Academia de Caballería de Valladolid con objeto de «transmitir enseñanzas militares a los futuros tenientes provisionales auxiliares de los Estados Mayores». Fueron en total 1.170 los aspirantes, de los que solo 417 resultaron promovidos.

Los aspirantes eran civiles con título universitario -algo no muy común en la época- y tenían edades comprendidas entre los 30 y 45 años. El proceso de selección, muy metódico y riguroso, también atendía a requisitos como el manejo de idiomas, tener carné de conducir, saber mecanografía y taquigrafía, la pertenencia a asociaciones y partidos integrados posteriormente en el Movimiento, las ideas sociales y las actividades realizadas en pro de la sublevación militar. Buena parte de los futuros tenientes auxiliares de Estado Mayor destacaban por su relevante formación académica, el alto poder adquisitivo de sus familias y las importantes recomendaciones esgrimidas para poder ingresar. Los 417 que superaron los cursos fueron destinados a diferentes brigadas o Estados Mayores, y un selecto grupo, como veremos, formó parte del Cuartel General de Franco.

Ricardo Churruca.
Ricardo Churruca. / El Norte

Tras un exhaustivo análisis de la documentación procedente de los Archivos Militares de Ávila y Segovia, de la Escuela de Guerra del Ejército y del Archivo General Histórico del Ejército del Aire, Pérez Cipitria ha podido reconstruir el destacado perfil social de esos alumnos, muchos de los cuales ostentaron una acreditada relevancia social, económica y profesional. Todos ellos, por cierto, se formaron en un periodo en el que ejercieron la dirección del centro Manuel Fernández Lapique (julio de 1937 a febrero de 1938), Mariano Rivera Juer (febrero de 1938-marzo de 1939) y César Alba Bonifaz (marzo de 1939), hermano del propietario de El Norte de Castilla, Santiago Alba.

El primero que llama la atención es el ingeniero de minas José O'Shea Sebastián, miembro de una adinerada familia que fundó la potente Sociedad de Crédito Mobiliario y abuelo de la actual presidenta del Banco de Santander, Ana Patricia Botín Sanz de Sautuola O'Shea. En efecto, del matrimonio entre José O'Shea y Asunción de Artiñano nació la pianista Paloma O'Shea, que en 1959 se casó con Emilio Botín, presidente del Banco de Santander desde 1986 hasta su fallecimiento, en 2014.

Por su parte, el valenciano Joaquín Maldonado Almenar, corredor de comercio antes de ingresar en la Academia de Caballería, llegaría a ser el hombre con más influencia en su ciudad natal durante el franquismo, pues fundó el famoso Bolsín -luego Bolsa de Valencia- y fue nombrado Hijo Predilecto, además de recibir la Medalla de Oro de Valencia; y del general Castaños descendía Antonio Cavero, barón de Carondelet, cuya familia era una de las mayores fortunas de Madrid en patrimonio urbanístico y territorial, y cuyo papel en la organización de dos viajes a la Italia mussoliniana por parte de Antonio Goicoechea y el marqués de Luca de Tena, en plenas conspiraciones contra la República, fue muy relevante.

Román Perpiñá.
Román Perpiñá. / El Norte

Tampoco faltaron futuros abogados con bufetes tan prestigiosos como el de Antonio Cuéllar en Badajoz, donde se puso una calle a su nombre; jueces, fiscales, notarios, secretarios de magistratura, registradores de la propiedad, y hasta miembros del cuerpo diplomático. Incluso eminencias en las Ciencias Sociales, como el catedrático en la Universidad Complutense y en la Pontificia de Salamanca Román Perpiñá Grau, premio Príncipe de Asturias en 1981, o arquitectos de la talla de Ricardo Churruca Dotres, conde de Churruca, artífice de edificios emblemáticos en Barcelona capital. A ellos habría que sumar a futuros alcaldes como Pedro Barbadillo, regidor de Cádiz en 1940-1941, y José Donado Adán, de Ciudad Real en 1940.

Menos conocida era, hasta el momento, la incorporación de algunos de esos tenientes auxiliares al Cuartel General de Franco, que en agosto de 1937 se instaló en el Palacio burgalés de la Isla, procedente del Palacio Episcopal de Salamanca. Ese fue el caso del prestigioso diplomático Manuel Oños y Plandolit, que junto con Luis Fernández Dura y Amado Salgueiro trabajó en la Primera Sección, dedicada a tareas administrativas. Otros cuatro desempeñaron tareas de información y espionaje de la Segunda Sección, como el juez Alfonso Alzugaray y Jacome, que llegaría a ser condecorado por los gobiernos de Italia y Alemania. En la Tercera Sección, dedicada a operaciones de combate, ejercieron Eusebio Pérez-Hickman, César Balmaseda Echevarría, grande de España que llegaría a ser intendente general de los Condes de Barcelona, y Mauricio Melgar Rojas, testigo y partícipe de la realización del último parte de Guerra.

Finalmente, la Cuarta Sección, dedicada a Intendencia, contó con la presencia de los tenientes auxiliares Rafael Pardo Suárez y Adrián Mateos Sandoval, mientras que la Quinta, centrada en labores de Cartografía, incorporó al ingeniero de caminos José Fernando Núñez Fagoaga, cuyo papel llegó a tener tanta trascendencia, que se le autorizó para hacerse cargo de todos los documentos cartográficos recuperados por los Ejércitos del Sur y del Centro «durante las operaciones de reducción de la bolsa de Mérida», en julio de 1938.