Un amor que dura 71 años

Leonardo y Gregoria posan con su retrato de boda/N. LUENGO
Leonardo y Gregoria posan con su retrato de boda / N. LUENGO

Leonardo González y Gregoria de la Cuesta celebran en Benafarces siete decenios juntos

N. LUENGOBENAFARCES

«Quiero salir guapa en las fotos. Me gusta ir con la cara lavada, pero los labios bien pintados», dice Gregoria mientras se calza los zapatos de tacón y se termina de abrochar su mejor camisa, que está recién planchada. «Me tenía que haber puesto un collar», se lamenta mientras se atusa el pelo con coquetería. Antes de hacer las fotos, revisa a su marido: «Tenías que haberte puesto la otra camisa», le regaña. Ya bien acicalados, posan juntos ante su retrato de boda. Después, lo miran en silencio mientras acarician el viejo cristal que lo cubre. «Parece que fue ayer», susurran. Pero no. Ese retrato lleva presidiendo su sala de estar más de siete décadas, como símbolo de una unión que todavía perdura.

Ellos son Leonardo González González y Gregoria de la Cuesta Gallego. Un entrañable matrimonio que lleva toda una vida junto. Entre los dos suman casi dos siglos, en los que han vivido y visto de todo. Eso sí: siempre unidos. Aseguran que el secreto de su longevidad y de su feliz matrimonio está en la «paciencia y el cariño». «Parece fácil, pero no lo es. Los jóvenes de ahora no aguantan nada», sostienen. Como testigos de esta larga y feliz vida juntos, otras muchas fotografías inundan su sala de estar, en la que pasan la mayor parte del día. En ellas aparecen sus dos hijas, Fasi, de 70 años y Mari Cruz, de 67, sus cuatro nietos y sus cuatro biznietos.

Sorprende comprobar la agilidad con la que se mueve Leonardo, de 101 años. Le gusta salir a pasear y conversar con sus vecinos mientras cruza las manos a la espalda y deja el bastón colgando. «En realidad no me hace falta. Lo llevo como defensa, por si me sale algún perro», confiesa. A diferencia de su marido, Gregoria, de 96 años, tiene una movilidad más reducida, aunque se defiende bien con las muletas. La sordera de ambos les dificulta la comunicación, pero no les impide alguna discusión eventual. «Yo estoy mucho peor que ella», se queja él. Gregoria, sin oírle, recalca: «Él está mucho mejor que yo». Y así pasan el rato. Viven solos en su casa de Benafarces, donde siempre han sido felices. Cuentan con la ayuda de Cándida, su vecina, que a diario les echa una mano con las tareas de la casa. Su mayor entretenimiento es jugar al tute. En esto tampoco se ponen de acuerdo. «Ella tiene más suerte que yo», asegura Leonardo. Por su parte, Gregoria confiesa con una sonrisa que «él gana más veces. Tiene mucha más práctica».

Todo comenzó en un baile

Se conocieron durante unas fiestas en Villalbarba, el pueblo de Gregoria. Leonardo, que confiesa que de joven era «muy 'correndero'», acudió en bicicleta al baile del pueblo vecino, donde quedó prendado de una joven a la que sacó a bailar al son del organillo. «Me gustó desde el principio, pero no le dije nada. Eso sí, al domingo siguiente fui otra vez a Villalbarba a ver si la veía. Esa vez fui a caballo, porque me gustaba presumir. Fui sin saber qué me iba a decir. Ella se alegró al verme y enseguida nos hicimos novios», relata con una sonrisa. Para ella, Leonardo fue su primer amor. No así para él, «que recorría todas las fiestas de la comarca y tenía muchas novias de los bailes», explica algo celosa.

Tras dos años de noviazgo, se casaron el 7 de febrero de 1947 en la iglesia de Santiago de Valladolid. «Fue una boda de postín. El banquete fue en el hotel Roma», recuerdan. Y es que los dos venían de familias acomodadas. «De ella me gustaba todo, pero lo que más, su voz. No se me olvidará la primera vez que le oí cantar. Fue en la luna de miel. Me dejó impresionado», recuerda mientras mira a su esposa con devoción.

Leonardo era el tercer hijo de un gran terrateniente de Benafarces. Heredó algunas de sus tierras, lo que le permitió vivir de forma acomodada toda su vida. Se considera un adelantado para su época. «Yo era un agricultor muy moderno. Fui de los primeros en comprar tractor», presume. «También fui de los primeros en tener coche, aunque no me gustaba mucho conducir», añade. Gregoria se dedicaba a las labores del hogar, aunque siempre que podía se acercaba a la era para echar una mano con la trilla. «Mi entretenimiento favorito era coser. Siempre hice la ropa a mis hermanas, y más tarde a mis hijas. También recibía algún encargo, y así aportaba a la economía familiar. Ahora ya no puedo coser porque cada vez veo menos. Mi última labor fue la cortina que hice para la puerta de casa. De eso hace ya tres años», rememora. Su otra gran pasión ha sido la lectura, en la que se inició muy joven, mientras leía a su padre ciego las páginas de El Norte de Castilla. «Todos los días, al salir del colegio, iba corriendo a casa para leer a mi padre el periódico. Desde entonces, nunca he dejado de leer», relata.

Ambos presumen de haber tenido una vida feliz y tranquila. «Nos hemos cuidado bien y vivir en el pueblo es muy sano», dicen. «Aquí la gente nos quiere, aunque yo, a veces, sigo echando de menos mi pueblo», confiesa Gregoria mientras prosiguen su partida de cartas.

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