Valladolid
El American Dream cumple un cuarto de siglo: un clásico de la noche que viró al tardeoEl bar de copas de Francisco Zarandona sopla 25 velas con Epi al frente tras haberse amoldado a los nuevos hábitos de los clientes pero sin perder nunca su esencia
Es hijo musical de los 80 y los 90 del siglo XX. Del ocio nocturno que acompañó aquel loco despertar de los que ahora son ... casi sesentones. El gran Epi -1,93 de altura, cinturón negro quinto dan de taekwondo y un tiarrón que es todo amabilidad y templanza a pesar de su imponente aspecto- está de cumpleaños. El pasado jueves, Ángel Espinel, que es como realmente se llama, aunque casi todos le conozcan por el diminutivo que le pusieron en el colegio cuando era un chaval, celebraba con sus fieles clientes, muchos ya amigos, el cuarto de siglo de un bar, el American Dream, al que esos 25 años que le acaban de caer lo han convertido en todo un clásico de la noche vallisoletana.
Porque este acogedor local en la céntrica calle Francisco Zarandona, con su doble altura, su cálida barra de madera, sus arcos de ladrillo y esa tenue iluminación con sus lámparas estilo tiffany, ha mantenido intacto el espíritu con el que surgió aquel 'sueño americano' en plena meseta castellana. Lleva Epi en este enclave desde 1991. Porque el American, estrenado en el 2000, fue antes el Dacha, un bar «espectacular con un diseño como el de los locales de moda de Barcelona» que montó con sus socios después de una trayectoria siempre asociada a la hostelería nocturna. Comenzó con 16 añitos en la cafetería del Bingo del Real Valladolid, en la calle Mantilla, de allí saltó al Q de la mítica zona de El Cuadro, en el 'Paco Suárez', para continuar en la discoteca Lazos de la calle Veinte de Febrero.
Esta entrevista para soplar las velas le lleva a este profesional de la barra, nacido en 1966 en Villabrágima, a lugares legendarios de aquella ciudad marchosa, que sorprendía a los visitantes por su ajetreo y jarana de lunes a domingo. Rinde homenaje a la tienda de discos Foxy, en el Pasaje Gutiérrez, de la que se nutrió, entonces con vinilos para sus platos Lenco, gracias a las recomendaciones de Willy. «Traía pop y rock británico que aquí no se conocía y El Viudo lo pinchaba en el Landó», recuerda con nostalgia.
«La noche de Valladolid era muy potente entonces, un pulmón para la hostelería, que atraía a gente de Madrid y de otras muchas ciudades», rememora. Eso es ya historia de carrozas, porque las madrugadas, reconoce, han perdido aquel 'punch' que impactaba a propios y extraños. «Se ha quedado en algo residual». El tardeo que aterrizó con la pandemia ha ganado la partida a los más crápulas. «Si tuviéramos que haber vivido de los fines de semana -jueves, viernes y sábado- ya no estaríamos aquí; hemos tenido que adaptarnos y creo que lo hemos conseguido», subraya este noctámbulo profesional al que, sin embargo, las tentaciones de lado oscuro nunca le han llamado.
«Este es un trabajo exigente y duro, en el que hay que ser muy profesional, además siempre he estado muy vinculado al deporte; nunca me he visto seducido ni por las sustancias psicotrópicas ni por el alcohol», destaca este luchador, que lleva treinta años compartiendo tatami con sus compañeros de gimnasio. Ángel -cuesta llamarle por su nombre de pila- ha virado su negocio con el rumbo de los tiempos. No ha tocado en absoluto la decoración del American, un proyecto que diseñó Javier San Luis y que mantiene ese encanto de sentirse como a resguardo. Con su sugerente Marilyn Monroe a tamaño natural, ese surtidor de gasolina de una estación de servicio de Texas, la puerta de un taxi de Nueva York, el banjo... Lo que sí ha tenido que adaptar es el ritmo de trabajo.
Su parroquia ya no prolonga las madrugadas. Quizá un poco más los fines de semana algunas pandas más jóvenes que visitan el que ya consideran un mítico del centro se pegan unos bailoteos, pero en general el copeo se ha trasladado a la tarde-noche. «Vienen familias o grupos de amigos que han tomado el vermú, han comido o han cenado a tomarse el café y unas copas, pero se retiran antes», señala Epi, quien subraya que también han cambiado los patrones en los tragos, con preparaciones de combinados más elaboradas a base de bebidas 'premium', que le han obligado a incrementar las referencias de la bodega, especialmente en ginebras, rones y vodkas.
En el bar, la mesa de mezclas siempre ha sido cosa suya. «No soy DJ, como los de ahora, soy un humilde pinchadiscos, pero la verdad es que es algo que me gusta mucho e intento cuidar», explica. Rock clásico, pop español y jazz marcan las sesiones vespertinas. «A un volumen que permita hablar a la gente, mantener una charla agradable», acota. Los fines de semana hace alguna concesión a los temas más comerciales cuando el ambiente se anima y el cuerpo pide movimiento.
En su barra, la vieja guardia de El Norte de Castilla ha abrevado durante años tras hacer base con unos huevos fritos en el Tino y echar la primera en el ya exitinto Velay de Moncho. Grandes juergas. Ahora esos redactores, muchos ya jubilados y pocos aún en activo, pero con hábitos más europeos por mor de su edad, tampoco alargan sus quedadas como antaño cuando se justificaban en sus casas con esa excusa de que el periódico del jueves había sido «muy difícil». Pero mucho.
En este aniversario, el que es el rostro del American Dream destaca la importancia que ha tenido para su negocio la peatonalización de esta vía en el lateral del Mercado del Val, que ha abierto la posibilidad de instalar terrazas y donde se trabaja en un ambiente cordial con otros locales como LaLupe o El Postal. «Valladolid tiene un sector hostelero de referencia, de calidad y muy profesional, la gente que nos visita se da cuenta de ello y tenemos que sentirnos orgullosos», recalca.
Agradece Epi a la gente que ha trabajado con él tras el mostrador su dedicación, pero sobre todo muestra su afecto por unos clientes que nunca le han abandonado. «La verdad es que para mí es un orgullo que sigan viniendo a vernos, que se encuentre a gusto, eso es lo que intentamos: mimarles y que se sientan como en casa», destaca. Veinticinco años después de que las páginas de este diario recogieran la inauguración del local, su dueño espera poder volver a celebrar otra efeméride tan redonda como esta, porque el American, asegura, «está más vivo que nunca».
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