La Acera de Recoletos, una trampa para ciegos en Valladolid

Peatones invidentes alertan de la falta de guías y referencias para pasear por «una de las zonas más conflictivas» de la ciudad

Mario camina por Recoletos, sin apenas referencias que guíen su camino. /A. Mingueza
Mario camina por Recoletos, sin apenas referencias que guíen su camino. / A. Mingueza
Víctor Vela
VÍCTOR VELA

Parece tan acogedora, ¿verdad? Tan amplia, peatonal, con el Campo Grande al lado, señorial. Tan cómoda para dar un paseo. Uno de los rincones más atractivos de Valladolid. En pleno centro. Y, sin embargo, la Acera de Recoletos es una trampa para las personas invidentes. Un espacio incómodo, hostil, donde es fácil desorientarse por la falta de señales, donde es sencillo tropezar con bancos y barreras, donde no todos los semáforos tienen señales acústicas. Es, aunque no lo parezca para quienes no lo sufren, uno de los espacios más inhóspitos de la ciudad. Lo cuenta Mario López (invidente vallisoletano), lo refrendan los integrantes de la asociación castellano y leonesa de afectados por retinosis pigmentaria, lo certifican técnicos de rehabilitación de la ONCE. La Acera de Recoletos es uno de los espacios más difíciles de transitar para las personas ciegas. ¿Por qué?

Mario López, 62 años, atraviesa casi a diario la Acera de Recoletos. Vecino de Laguna de Duero, el autobús lo deja en Filipinos y desde ahí camina hasta Colón rumbo a la sede de la ONCE en la calle Muro, donde acude a cursos de inglés, de escritura táctil en la palma de la mano (ya que también tiene problemas auditivos). «Ir por Filipinos, por la acera junto al Campo Grande, es sencillo», reconoce. Hay un bordillo en la jardinera que separa acera de calzada que sirve de guía si se toca con el bastón. El problema comienza al llegar a la plaza de Colón. La referencia auditiva del tráfico se vuelve inestable (los vehículos se alejan en la curva), desaparecen los elementos de referencia para el bastón –todo el firme es uniforme, sin cambios de textura– y se accede a una amplio espacio abierto donde la persona que no puede ver queda desamparada. Mario envió el pasado 19 de junio una carta al Ayuntamiento en la que alertaba de esta situación y reclamaba «la correcta ubicación, al menos, de dobles tiras de botones o baldosas podotáctiles que salieran del final del paseo de Filipinos (y también de Zorrilla, al otro lado del Campo Grande) y cruzaran Recoletos hasta llegar a los semáforos de las esquinas con Gamazo y Colón». Estas indicaciones en el suelo «que no molestarían en absoluto a las personas videntes, darían claras referencias y, sobre todo, seguridad a las personas ciegas y discapacitados visuales», que ahora deben enfrentarse a un camino «aleatorio e inseguro». Serían unos caminos táctiles en el suelo para poderlos seguir con el uso del bastón (al cambiar la rugosidad del suelo). «La única referencia que tenemos ahora son los muretes que rodean la fuente de Zorrilla y la estatua de Colón, pero además son circulares, así que, si las seguimos con el bastón, no sabemos en qué momento abandonarlas para continuar el camino». Ytodo ello hace que las personas con dificultades visuales «no puedan atravesar estos espacios sin una ayuda externa, con la consiguiente pérdida de autonomía», alertan desde la ONCE.

Profesor combativo con sus derechos

Mario empezó a notar algo extraño con 25 años. «Hacíamos las fiestas de la facultad en la discoteca Atomium, en la calle Pasión, y yo le llegué a decir al dueño que cambiara las luces porque parecía que estaban fundidas. Y lo mismo con las del alumbrado de la calle.Hasta que me di cuenta de que el problema no eran las luces. Le diagnosticaron retinosis pigmentaria degenerativa:pérdida progresiva de visión. Mario estudió en la Facultad de Filosofía y Letras. Fue profesor de Geografía e Historia del Arte en el instituto Ramón y Cajal (en Delicias), en el Gómez Pereira (Medina del Campo), después en Sigüenza (Guadalajara)y en el María Moliner (Laguna). Hace 15 años se jubiló. «La enseñanza me gustaba mucho, pero había perdido mucha visión y no podía seguir dando clases». Hoy es ciego total. Tiene también severos problemas auditivos. «Fue duro aceptarlo, me costó asumir que necesitaba bastón», reconoce. Ahora, ha emprendido varias luchas para mejorar la calidad de vida de las personas ciegas.

Antonio Tomás, técnico de rehabilitación de la ONCE, explica que los espacios abiertos, como Recoletos, son especialmente complicados para las personas invidentes, ya que la posibilidad de desorientarse es mucho mayor, al no existir líneas de dirección (como pueden ser las paredes de las fachadas) y al desdibujarse las fuentes de sonido (menos tráfico, el ruido de las fuentes, conversaciones más dispersas).

Mario ha solicitado al Consistorio guías en el suelo.
Mario ha solicitado al Consistorio guías en el suelo. / A. M.

La Acera de Recoletos lleva años en el punto de mira de la lucha contra las barreras arquitectónicas. La calle estrenó nueva imagen en 2009 y ya entonces se alertó de que había 95 cuñas de granito, entre las aceras y el vial de tráfico, que eran peligrosas no solo para las personas invidentes. Apenas unos días después, se pintaron líneas amarillas sobre algunas de ellas para indicar su ubicación. Hace dos años, el Ayuntamiento retiró la mayoría para cumplir la normativa de accesibilidad. Desde enero de este año, los bolardos instalados en las áreas de uso peatonal «tendrán una altura situada entre 0,75 y 0,90 metros, con un ancho o diámetro mínimo de 10 centímetros y un diseño redondeado y sin aristas», según recoge el artículo 29 de la orden del Ministerio de Vivienda sobre accesibilidad y no discriminación en la utilización de espacios públicos urbanizados. Todavía quedan jardineras y bancos, colocados algunos de ellos en lugares complicados, como en la línea del paso de peatones que da acceso desde Recoletos a la calle Santiago. El Ayuntamiento también mejoró los cruces hacia Gamazo y Miguel Íscar (el entorno de los pasos de peatones tienen baldosas con botones rugosos), pero esos dos semáforos no emiten señales auditivas. También se diseñó un pequeño desnivel en el paso de peatones de Recoletos hacia la Estación. Antes no había diferencia entre acera y calzada, lo que convertía este punto en especialmente peligroso.

Solución desde Urbanismo

El pasado 2 de agosto, la concejalía de Urbanismo respondió a Mario con un escrito en el que anunciaba (sin plazos de ejecución)que se estudiaría la creación de esos «itinerarios señalizados con pavimento táctil». El concejal del área, Manuel Saravia, explicó que ya se ha acordado adoptar las primeras medidas. Entre ellas, se encuentra un nuevo pavimento rugoso al término de Filipinos para encaminar a las personas con deficiencias visuales hacia Recoletos. En principio no se dirigirá hacia Colón –como solicitaba la asociación de retinosis– sino que será una guía en los primeros metros de plaza para evitar que las personas invidentes se desvíen hacia la zona de tráfico (derecha) o hacia el parque (izquierda). Saravia ha anunciado además que se retirarán «muchos de los obstáculos, bancos o jardineras, que se colocaron para evitar el acceso a zonas peatonales con motivo de los atentados terroristas y que provocan numerosas barreras para el peatón cotidiano».

Batalla telefónica con la centralita de la delegación de la ONCE

valladolid. Mario López inició también una cruzada para reclamar a la propia ONCE que cumpliera con los requisitos básicos de accesibilidad. Si una persona llamaba (hasta este miércoles) a la delegación de la calle Muro (983 300 888), le saltaba una grabación automática que decía que «si quiere hablar con juego marque dos, con servicios sociales tres...». Mario envió en octubre una carta al presidente del Consejo General de la ONCE, Miguel Carballeda, en la que pedía «una solución fácil» para las personas invidentes. «Ahora la mayor parte de los teléfonos son móviles, con pantalla táctil, y no tenemos la referencia para marcar uno, dos o tres». Por eso, pidió que la opción no solo se hiciera marcando, «sino también con comando de voz, como en otras muchas centralitas». El 19 de octubre le contestaron que se instalaría una solución de reconocimiento de voz «aproximadamente en un mes». Han pasado cinco hasta que ha llegado la solución (ya en marcha) . También ha reclamado a Telefónica un servicio accesible de la nube (cloud).