Aquí Nicolás, el radioaficionado más veterano de Valladolid

Domina el morse, ha aprendido inglés, italiano y ruso para comunicarse, colecciona postales de todos los lugares del mundo con los que ha hablado... y celebra 50 años en la onda

Nicolás Martín, con el equipo de radio desde el que emite y recibe mensajes de todos los rincones del mundo. /
Nicolás Martín, con el equipo de radio desde el que emite y recibe mensajes de todos los rincones del mundo.
VÍCTOR VELA

Los paseos cotidianos de Nicolás Martín (Ávila, 1932) no recorren las riberas del Esgueva o los senderos del Campo Grande:sus huellas acostumbran a perderse por los caminos sonoros de las ondas. Se coloca los auriculares como quien se calza zapatillas de deporte tal que ropa cómoda para andar mejor, enciende la emisora y empieza a dar los primeros pasos por el dial, comienza a adentrarse por una jungla de frecuencias, una zarzuela de intermitencias entre las que, de repente, emerge una voz desconocida. Yentonces el paseo ha merecido la pena.

«De entrada no sabes quién va a haber, con quién te vas a cruzar... pero siempre se encuentra a alguien», asegura desde su particular estación en la urbanización El Otero, una sala abuhardillada con los emisores y receptores, una gran antena dirigible de diez metros y medio sobre el tejado de la vivienda.

Aquí, al habla, Nicolás Eco Alfa Uno Lima Juliet (EA1LJ), el radioaficionado con más solera de Valladolid, un histórico de las ondas que celebra en este 2017 sus cincuenta años de excursiones por el dial, desde aquel año en el que compró su primera emisora en Andorra y emprendió sus paseos radiofónicos.

«En aquellos años seríamos ocho radioaficionados en Valladolid. Recuerdo que la referencia era Don Martín (EA1AX), un sacerdote que se encargaba de la página de cultos en el periódico y que para muchos de nosotros era un ejemplo. A mí todo este mundillo ya me empezó a gustar desde que tenía 15 años. Un día vi un anuncio de una academia de Madrid que se llamaba Escuela de Radio Maymó y que te ofrecía los materiales para montar en casa tu propio receptor. Aquello me fascinaba», reconoce Nicolás, mientras, alrededor, sus compañeros de la Unión de Radioaficionados de Valladolid le escuchan con la devoción de los discípulos que atienden al precursor.

Nicolás, ¿y qué pasa cuando en uno de esos paseos por el dial te encuentras con alguien?

Pues lo saludo.

Dice que él prefiere primero (norma básica de educación)recorrer la banda entera por si alguien ha lanzado ya un mensaje para empezar una conversación... y que, si no halla a nadie, entonces comienza él la emisión:una llamada general. «CQ, CQ, CQ de EA1LJ», dice a modo de presentación. Es su indicativo. Su matrícula en las ondas. Su tarjeta de visita. Y si alguien contesta, estupendo, comienza la charla.

Somos como el pescador que se sienta en la orilla, lanza el anzuelo y espera a ver quién pica. Lo bueno es que, de vez en cuando, te encuentras con un pez gordo.

¿Un pez gordo?

Alguien de algún rincón extraño del mundo. Radioaficionados en Estados Unidos o en Rusia hay muchos. Lo difícil es hablar con alguien que emita desde la isla de Pascua.

¿Y lo ha conseguido?

Claro.

Nicolás abre un cajón y extrae una colección de tarjetas que han llegado desde Australia, desde la India, desde Bielorrusia y Sudáfrica, de Argentina, Noruega, Dinamarca... Estas postales, conocidas como QSL, son la confirmación de que Nicolás ha hablado con radioaficionados de todos estos países. Más de 300 naciones y regiones del mundo reconocidas por el sector. Una barbaridad. A cambio, él también ha tenido que enviar a sus interlocutores una de estas tarjetas. Cada radioaficionado tiene la suya, con su distintivo (el código de su emisora). «La mía, además, con la foto de mi nieto. Rodrigo ha dado la vuelta al mundo varias veces». Estas postales son fundamentales para confirmar el pedigrí de un radioaficionado. «Yo puedo decir que he hablado con la Conchinchina, pero como la persona con la que he contactado no me mande una de estas tarjetas, no hay modo oficial de demostrarlo», asegura.

Escuela de idiomas

Esto ha empujado a Nicolás a aprender idiomas. Se maneja en inglés, entiende y habla el italiano, puede mantener a la perfección una conversación en ruso. «Me encanta el ruso», dice. Y resalta que lo ha aprendido por su cuenta, a fuerza de revisar manuales, de repasar gramáticas y de contactar por las ondas con radioaficionados de aquel país.

¿Y de qué hablan?

De lo que sea, de muchas cosas, aunque se suele evitar la religión y la política.La mayor parte de las veces te limitas a decir tu indicativo, tu nombre, desde dónde hablas, cuáles son las características de tu equipo. Intercambias estos datos, te despides y sigues la búsqueda, por si encuentras a otro.

Pero hay casos en los que la conversación va a más y puede dar lugar a verdaderas relaciones de amistad. Recuerda a aquel radioaficionado de Ushuaia, en el extremo sur de Argentina, que acogió a unos amigos españoles de Nicolás que visitaron aquella zona. Oaquel otro radioaficionado argentino a quien Nicolás subió el volumen de una televisión para que pudiera seguir en directo un partido de fútbol. Oaquel otro de Ucrania con quien trabó amistad a fuerza de coincidir todas las semanas en las ondas.

«A mí es que esto me apasiona. Paso aquí el rato como el que se pone a hacer crucigramas», asegura quien, además de los mensajes hablados (por fonía), es uno de los vecinos de Valladolid que mayor destreza demuestra en el uso del código morse. Porque la mayor parte de las veces, sus transmisiones se hacen con este concierto de rayas y puntos. Tiene para ello varios manipuladores, varias llaves telegráficas que le permiten llevar su mensaje a todo el mundo y que ocupan parte de este escritorio desde el que emite y recibe su emisora Kenwood, todo alrededor un manojo de cables conectados con esa antena directiva que orienta a placer cada vez que quiere contactar con algún país concreto. Tiene una chuleta que le indica que hay que girarla 123 grados si quiere hablar con Argelia, 78 si con el Vaticano, 330 con Hawái o 263 con Aruba.

Desde San Pedro Regalado

Nicolás es el veterano de la Unión de Radioaficionados de Valladolid, un colectivo que reúne a 85 socios de la provincia. Su sede en San Pedro Regalado (en el antiguo colegio Natividad Álvarez Chacón) es un festín de antenas, emisoras, diplomas varios y un colchón sonoro de radios encendidas. Hay varias fotos del rey Juan Carlos I, radioaficionado también, y con el que consiguieron hablar varios de estos apasionados a las ondas. El presidente de la asociación es Isidro Rollán (EA1CRL). Estudió telecomunicaciones, hizo la mili en transmisiones, en Medina del Campo, se metió en este mundillo para comunicarse con sus compañeros cuando hacía ciclismo y, en los tiempos en los que no había móvil, le compró una estación a su novia para que pudieran hablar todos los días entre Tordesillas (donde estaba él)y la capital (donde vivía ella). «Para nosotros era un antecedente del WhatsApp o de Internet». La red ha eclipsado esta afición, reconoce Carlos Vega (EA1EZZ). El tono de llamada de su móvil es este distintivo en código morse. «Comparado con Internet esto parece arcaico, ¿verdad? Pero tiene un encanto que es difícil de explicar. Cada vez que contactas con alguien que comparte tu afición en la otra punta del mundo...», dice Vega, sin rellenar los puntos suspensivos(o tres puntos que son s en morse).Tomás Brusel (EA1EUI)también forma parte de la asociación. Dice que en su caso llegó a la radio por culpa de una tele. En blanco y negro. «Cuando intentaba buscar una imagen, a veces se metían voces extranjeras. Aquello me llamó la atención». Y empezó a alimentar una pasión que aún mantienen viva decenas de vallisoletanos en once bandas. Entre ellos, de forma destacada, Nicolás, EA1LJ, el radioaficionado con más solera en esta esquina del Pisuerga, el hombre cuya voz ha viajado a través de las ondas hasta cientos de emisoras, hasta miles de esquinas repartidas por todo el mundo.