La trágica huida del penal del fuerte de San Cristóbal

El reciente hallazgo de una fosa común con restos de huidos del penal rescata la memoria de los 207 asesinados aquel 22 de mayo de 1938; 22 de ellos procedían de Valladolid

Antonio Escudero, agachado, segundo por la derecha, promotor de la fuga y fusilado por ello. /
Antonio Escudero, agachado, segundo por la derecha, promotor de la fuga y fusilado por ello.
ENRIQUE BERZAL

Las cifras hablan por sí solas: ni más ni menos que 89 de los 795 presos que aquel 22 de mayo de 1938 protagonizaron la trágica fuga del Fuerte de San Cristóbal, próximo a la ciudad de Pamplona, eran vallisoletanos; de hecho, también lo eran 6 de los 14 fusilados meses más tarde, acusados de haberla promovido, liderado y organizado. El reciente hallazgo en el concejo navarro de Burutain de una fosa común con restos de fugados de San Cristóbal, tristes protagonistas de la mayor huida de presos durante el primer Franquismo, trae nuevamente a la memoria el esperpéntico cuadro de los 207 hombres cazados como conejos mientras huían por el monte, asesinados a tiros a las pocas horas de haber escapado. 22 habían nacido en Valladolid.

Así lo ha documentado Félix Sierra Hoyos, autor de dos investigaciones determinantes para conocer con detalle aquel episodio: La fuga de San Cristóbal. 1938, libro publicado en 1990, y Fuerte de San Cristóbal. 1938. La gran fuga de las cárceles franquistas, publicado en 2013 junto con Iñaki Alforja. Como señala este autor, «la participación de los vallisoletanos en la organización de la fuga fue de primera magnitud, nada menos que 6 de los 14 acusados de ser los organizadores. También es elocuente la gran proporción de vallisoletanos fugados: de los 795 que se echaron al monte aquel 22 de mayo de 1938, 89 habían nacido en Valladolid, de los que 22 murieron en plena huida. Esta cifra solo fue superada por Pontevedra, de donde procedían 95 fugados, muriendo 26».

La localización de la fosa común de Burutain, efectuada en el marco del Programa de Exhumaciones del Gobierno de Navarra y de la que hasta el momento se han exhumado seis cuerpos, vuelve a llamar la atención sobre el paradero de los más de 200 asesinados en las inmediaciones del monte Ezkaba, cuyos restos aún siguen sin ser localizados. Si en este trágico episodio los vallisoletanos ocuparon un lugar tristemente destacado, ello obedeció, en gran medida, a la enorme cantidad de presos confinados en el penal que procedían de esta provincia.

Como señala Félix Sierra, ya el mismo 21 de noviembre de 1934, fecha en la que el Fuerte fue inaugurado y no precisamente para cumplir esa originaria función defensiva pergeñada por Alfonso XII cuando comenzó a construirse en 1878, sino para hacer las veces de penal, ingresaron 78 presos de Valladolid de un total de 800. La mayoría, curiosamente, había protagonizado los actos revolucionarios de octubre en Medina de Rioseco. Aún más: según la documentación manejada por Sierra, 335 confinados en San Cristóbal entre 1934 y 1940 habían nacido en la provincia vallisoletana, y otros 54 residían en ella en el momento de su detención. El contingente mayor llegó a los pocos días de estallar la Guerra Civil, no en vano, de los condenados a 30 años de prisión en el famoso Consejo de Guerra contra 448 procesados de la Casa del Pueblo de Valladolid, 61 fueron enviados a San Cristóbal.

Como era de esperar, la represión de los militares sublevados fue instantánea. Según los cálculos de Sierra, de los 4.940 presos registrados oficialmente en San Cristóbal murieron, al menos, 621 a consecuencia de la represión. De ellos, 110 procedían de la provincia vallisoletana, de los que 59, desaparecidos en los momentos iniciales de la contienda, eran oriundos de Medina de Rioseco.

En condiciones penosas

Precisamente la fuga del 22 de mayo de 1938, planeada en domingo por ser el día en que menos funcionarios había de servicio, no puede entenderse sin el impacto de la despiadada acción represiva sobre los 2.487 presos que entonces habitaban el penal, a lo que habría que sumar sus penosas condiciones de vida. Humillados y pésimamente alimentados, la falta de higiene los convertía en pasto de piojos y enfermedades como la tuberculosis, tan letal en esos momentos, carecían de muebles y de una atención sanitaria decente, dormían en el suelo, se les requisaba parte de la comida que sus familiares les enviaban, la correspondencia era sometida a una implacable censura y eran obligados, bajo amenaza de terribles castigos, a ir a misa, rezar y cantar el Cara al Sol.

Liderada la huida por el comunista cántabro Leopoldo Pico, entre los 14 que le ayudaron a organizarla figuraban los vallisoletanos Baltasar Rabanillo Rodríguez, panadero de profesión y célebre jugador del club de fútbol Delicias; el fontanero Bautista Álvarez Blanco; los albañiles Gerardo y Teodoro Aguado Gómez; el viajante Calixto Carbonero Nieto; y el carpintero Antonio Escudero Alconero. Todos participaron activamente en una fuga que en su desarrollo solo se cobró la vida de un centinela, de entre la decena de funcionarios que vigilaban el interior y los 92 miembros del Ejército que lo hacían en la zona externa. Aquel 22 de mayo de 1938, a las ocho de la tarde, 795 presos lograban huir de San Cristóbal y escapar monte abajo en dirección a Francia; otros muchos, atenazados sin duda por el miedo, decidieron volver al penal después de merodear un rato por los alrededores.

Pero todo fue en vano. La caza y captura de los fugados no se hizo esperar. Militares, miembros del requeté y militantes falangistas los persiguieron a tiros por el monte como si fueran conejos. Muchos iban descalzos, escasa y torpemente vestidos, apenas tenían fuerzas para correr y caminaban desorientados, desconocedores del terreno que pisaban. Aquel tropel de desnutridos era presa fácil para sus perseguidores, que en apenas tres días mataron a 207 hombres. 22 de ellos, asegura Sierra, eran de Valladolid. Solo tres lograron escapar y llegar al país vecino. De los 585 que fueron capturados y reintegrados al Fuerte, 568 resultaron condenados a 17 años más de cárcel. Para 14 de los 17 acusados de promover la fuga les estaba reservada la pena máxima: los fusilaron el 8 de septiembre de ese mismo año de 1938, a las siete y media de la mañana, a la Vuelta del Castillo. Entre ellos estaban, por supuesto, los seis vallisoletanos que colaboraron directamente con Leopoldo.