El tesoro escondido 30 años en un sótano

Daniel Sanz y Jaime Arénaga posan junto a la foto de la cruz y una reproducción en madera./
Daniel Sanz y Jaime Arénaga posan junto a la foto de la cruz y una reproducción en madera.

Peñafiel recupera por casualidad una cruz parroquial de la iglesia de San Miguel del siglo XVII

A. OJOSNEGROSpeñafiel

La casualidad ha querido que haya sido encontrado un tesoro del que no se conocía su paradero desde hace unas tres décadas: la cruz parroquial de la iglesia de San Miguel, una obra de platería de principios del siglo XVII. Sus descubridores: el sacerdote Jaime Aránega y el joven historiador Daniel Sanz. Arénaga ejerce el sacerdocio en Peñafiel y Daniel es una persona muy vinculada con la parroquia desde niño.

La cruz estaba catalogada, se sabía de su existencia, pero nadie conocía dónde se encontraba. Daniel y Arénaga se temían lo peor después de buscar hasta en el último cajón. Finalmente, la búsqueda de unas vinajeras y un lavadero para celebrar una eucaristía en la ermita del paraje del Valdobar condujo a ambos al sótano de la casa parroquial donde se llevaron la grata sorpresa al abrir un arcón. Allí también encontraron otros objetos litúrgicos de importante valor patrimonial, como una naveta para el incienso del XVII perteneciente al desaparecido templo de El Salvador, o un incensario de la iglesia de Roturas.

Es más, en una esquina de la estancia la satisfacción fue completa al hallarse allí la macolla sobre la que se sitúa la cruz y el pie de la misma. En esta historia con final feliz, El Norte de Castilla también ha tenido su pequeño papel, literal, y anecdóticamente, pues una porción de una de las hojas de un ejemplar del periódico publicado en 1981 apareció en el hueco donde se ensamblan las partes, como elemento para conseguir su ajuste.

Tras el feliz hallazgo, una vez más la casualidad quiso que se pudiese datar su última, o una de sus últimas, apariciones en público. El sacerdote, antes de trasladar la cruz a Valladolid para su restauración, quiso mostrarla al propietario de la Bodega Tomás Postigo ubicada en Peñafiel, pues esta elaboradora ribereña ha contribuido con una generosa cantidad de dinero para su reparación. Allí en las instalaciones bodegueras, uno de los empleados Javier Melero reconoció su letra en una etiqueta adosada a la cruz en la que se leía Peñafiel, rótulo que colocó él mismo para ordenar los objetos patrimoniales de la comarca peñafielense que formaron parte de una exposición que se celebró en la torre del homenaje del castillo de la localidad hace 25 o 30 años.

Ahora la labor se centra en restaurar esta obra barroca de platería (de 88 x 42 centímetros), un trabajo del platero peñafielense Juan de Segovia. Ya se encuentra en los talleres de la joyería de Antonio Zúñiga, en Valladolid, donde se está rehabilitando y reponiendo los elementos que faltan, pues presenta un acusado deterioro. Para sufragar los gastos, la parroquia pide la colaboración de los vecinos, que pueden ascender a 2.500 euros, en los que se incluyen también la reparación de unos antiguos ciriales que acompañarán a la cruz en el altar de San Miguel de Reoyo, así como la fabricación de un par de nuevos pies de cruz para situarla tanto en el altar como en la sacristía. Las cofradías de la localidad también han realizado su aportación, pero sigue haciendo falta un poco más para poder completar todo el proceso de recuperación.

Por una mudanza

¿Cómo acabó la cruz guardada donde fue encontrada? Pues, sin que la certeza sea absoluta, la mudanza provisional al convento de las Claras de los objetos y muebles de la casa parroquial para las obras que se realizaron en ella hace unos 30 años, los distintos sacerdotes llegados de fuera del municipio para ejercer el apostolado en la villa y que seguramente desconocían su existencia o dónde se guardaba, o, como comentan Daniel y Jaime, el hecho «de que se realizasen importantes intervenciones de arreglo y rehabilitación en la iglesia de San Miguel más urgentes» que la reparación de la cruz, pudo ser una confluencia de esos inescrutables caminos del Señor que llevó a este pequeño tesoro al lugar donde, luego, por otro de esos senderos que traza la divina providencia transitaron Jaime y Daniel para encontrarlo.