El Norte de Castilla

La otra realidad de una carta viral

En el taller de radio, Juliana aporta sus conocimientos, adquiridos tras décadas en contacto con los libros
En el taller de radio, Juliana aporta sus conocimientos, adquiridos tras décadas en contacto con los libros / Henar Sastre

  • Hay personas mayores que eligen vivir en una residencia. La soledad es un mal en crecimiento en provincias como Valladolid, donde el envejecimiento de la población se hace cada vez más patente

Ha sido un mazazo a la conciencia global. Propagado a golpe de retuit y de ‘compartido’, ha actuado como el espejo deformante de Valle-Inclán y ha situado frente a la sociedad la otra realidad. La que queda oculta a diario bajo una capa superficial en la que no caben temas como la muerte, la vejez, la soledad.

«Tengo 82 años, 4 hijos, 11 nietos y una habitación de 12 metros cuadrados». Era el quejido punzante que saltó de las páginas de XLSemanal al ciberespacio. La carta de una madre granadina, Pilar Fernández Sánchez, que se sentía abandonada por su familia.

Sola.

«Si incluyeran la soledad en las encuestas del CIS, sobre todo en determinados segmentos, saldría como una de las mayores preocupaciones de los españoles», advierte Antonio Rodríguez, director del centro hospitalario Benito Menni. «Ha cambiado el paradigma de relaciones familiares», asegura.

Los números lo corroboran. Y anuncian que ese cambio va a ir a más. Sí o sí.

En Valladolid la edad media de la población es de 44,99 años, según el Instituto Nacional de Estadística. Hace apenas un paso, en el año 2000, la edad media de los vallisoletanos se situaba en los 40,51. Y una década más atrás, en 36,44. Y en 1975, en 32,01... El envejecimiento de la población es evidente. Porque han crecido aquellos que llegaron al calor del empleo que ofrecían Fasa Renault, o Michelin, pero también porque la natalidad no ha aumentado lo suficiente, y porque muchos jóvenes se marchan fuera para construir su vida profesional y su familia. Y el problema es que los que emigran ahora, en un gran porcentaje, no volverán.

Y eso, en un país que ha pasado de familias numerosas a familias con un solo hijo, significa que en un corto plazo de tiempo habrá un gran número de personas mayores que vivirán solas.

El índice de envejecimiento no miente. El INE le adjudica a Valladolid un duro 150,9, lo que la convierte en la decimonovena provincia española con un índice más alto. Un 21,59% de los habitantes de la provincia tiene más de 64 años.

Y a ese terrible ranking de provincias envejecidas se asoman con fuerza otras del entorno, como Zamora (284), León (225), Salamanca (201), Soria (190), Burgos (163), que al fin y al cabo cuentan con la misma administración, la Junta de Castilla y León, para los asuntos relacionados con la dependencia.

En la provincia vallisoletana, insisten los fríos números del INE, hay 58.843 hogares en los que reside una sola persona. Pero es que la proyección que hace el Instituto Nacional de Estadística dice que en el año 2029, a la vuelta de la esquina, habrá 72.529 hogares en esa situación.

La soledad.

Juliana se prepara en su habitación antes de incorporarse  sus actividades

Juliana se prepara en su habitación antes de incorporarse sus actividades / H. Sastre

La clave, dice Antonio Rodríguez, está en qué siente la persona que se enfrenta a la situación de vivir en una residencia. Para la mujer de la carta, con una extensísima familia, puede resultar incomprensible verse relegada a esa situación. Pero hay tantos casos como personas. «Aquí tenemos a un hombre viudo que se dedica a cuidar a las gallinas y a ayudar a otra gente. Antes vivía en su casa solo y lo único que podía hacer desde que se levantaba era esperar a que se acabara el día. Debemos ayudar a la gente a encontrar motivos para seguir viviendo y además ser felices», dice Rodríguez.

A su lado se sienta Juliana Panizo. Una mujer de 69 años que representa esa otra cara. La experiencia de quien ha decidido, por voluntad propia, vivir en una residencia de mayores. «Estaba sola. Falleció mi hermano... Y eso contribuye mucho». Sin entrar en detalles, deja entrever que aquellos momentos fueron muy negros. «Tengo una casa aquí, en el atrio de la iglesia de la Cruz, que es donde vive mi sobrino, que se ha casado hace dos meses. Y otra casa en el pueblo, Barcial de la Loma, que es donde voy porque no tengo dificultad de acceso. Necesitaba algo, porque no dormía. Mi sobrino conocía a alguien que trabajaba aquí y me admitieron», dice.

El día de la conversación, Juliana lo tiene todo preparado para irse al pueblo. «Voy dentro de un rato y vuelvo esta tarde. Han ido unos vecinos que viven en Madrid y estarán pocos días. El año pasado no pude verles y prometí que este año sí que iba. Miraré los armarios para coger ropa, estaré con las vecinas y mi cuñada, daré una vuelta por la plaza...». Viaja con Eurotaxi, «siempre con el mismo señor, Javier, que es muy agradable». Y está de vuelta en el Benito Menni para la hora de cenar.

En Juliana las ganas de vivir y su actividad se sobreponen a los achaques. Aunque vista su biografía, debió ser siempre así. «Nací un 15 de enero en el teso de Santa Ana, en la carretera. Cogió un taxi mi madre con otra señora y no llegó a casa», cuenta para empezar.

Juliana Panizo, en el exterior del Benito Menni

Juliana Panizo, en el exterior del Benito Menni / H. Sastre

Fue profesora de Lingüística en la Universidad de Valladolid, «en la facultad de Educación», durante más de 25 años. «En la nueva no llegué a impartir clase, me jubilé. Estuve en Huerta del Rey desde el principio hasta el fin y, en la plaza de España, en lo que ahora es el colegio García Quintana». Ha escrito siete libros relacionados con el habla popular, los refranes, los cancioneros. Y lleva a gala su amistad con Joaquín Díaz. «Había recopilado un libro de refranes sobre Tierra de Campos. Ese mismo día fue a buscarme Joaquín Díaz. Le dije que sí a hacer un cuaderno de refranes». Ha colaborado con revistas, semanarios. Y a día de hoy es una de las líderes de cuantas actividades se propongan en el centro. «Colabora en actividades solidarias del centro, como el mercadillo solidario a favor mujeres con enfermedad mental en Kerala, India, en el que ella participa de sol a sol», se chiva el director del centro.

Juliana se acuerda mucho de su pueblo, Barcial de la Loma. Y de Rioseco. «Le tengo mucho cariño. Los abisinios, la rua, las iglesias que parecen cuatro catedrales...». Pero no se deja llevar por la nostalgia. Lentamente, empieza a desgranar los momentos más felices de su día a día. «Cuando celebramos una fiesta, como la de la primavera o Navidad, cuando viene una visita. Cuando voy al pueblo, sobre todo en verano, que es cuando vuelve todo el mundo. Cuando tomo el sol. Cuando leo libros que me enganchan. Mi autor favorito es Antonio Machado, pero también novelas que me traen las compañeras, pero con contenido positivo, que esas policiacas no las aguanto. O la revista que me trae Aurelio, el voluntario. Me pongo contenta cuando voy a comprar».

Cuando entró en 2012, a sus problemas físicos se sumó el de la soledad. «Me encontraba muy mal y luego fui subiendo. Me cambiaron de piso y me he ido recuperando. Ahora no me voy».