El Norte de Castilla

Los faros de Lesbos

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El bombero Marcos Benito asiste a una familia de refugiados en una playa de Mitilene, al sur de la isla griega de Lesbos. / Quico García

  • Les dicen 'amán' para tranquilizarles, con una sonrisa en los labios, y el pulso firme para atraerlos a tierra. Marcos Benito y David Martínez son dos bomberos vallisoletanos que acaban de regresar de Grecia tras realizar tareas de ayuda y salvamento con la oenegé G-Fire

No llevan ni veinticuatro horas en España y ya están pensando en cuándo podrán volver. De niños, ni siquiera soñaban con ser bomberos, pero ahora no entienden una vida alejada de una profesión en la que ambos han cumplido ya los nueve años. Marcos Benito y David Martínez son dos de los bomberos vallisoletanos (el primero del parque municipal de Valladolid y, el segundo, del de Salamanca) que acaban de regresar de la isla griega de Lesbos.

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Desde el pasado 13 de febrero –junto con Delfín Franco, de Salamanca, y Alberto Martín, de Ávila, y de la mano de la oenegé castellano y leonesa G-Fire– han puesto su «pequeño grano de arena» en ayudar a los refugiados, que alcanzan la costa europea «con barcos de papel y chalecos salvavidas de risa». Pisar tierra en esas circunstancias es un milagro. Aún así, más de 2.000 personas al día arriesgan sus vidas y las de sus hijos cruzando el Mediterráneo, según datos recientes de ACNUR. Con lo puesto, en ‘shock’, muchos no han visto el mar en su vida. Han pasado más de mil calamidades, robos y torturas y, cuando por fin sienten el suelo de Lesbos bajo sus pies, se muestran nerviosos, felices, y agradecidos de contar con una mano que les ayuda, que les vista, que les cure y, sobre todo, que les sonría. «Es difícil entenderse con ellos, por el idioma, pero les decimos ‘amán’, que significa paz, y eso les tranquiliza», relata David.

«Llegan con muchas esperanzas de un futuro mejor –añade Marcos Benito–, pero en tu interior sabes que lo tienen muy difícil, y eso es muy triste». Inciden en que los refugiados salen de sus países huyendo de la guerra –«son como nosotros. Tenían una vida confortable y lo han perdido todo»–. Muchos, además, son solo niños, solos y desprotegidos. «Un día llegó una barca con 40 o 45 personas. La mitad eran niños, y los más mayores tendrían cinco o seis años. Te das cuenta de que no buscan a nadie, porque vienen solos», comenta David, que añade que les suelen enviar sus familias «para que tengan una oportunidad, un futuro».

Con suerte, a su llegada a la isla griega les esperarán bomberos y voluntarios de organizaciones como G-Fire. Tanto él como David han pagado ellos mismos el viaje con su propio dinero y sus días de vacaciones. Pero lo que más les preocupa es los escasos fondos de la oenegé para ayudar en la zona. «Ojalá pudiéramos adquirir unas gafas de visión nocturna. Muchas barcas llegan por la noche y no se ve nada», explica Marcos. Las distintas oenegés (sobre todo las pequeñas) organizan los zonas y los rescates. «Estamos llegando más lejos de lo que se podía esperar, pero sin la voluntad de los gobiernos la situación no va a mejorar».