El sueño de un castillo para pintores

La fortaleza de Portillo, legada por Pío del Río Hortega a la Universidad de Valladolid en 1946, albergó el ambicioso proyecto de convertirse en escuela de paisajistas castellanos

El castillo de Portillo a principios del siglo XX/
El castillo de Portillo a principios del siglo XX
ENRIQUE BERZAL

La portada de El Norte de Castilla de aquel 8 de enero de 1956 despertó gran curiosidad, no exenta de esperanza, entre los vecinos de la localidad vallisoletana de Portillo. No era para menos: su histórica fortaleza, la misma que había sido propiedad del ilustre médico e investigador don Pío del Río Hortega, afrontaba el año recién estrenado dispuesta a convertirse en referente artístico no ya de Valladolid, sino de toda Castilla.

El proyecto venía gestándose varios años atrás; consistía en afrontar decididamente la restauración del castillo por medio de su transformación en escuela de paisajistas castellanos. En el fondo de tan ambicioso propósito latía la creciente preocupación de la Universidad de Valladolid por dar una finalidad concreta al imponente legado que diez años antes había recibido del eminente médico e investigador Pío del Río Hortega.

En efecto, nacido en Portillo en 1882, este prestigioso histólogo había dejado escrito en su testamento, fechado en julio de 1940, su voluntad de legar el castillo, propiedad de su familia desde principios del siglo XX, a la Universidad de Valladolid con objeto de convertirlo en un activo cultural para la localidad. El 11 de julio de 1946, poco más de un año después de su fallecimiento en Buenos Aires, El Norte de Castilla celebraba el cumplimiento de aquella voluntad testamentaria: la histórica fortaleza portillana había pasado a ser, con fecha de 26 de junio de 1946, propiedad de la Cátedra de Historia de la Universidad de Valladolid. Eso sí, aquel «español ilustre» solo imponía una condición: todos los años debía visitar el castillo un grupo de estudiantes universitarios, o de lo contrario aquel pasaría a ser propiedad del Ayuntamiento de Portillo. «Gracias al finado, los estudiantes de Valladolid gozarán de uno de los castillos más importantes y bellos de la patria», celebraba El Norte.

El acto oficial de entrega se verificó el 6 de octubre de 1946. El rector de la Universidad vallisoletana, Cayetano Mergelina, recibió las llaves del imponente edificio de manos del alcalde de la localidad, Julián Sanz. Entre el numeroso público asistente destacaba el director general de Enseñanza Superior, Cayetano Alcázar, que no escatimó elogios hacia el gesto de don Pío.

A partir de ese momento, la Universidad no solo cumplió de manera estricta el compromiso adquirido, sino que trató de hallar la manera más adecuada de dar al castillo una finalidad cultural de relieve. Y ello pasaba, desde luego, por emprender diversas labores de restauración, cada vez más perentorias a tenor del paso del tiempo. Fue en junio de 1954 cuando el redactor de El Norte de Castilla, Antonio Hernández Higuera, desveló la propuesta universitaria de convertir la fortaleza en Escuela de Pintores.

Como reconocía el catedrático Manuel Basas, la Universidad llevaba un tiempo discutiendo sobre el fin que debía darse al legado de don Pío, y la opinión mayoritaria había sido convertirlo en centro cultural universitario y residencia de pintores: «No encontrarán los artistas rincón más grandioso ni perspectivas tan espléndidas», señalaba Hernández Higuera.

Con el paso de los meses la propuesta fue cobrando más fuerza, hasta el extremo de saltar a la portada del decano de la prensa el 8 de enero de 1956. Todo se habría pergeñado en Madrid, a través de fructíferas conversaciones entre el catedrático de Historia de la Universidad vallisoletana, Aurelio Viñas, principal promotor del proyecto, el arquitecto conservador de los Castillos, Germán Valentín Gamazo, y el director general de Bellas Artes, Antonio Gallego Burín. Es más, desde esta dirección se habría hablado ya de aportar 700.000 pesetas para las obras de restauración necesarias, alojar en el Castillo una Escuela de Paisajistas con capacidad para algo más de diez pintores e investigadores, y convertir la localidad de Portillo en un «pueblo castellano típico, donde el turismo puede hallar las peculiaridades y características de la región».

Exposición fotográfica

A dicha finalidad obedeció también la exposición de fotografías y planos de la fortaleza portillana que la Universidad inauguró en el Palacio de Santa Cruz el 29 de octubre de 1956, promovida de nuevo por Aurelio Viñas y con Valentín Gamazo, autor de los planos, como gran reclamo. El principal cometido de la muestra era explicar las labores de restauración que habrían de emprenderse en el histórico edificio en virtud del decreto de 22 de abril de 1949, que ponía bajo la protección del Estado todos los castillos de España. Valentín Gamazo ponderó las características del de Portillo y reconoció que su fascinación hacia el mismo arrancaba de hacía 30 años, cuando divisaba su imponente silueta desde Boecillo, su lugar de veraneo.

Pero el tiempo fue pasando y aquellos felices augurios no acababan de materializarse. Ciertamente, la Universidad cumplía con el acto académico anual a pesar de las dificultades materiales existentes, pero la Escuela de Paisajistas no terminaba de cuajar. Para colmo, en febrero de 1958 fallecía de manera repentina Aurelio Viñas, su principal auspiciador, con lo que el proyecto quedaba aparcado de manera indefinida. Muy pronto, voces diversas comenzaron a alertar del abandono que sufría la fortaleza, al tiempo que reclamaban una mayor intervención de la Universidad.

También a la altura de 1975 El Norte de Castilla se quejaba de la ruina que asediaba al legado de don Pío. Fue al año siguiente cuando la Asociación de Amigos de los Castillos decidió asumir su tutela, una vez formalizado el pertinente acuerdo de colaboración con la Universidad de Valladolid, e iniciar los trabajos de limpieza y restauración. Estos comenzaron a dar fruto cuatro años después, especialmente con el descubrimiento del famoso pozo de 30 metros situado en medio del patio, original construcción cuya escalera, de 123 peldaños, desemboca en cámaras situadas a varios niveles de profundidad.

Además, en noviembre de 1981, el II Congreso Nacional de Histología rendía homenaje a don Pío colocando una lápida conmemorativa en el castillo. Dos años después, la Universidad de Valladolid retomaba las intenciones de darle una finalidad concreta, para lo cual convocó un concurso de ideas. Sus ganadores, los arquitectos Primitivo González y Jesús Gigosos, proponían convertirlo en un Museo Etnográfico capaz de albergar numerosas citas culturales, todo ello presupuestado en 60 millones de pesetas. Nuevamente, sin embargo, nada se hizo.

Un castillo de 700 pesetas

Aunque sus orígenes se remontan al siglo X, la traza moderna del Castillo de Portillo data de finales del XIV. Propietarios de renombre fueron Diego Gómez de Sandoval, conde de Castrojeriz, don Álvaro de Luna, a quien recluyeron en una de sus galerías antes de ser encarcelado y ajusticiado en Valladolid en 1453, el infante Alfonso, hijo de Juan II, y Rodrigo Alfonso de Pimentel, conde de Benavente, ya a finales del siglo XV. Propiedad de la Casa de Osuna hasta el siglo XIX, ya entonces pertenecía al ramo de Guerra. El Estado lo subastó en 1865, año en que lo adquirió Bonifacio de Taboada, párroco de Arrabal, por 15.000 reales; a su muerte pasó a ser propiedad de varios vecinos de Portillo, hasta que en 1899 lo compró Victoriano Chicote por 700 pesetas. Poco después fue adquirido por el labrador hacendado Juan del Río, padre del prestigioso médico e investigador Pío del Río Hortega, quien en su testamento, fechado en 1940, lo legó a la Universidad de Valladolid. Ésta tomó posesión del mismo en junio de 1946, un año después del fallecimiento del investigador. Declarado en 1931 Monumento Nacional, en los años 70 se proyectó construir en su interior un sepulcro donde alojar los restos de don Pío, pero la familia desistió de la idea debido a las deficientes condiciones de la estructura pétrea. Desde 1986, el histólogo, fallecido en 1945 en Buenos Aires, reposa en el Panteón de Vallisoletanos Ilustres.

En febrero de 1989, gracias a un convenio entre la Universidad de Valladolid y el Ministerio de Empleo (vía Dirección Provincial del INEM), se anunció la creación de una Escuela-Taller que, además de acometer las necesarias labores de rehabilitación en la fortaleza, daría empleo a 45 alumnos de los oficios de albañilería, cantería y carpintería. Inaugurada en julio de ese mismo año por el entonces ministro de Trabajo Manuel Chaves, comenzó a funcionar con una subvención parcial de 207 millones de pesetas, y en dos años ofreció la primera exposición de sus trabajos; aunque anunciaba proceder de inmediato con la Torre del Homenaje y el ala oeste, lo cierto es que poco más se hizo en este sentido. Una vez más, tuvo que ser la Asociación de Amigos de los Castillos, que desde 1982 había establecido formalmente una delegación en el municipio, la que se hiciera cargo de la tutela de la fortaleza con el respaldo de la Universidad y de la gente del pueblo.

Fundamentalmente han sido los voluntarios de la Asociación quienes, a través de diversas ayudas, públicas y privadas, han logrado conservar el castillo mediante actuaciones tan relevantes como la limpieza general de todo el recinto, la recuperación de piedras talladas de gran labor, el adecentamiento del pozo y de la Torre del Homenaje, la reconstrucción de la antigua prisión donde estuvo don Álvaro de Luna, convertida luego en sala de exposiciones, o el descubrimiento de un silo para guardar grano en un costado del patio de armas.

 

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