Todo atado en la persona de Don Juan Carlos

La tranquilidad imperó en Valladolid tras la muerte del jefe del Estado, un funeral abarrotó la Catedral y la continuidad era la imagen que ofrecía su sucesor

El obispo Delicado Baeza ofició el funeral por el general Franco en la Catedral. /
El obispo Delicado Baeza ofició el funeral por el general Franco en la Catedral.
ENRIQUE BERZAL

URGENTE. PERSONAL Y RESERVADO (para uso exclusivo del interesado)»: el membrete lo decía todo. Aquellas instrucciones enviadas el 21 de noviembre de 1975 por el gobernador civil, José Estévez Méndez, a alcaldes y presidentes de instituciones locales y provinciales no solo tenían como objeto aclarar los actos oficiales con motivo del fallecimiento del general Franco, sino también el espíritu que debía animarlos. El mensaje era esclarecedor: el Caudillo lo había dejado todo atado y bien atado con la sucesión de don Juan Carlos de Borbón como jefe del Estado, nada haría cambiar el designio del Régimen, pues no se concebía ruptura alguna: «Al haberse cumplido las previsiones sucesorias no cabe duda que se producirá un gran sentimiento y un gran vacío. Pero este vacío no es de poder, ya que la sucesión está resuelta. Por eso hay que infundir a todos los niveles sentimientos de unidad y solidaridad, recordando que el Orden Institucional prevé y garantiza el futuro. Que el Caudillo ha dejado todo bien atado para la continuidad y la firmeza. De los españoles depende, por su fe, su serenidad y su trabajo, mejorar, en lo que cabe, nuestra Constitución pero sin rupturas. Que no se producirán cambios. Llamar la atención para prevenir ante campañas, bulos, etc., que traten de dividir, erosionar, sensibilizar negativamente».

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Lo cierto es que aquel jueves, 20 de noviembre de 1975, la muerte de Franco apenas distorsionó el devenir cotidiano de unos vallisoletanos que llevaban varios días siguiendo con atención la terrible agonía del dictador. Eso sí, muchos madrugaron para hacerse con las primeras ediciones de los periódicos, hasta el extremo de agolparse y hacer cola en los quioscos.

Un monumento y funerales en los pueblos

La edición especial del 23 de noviembre de 1975 del diario Libertad, fundado por Onésimo Redondo en 1931 y, por tanto, integrante de la cadena de Prensa del Movimiento, no dudó en solicitar que se levantara en Valladolid un monumento al general Franco «que exprese de forma plástica todo lo que el Caudillo de España ha representado para nuestra ciudad, corazón de Castilla y cuna del Alzamiento, y que, como Franco, luce en su escudo, con orgullo, la Laureada».

Siguiendo las directrices del gobernador civil, en los municipios se celebraron funerales el sábado día 22 a las cinco de la tarde, aparte de otros que pudieran haberse celebrado con antelación. En todos, según la documentación del Archivo Histórico Provincial, la asistencia fue abrumadora. Por ejemplo, en Tudela acudieron 1.000 personas, en Mucientes el 95% de la población, en Peñafiel 3.000 vecinos, en Olmedo más de 1.000, en Medina de Rioseco 1.500, en Cigales más de un millar y en Portillo, 2.000. Y al igual que en Valladolid capital, los plenos extraordinarios de las Corporaciones no ahorraron elogios hacia la figura del dictador, al que presentaban como hacedor de una prolongada paz social; similar tratamiento recibía su sucesor, en quien confiaban un futuro fiel a los designios de aquel. Por ejemplo, Félix Calvo Casasola, alcalde de Villalar de los Comuneros, destacaba los frutos de la gestión de Franco, explicitados en «esta paz, bienestar y prosperidad que en la actualidad disfrutamos».

Eduardo Blanco, alcalde de Mucientes, ensalzaba sus «39 años al timón de la nave de España» y se felicitaba por «la continuación de su obra por parte del Rey», mientras que su colega de Peñafiel, Antonio Morán, resaltaba los «35 años de paz» del Caudillo y el hecho de haber «librado a España de la Segunda Guerra Mundial», sin olvidar el aumento del nivel de vida y la gran transformación industrial del país. De igual manera, el alcalde de Olmedo, José Antonio González Caviedes, lamentaba el vacío dejado por Franco pero celebraba las Leyes Sucesorias, pues, a su juicio, dejaban «atados todos los hilos de la Sucesión» y marcaban el camino a seguir por Don Juan Carlos, a quien también elogiaba y mostraba su adhesión incondicional.

Claro que aquel día, la tradicional misa de funeral por el alma de José Antonio Primo de Rivera, celebrada cada 20 de noviembre en la Catedral, adquirió una importancia nueva al conocerse el fallecimiento de Franco. Por la tarde, además, la actividad decreció: acudieron menos estudiantes a la Universidad, que cerró sus puertas hasta el día 27, y algunos comercios también cerraron en señal de duelo.

La sensación de fin de etapa era una realidad. Se descorcharon pocas botellas de champán, pues incluso entre miembros destacados de la oposición política y sindical aquella muerte se vivió simplemente como un signo esperanzador del cambio de ciclo que se avecinaba.

«Lo viví en casa, estaba en familia, esperando la noticia con un grupo de amigos de FASA-Renault, estábamos inmersos en todo el movimiento huelguístico de FASA», recuerda Tomás Rodríguez Bolaños, miembro del PSOE y alcalde de la ciudad entre 1979 y 1995; «la sensación era que se acababa un ciclo, solo sentí una íntima alegría por el final de una etapa, pero sin alharacas».

Algo parecido experimentó Francisco Rodríguez Iglesias, histórico militante del Partido Comunista de Valladolid que llevaba muchos años actuando en la clandestinidad: «A mí ya entonces me daba igual, yo era claramente antifranquista pero me daba mucha pena por cómo le habían mantenido en agonía para hacerle resistir. Yo no brindé con champán ni nada por el estilo. Yo quería el final del Régimen, no la muerte en sí de Franco. Sentía incertidumbre por el futuro».

Salvo raras excepciones, la mayor parte de los vallisoletanos del momento se asomaban al futuro con optimismo y tranquilidad, consideraban que Franco había dejado la sucesión bien atada y juzgaban al aún príncipe Juan Carlos como su continuador natural. Por ejemplo, las respuestas a pie de calle publicadas por Diario Regional repetían lugares comunes como que don Juan Carlos significaba «la continuidad del actual régimen», según una estudiante de Químicas, o «la continuación de la línea de Franco», a decir de una ama de casa de 24 años y un estudiante de tercero de Física.

Otros, en esa misma línea, opinaban que los cambios no serían radicales, solo evolutivos: «Calculo que todo, más o menos, seguirá igual, aunque eso sí, evolucionando», aventuraba un agricultor de 56 años, y más tajante aún se mostraba un joven de 21 años que estaba cumpliendo el servicio militar: «Continuará la línea de su antecesor, pero llevará a cabo una apertura moderada, porque no estamos preparados para llevar un régimen de vida como el de algunos países de Europa, del estilo de Suecia». Por su parte, una estudiante de 18 años juzgaba a Don Juan Carlos como un hombre de «mentalidad avanzada» del que no cabía esperar un «cambio radical, sino poco a poco».

Elogios al Caudillo

Los pronunciamientos públicos de las autoridades no dejaron hueco a improvisaciones de última hora. Siguiendo las directrices del gobernador civil, insistieron en ponderar la figura histórica del Caudillo y en confiar en el buen hacer de su sucesor, al que consideraban un fiel continuador de su obra. Reunido de manera «urgente y extraordinaria» a la una y media de la tarde, el Pleno del Ayuntamiento de Valladolid, presidido por Julio Hernández Díez, comenzó halagando la figura de Franco como «eje hacia la unidad, hacia la convivencia, hacia un futuro sólido y diáfano» posibilitado por «una sucesión plena de armonía y signada por esa madurez que representa el príncipe de España, don Juan Carlos de Borbón para quien el Caudillo reclamaba, en su último testamento espiritual, elcariño, el apoyo y la colaboración de todos los españoles».

Este mismo tono, aunque aún más elogioso, se repetía en la Diputación Provincial, presidida de manera accidental por el vicepresidente Gerardo Ureta ante la ausencia de José Luis Mosquera: «Algo tan entrañablemente querido como la vida de Su Excelencia Francisco Franco se nos ha ido. Tan acostumbrados estábamos a su presencia, a la seguridad de su mando, que nos duele hoy en el cuerpo y en el alma el vacío de su ausencia (). Franco, corporalmente nos ha dejado, pero si su corazón ya no puede latir por España, España late enfervorecida ante el gigantesco esfuerzo de su obra.() Franco, gran estadista y gobernante, tenía todo previsto para que la marcha del porvenir de nuestra patria no se detuviera, para que nada alterase la progresiva marcha de la nación, para que el Príncipe, elevado a la categoría de Rey, tras su desaparición, siguiera rigiendo los destinos históricos de nuestra patria».

Una bandera y un sable

A las cinco de la tarde del 21 de noviembre se celebró el funeral por el alma de Franco. La Catedral estaba a rebosar, incluso una gran cantidad de asistentes tuvo que seguirlo desde el atrio y las calles adyacentes. Frente al altar se colocó un gran túmulo funerario y, sobre él, una bandera española y un sable militar.

José Delicado Baeza, arzobispo de Valladolid desde el mes de abril, destacó en su homilía la «figura singular» del Caudillo, «aun considerada en la globalidad de nuestra historia patria, por muchas razones, entre las que destacan los poderes extraordinarios de que ha gozado para ejercer su mandato, la paz externa de tan larga duración que ha proporcionado al país y, lo que nos interesa más ahora, a un nivel personal, su sincera fe cristiana».

 

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