Los 75 años de la nueva Universidad

Valladolid fue el lugar escogido por Franco, el 4 de noviembre de 1940, para iniciar el curso académico en España; rehabilitada la institución tras un devastador incendio, también se inauguró el remozado Palacio de Santa Cruz

Detalle de la procesión en la Universidad. /
Detalle de la procesión en la Universidad.
ENRIQUE BERZAL

Aquel no fue un inicio de curso cualquiera. Un año y siete meses después de haber finalizado la guerra civil, Valladolid se convertía en el lugar escogido por el Nuevo Estado franquista para escenificar «el resurgir de la Universidad española». Era noviembre de 1940, hace justamente 75 años. El mismo general Franco, investido con el aura de la «Victoria», llegaba a la ciudad del Pisuerga para inaugurar el curso académico en toda España, estrenar las nuevas dependencias universitarias del Colegio de Santa Cruz y, por supuesto, darse un baño de multitudes.

Como ha escrito el profesor Jesús María Palomares en su libro El primer Franquismo en Valladolid, lo que ocurrió aquel 4 de noviembre de 1940 es que la ciudad del Pisuerga se convirtió en «altavoz anticipado del ideario universitario que el régimen franquista quería plasmar». En efecto, aunque el año anterior se impartieron clases conforme el proyecto de Ley del ministro Pedro Sainz Rodríguez, furibundamente antirrepublicano, el curso 1940-1941 fue el primero que se desarrolló con total normalidad después de la contienda. Ya lo decía la propia Universidad vallisoletana al glosar aquel histórico acto académico del 4 de noviembre de 1940: después de «la Gloriosa Cruzada de Liberación y las soluciones temporales de la postguerra (), la Universidad entera recuperaba su vida tradicional».

Como no podía ser de otra forma, aquel acto se convertiría en un inevitable panegírico del Caudillo, convertido a fuerza de propaganda en líder carismático y hacedor principal de la victoria militar del bando rebelde: «La venida del Caudillo a Valladolid tiene esta vez un contenido de ejemplaridad y constituye un hecho de alto valor simbólico. El hombre providencial, que Dios quiso poner en los momentos más difíciles al frente de los destinos patrios; el forjador de la victoria en las horas agobiantes y decisivas de la guerra no descuida la ciencia en los días tranquilos y reconstructivos de la paz», señalaba el editorial de El Norte de Castilla del día anterior.

Franco llegaba con todo su séquito, en el que ocupaba un papel preponderante el ministro de Educación, José Ibáñez Martín, dispuesto a presentar un amplio y ambicioso proyecto universitario que en cierto modo anticipaba la Ley de Ordenación de 1943. Nombrado «Rector honorario» de la Universidad vallisoletana el 27 de agosto de 1937, el Jefe del Estado había decidido cambiar el tradicional acto de apertura en la Universidad Central por uno no menos llamativo en Valladolid.

El motivo fundamental era que la institución académica de esta ciudad, «una de las principales de España», acababa de dar ejemplo de superación y laboriosidad: devastada por un misterioso incendio el 5 de abril de 1939, en poco más de un año había logrado resurgir de las cenizas y, por si fuera poco, estrenaba un Palacio de Santa Cruz totalmente remozado, «destinando sus dependencias a servicios universitarios tan importantes como biblioteca, seminarios para todas las facultades, museo, archivo, rectorado, capilla y aula máxima», destacaba el decano de la prensa.

Aquel 4 de noviembre de 1940 era lunes. Cuando el Caudillo llegó a la ciudad, hacia las once de la mañana, los balcones lucían banderas con los colores nacionales y de la Falange. Precisamente, el Jefe del Estado vestía uniforme falangista. Se dirigió directamente a la Catedral, avanzó bajo palio hacia el altar mayor y, después de orar unos instantes, ocupó su sitio en el presbiterio, al lado del Evangelio. Al terminar la Santa Misa, oficiada por el arzobispo Antonio García y García, una imponente procesión trasladó a «Su Divina Majestad desde la Catedral a la capilla de Santa Cruz», mientras en las calles retumbaban los gritos de «¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco!».

Elogios a Franco

En el remozado Palacio recorrió los claustros, visitó la nueva Biblioteca Universitaria, el Museo Arqueológico, la sala de pinturas y el Seminario de Arte. La ceremonia, celebrada en el salón de actos de la Universidad, la abrió el rector Cayetano Mergelina con un sentido elogio al Caudillo y al renacer «con brío de la Universidad»: «Vencedor en cien combates, supisteis dirigir y encauzar con mano maravillosa la energía de un pueblo que pudo dormirse, pero que tuvo también su bello y glorioso despertar aureolado con la sangre de los más grandes sacrificios».

Como proyectos más inmediatos para la institución vallisoletana, Mergelina citó la Escuela Superior de Estudios Económicos, un programa de «extensión humanitaria» para las clases trabajadoras, un «centro de investigación vinculado a nuestra Facultad de Ciencias», una Escuela de Estudios Superiores de Religión (muy en sintonía, por tanto, con el nuevo espíritu del momento), y la puesta en marcha de una gran Asociación Universitaria.

En un amplio discurso, el catedrático de Historia de España, Manuel Ferrandis Torres, glosó «La coyuntura de España» como un devenir histórico que partía desde los admirados Reyes Católicos, «los monarcas de la unidad», pasaba por el imperial Carlos I, el religioso Felipe II y los heroicos españoles que plantaron cara a Napoleón, para confluir, estelarmente, en el mismísimo Franco, artífice de ese otro «grito de independencia material contra el malvado separatismo, de independencia espiritual contra doctrinas extrañas».

La esperada intervención del Ministro de Educación Nacional, José Ibáñez Martín, no defraudó. En un extenso parlamento, esbozó el programa de «reconstrucción material y espiritual» de la Universidad española, poniendo énfasis en los principios rectores del momento: unidad, autoridad, inflamado catolicismo y un nacionalismo español identificado con el ideario franquista. Habló de erradicar «la agitación y la anarquía» y de la necesidad de crear más Universidades racionalizando el número y la distribución de Facultades, anunció como gran novedad la puesta en marcha de estudios de cultura religiosa, avanzó su voluntad de organizar la enseñanza como una milicia, sujeta a un orden jerárquico que en la Universidad se personificaba en el rector, directamente elegido por el ministro, y justificó con estas palabras la labor represiva ejercida sobre la enseñanza republicana y sus docentes más significados:

«Habíamos de desmontar todo el tinglado de una falsa cultura que deformó el espíritu nacional con la división y la discordia y desraizarlo de la vida espiritual del país, cortando sus tentáculos y anulando sus posibilidades de retoño. Sepultada la Institución Libre de Enseñanza y aniquilado su supre-mo reducto, la Junta para ampliación de Estudios (), era vital para nuestra cultura amputar con energía los miembros corrompidos, segar con golpes certeros e implacables de guadaña la maleza, limpiar y purificar los elementos nocivos. Si alguna depuración exigía minuciosidad y entereza para no doblegarse con generosos miramientos a consideraciones falsamente humanas era la del profesorado».

El extenso acto académico terminó hacia las seis de la tarde, una vez colocada la primera piedra del futuro y fallido Colegio Mayor Felipe II en la finca denominada «Leca», que a Universidad había comprado a Hernández Tejedor, y después de inaugurar la Biblioteca nueva del Colegio de Santa Cruz.

 

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