La mejor voluntaria de España

Carmen Quintero, de la Fundación Rondilla, recibe un premio nacional de voluntariado por su labor en el barrio

Carmen Quintero, en la calle Nebrija./
Carmen Quintero, en la calle Nebrija.
VÍCTOR VELA

Hay una antología de gracias en el pequeño despacho que Carmen Quintero (Gordoncillo, León, 1939) atiende en la FundaciónRondilla. Está el gracias con forma de juego de té que le regalaron de Marruecos. El gracias que se viste de rosa del desierto desde Argelia. El gracias de un llavero de Bolivia, de un banderín de Chile, de un saquito de café de Colombia, de una pelota de béisbol de la República Dominicana, de una muñequita de Cuba... Todo este estante de recuerdos que tantas familias le han traído de sus países de origen es un enorme gracias para Carmen Quintero, reciente premio de la Fundación Esplai a la mejor voluntaria de España.

Yella como si fuera un llavero, un banderín, una rosa del desierto, un saquito de café solo puede dar las gracias.Gracias, dice, en respuesta a los miles de agradecimientos que ha recibido a lo largo de su vida.

La hija de Isidro y de Aquilina, la mayor de cuatro hermanos de un hogar de labriegos leoneses, la mujer que nunca dice no cuando le piden ayuda «y eso también me ha traído problemas, claro» acaba de recibir en Madrid un reconocimiento a su «amplia trayectoria de compromiso personal», a una «constante mentalidad abierta para introducir proyectos innovadores que dan respuesta a las necesidades de los más vulnerables». ¿Traducido? Carmen se ha convertido en la red, el colchón, el abrazo, el salvavidas para miles de personas, vecinos sobre todo de La Rondilla, barrio en el que recaló hace casi 40 años.

Hasta llegar aquí, hasta hacer nido en Cardenal Cisneros, los caminos de Carmen fueron un «tutifruti», una macedonia de fechas y etapas que arrancaron en 1959 con un pequeño sofoco familiar. Fue cuando Carmen dijo en casa que ingresaría como religiosa en la congregación de las carmelitas de Vedruna. «En aquel momento lo tuve claro... aunque a la familia no le pareció muy bien». Los reparos iniciales, luego disueltos, ante una vocación de servicio, ante una inquietud sin barreras, ante un nunca decir que no. El siguiente paso, la Universidad. Estudiar Medicina siempre fue abeja zumbona, una idea que le rondó durante años sin que terminara de picar. Al final se decidió por laQuímica. Licenciada por la Universidad de Salamanca en el año... Y aquí Carmen se quita un anillo, mira su inscripción y confirma... 1969. «Fue cuando terminé la carrera, cuando hice los votos perpetuos». De Vitoria a Salamanca, luego Isla (Cantabria). En 1973, Valladolid. Como profesora de Física y Química en los colegios Ave María y Jesús y María. Unos meses después, su congregación (seis hermanas que ahora son cuatro) llegó a La Rondilla. «Vinimos al barrio con la idea de trabajar como unas vecinas más. Sin destacar por ser religiosas. Frente a la idea de que los conventos te separan de la sociedad, defendíamos el trabajo a pie de calle». Dejarse la piel en ese barrio que entonces eran casas y barro. «Había tanto por hacer...».

Carmen, que siempre comulgó con el carácter reivindicativo de la asociación de vecinos («porque el barrio no tenía parque ni centro cívico ni centro de salud...»), ofreció su tiempo para resolver otro de los principales problemas de la zona. «Había muchísima gente analfabata, familias que habían llegado del pueblo a trabajar en la ciudad y que no sabían leer ni escribir». Fue así como impulsó un grupo de alfabetización (germen de los futuros programas de educación de adultos). Y además, emprendió una batalla contra el absentismo y el fracaso escolar.«Solo estaba el colegio Gutiérrez del Castillo y empezaba el San Juan de la Cruz.Pero no había clases para tanto niño. Había turnos de mañana y de tarde, muchos chavales por aula... y necesitaban un refuerzo».

Los desvelos de la asociación se incrementaron a partir del año 2001, cuando la atención a la creciente población extranjera se volvió necesidad en La Rondilla. «Ellos fueron los primeros que sufrieron la crisis. Los nacidos aquí tienen el apoyo de la familia... pero para un inmigrante muchas veces es al contrario. No solo no recibe la ayuda familiar, sino que es él quien desde aquí les envía dinero, a veces hasta el 90%de lo que gana». Aquella Carmen que de niña «solo veía a los negritos en las huchas del Domund», se ha convertido ahora en una guía para muchos de ellos. Cada día, cerca de 40 inmigrantes pasan por este despacho lleno de gracias donde reciben asesoría para empadronarse, para optar a ayudas, para rellenar impresos, para mejorar el idioma, para encontrar trabajo, conseguir comida o techo. «Estudié Química pero ahora soy casi una experta en Derecho», resume Carmen, quien le ha aguantado la mirada a la crisis. Siempre luchando contra ella.

Recortes financieros

«Quienes más tenían que haber velado por la calidad de vida de los ciudadanos no lo han hecho. Las administraciones han recortado servicios, pero también las ayudas a los colectivos que los prestaban». En la Fundación Rondilla, por ejemplo, la educación de adultos (el programa con el que arrancó Quintero) está en jaque. «La recuperación económica de la que hablan, aquí no se ha notado. Sigue habiendo contratos de tres horas cuando se trabajan ocho. Sueldos de miseria», dice desde esta atalaya de la realidad, desde este despacho que es un microscopio para mirar a la calle, que es un telescopio para pedir la luna. «El cambio de Ayuntamiento me da esperanza. No todo lo reivindicado se puede aplicar... pero al menos habrá diálogo», dice Carmen, rodeada de su colección de llaveros, banderines, juegos de té y de café con el que le dieron las gracias todas aquellas personas a las que ayudó la ganadora del premio nacional Esplai a la Ciudadanía Comprometida.