«Con la crisis aumentan mucho la eyaculación precoz y la disfunción eréctil»

«Con la crisis aumentan mucho la eyaculación precoz y la disfunción eréctil»

Rosa Montaña, directora de la clínica sexológica que lleva su nombre y de la Clínica Hedner, y codirectora de la editorial Isesus

VIDAL ARRANZ

La vallisoletana Rosa Montaña es hoy una pluriempleada del sexo. Dirige un centro sexológico que lleva su nombre, así como la Clínica Hedner, en la que se ubica. Pero también capitanea el Instituto de Sexología Sustantiva, y codirige su rama editorial, ISESUS, la única de España especializada en erotismo y relaciones de pareja, que ya ha publicado ocho libros. Además colabora en tertulias de radio, organiza talleres y jornadas (el 21 de febrero una nacional de networking sexológico), dirige un periódico digital Once años después de atreverse a romper el hielo en una ciudad tan poco amigable para esta materia como Valladolid, Montaña puede presumir de haber atendido a más de 5.000 personas. Y su trabajo no ha disminuido con la crisis. Más bien al contrario, pues «el estrés hace que los penes funcionen peor».

Sus propuestas

1 El abordaje de los problemas relacionados con la sexualidad y la sensualidad debe normalizarse. En una ciudad como Valladolid todavía persisten muchos pudores y reparos que podrían reducirse con talleres, jornadas y cursos especializados.
2 Sería conveniente que hubiera un sexólogo por cada centro de salud. «Tendría trabajo de sobra y se reducirían los problemas psiquiátricos y los de anorexia y bulimia».
3 Hay que recuperar la enseñanza integral de la sexualidad en las aulas, y desde la Primaria. Enseñanza integral implica involucrar a padres, profesores y alumnos.
4 Impulsar el reconocimiento de la figura del asistente sexual como persona que puede garantizar los derechos sexuales de discapacitados y ancianos, pero no sólo de ellos. También debe entenderse como la prolongación del terapeuta.
5 Desdramatizar la imperfección. Existe demasiada presión sobre hombres y mujeres para ajustarse a los ideales sociales.

«Con la crisis han crecido mucho los casos de disfunción eréctil (dificultad para lograr la erección) o de eyaculación precoz», constata. «Hace seis años podían ser el 20% de las consultas y ahora fácilmente pueden llegar al 35%. Si cada mes atendemos a unas 40 personas de media, fácilmente 13 sean por este motivo».

En unos casos, preocupa la pérdida de rendimiento sexual «y son muchos los chicos que acuden a vernos presionados por sus parejas, porque se quejan de quedarse a medias». Pero otras veces inquieta la posibilidad de que la disfunción sea síntoma de otro tipo de problemas médicos mayores. «Hoy es sabido que si una persona tiene tensión alta, sumado a otros factores de riesgo, y su pene deja de funcionar, se arriesga a sufrir un infarto en 15 meses». Un problema, por cierto, que, por sorprendente que parezca, puede darse de forma similar en la mujer. «El clítoris también se llena de sangre y si ese mecanismo no va bien puede ser síntoma de problemas circulatorios similares».

No son los únicos motivos de consulta. Las mujeres acuden con frecuencia con problemas de vaginismo y con dispareunias (el dolor asociado a la penetración). Eso en el caso de consultas individuales, porque cuando acuden en pareja el problema más extendido es el de la falta de deseo. «Esto también ha crecido mucho y es muy común ver a parejas en las que cada uno va a lo suyo. Esto en parte está ligado con la prolongación de la vida conyugal. Mantener viva la atracción requiere más esfuerzo».

La carrera profesional de Rosa Montaña se inició en la Facultad de Medicina de Valladolid, en la que se especializó en Atención Primaria; continuó en Alcalá de Henares, donde cursó estudios de sexología; y se completó con formación de Psicoterapia en Salamanca. Pero la verdadera aventura fue montar su primera clínica, hace ya once años, en su ciudad. «Nos robaron la placa de la calle que ponía Centro Sexológico», recuerda. «Esta es una ciudad donde hay personas con mucha reticencia y miedo. Pero no puedes quedarte eternamente en tu zona de confort».

En este tiempo algo han cambiado las percepciones, pero el pudor en torno al sexo se mantiene, y es más intenso que en otras partes del país. «Todavía hoy muchos clientes a los que hemos atendido con éxito, y que están contentos con nuestro trabajo, nos advierten, al despedirse, de que no nos saludarán si nos ven por la calle para evitar que se les asocie con una clínica como la nuestra. Existe miedo al qué dirán», se lamenta.

Y mucho pudor entre las mujeres. Montaña recuerda con pena uno de sus proyectos fallidos, una cena de «Sense and Food» (Sentido y comida) que pretendía montar en un conocido hotel y que incluía un taller de cuerpo en el que los asistentes, con los ojos tapados, exploraban distintas sensaciones sensuales. «Las mujeres eran las más interesadas, pero finalmente sólo se apuntaron dos, frente a 20 varones, y no se pudo hacer». La razón: «Temían que pudiera pensarse de ellas que eran unas putas si participaban en una actividad como ésta». Así que sí, decididamente esta ciudad puede considerarse entorno hostil.

Con todo, reconoce que en un ámbito tan peculiar como éste de la sexualidad no todas las ofertas son igual de serias y conviene andarse con cuidado e informarse bien antes de lanzarse. «A veces te encuentras con gente que no son profesionales, que cuentan con una formación muy escasa, y que ofrecen talleres de cuerpo que son poco más que decirle a la gente que se quiten la ropa y que se toquen unos a otros. Eso genera situaciones rayanas en la ilegalidad, muy comprometidas para las personas que acuden, que se encuentran con algo muy distinto a lo que legítimamente esperaban. Esto no me parece en absoluto lícito».

En Valladolid «nos creemos que sabemos más de lo que es en realidad», opina esta sexóloga. Y es que su experiencia revela que existe mucha más necesidad de información de la que se admite. «Las personas están muy deseosas de que se les explique todo lo que tiene que ver con los sexos; no sólo la genitalidad, sino también la erótica, la sensualidad de la relación de pareja, el erotismo. Hay que normalizar este tipo de asuntos, que se pueda hablar de ellos con naturalidad como hacemos con otros». Por ello, aboga por llevar la sexología al sistema de salud. «En su momento se habló de que hubiera un sexólogo por ambulatorio y estoy convencida de que llenaría su cupo de pacientes sin ningún problema. Y se evitarían muchos problemas de psiquiatría. También de bulimia y anorexia», asegura. Como muestra del retraso de Castilla y León, Montaña aporta un dato: en el País Vasco hay 200 sexólogos colegiados, mientras que en una ciudad como Valladolid «no sé si llegamos a media docena».

En coherencia con todo ello, tampoco se ofrece una adecuada educación sexológica en las escuelas. «Hasta hace unos años la Junta financiaba un programa, pero con la crisis se suprimieron esas ayudas. Hoy no sé si son dos o tres los centros de Valladolid que ofrecen este tipo de educación», explica. «Hay que impulsar este tipo de cursos que van más allá de la reproducción y los anticonceptivos para mejorar el conocimiento de los propios cuerpos y explicar el problema de las relaciones entre los sexos, el riesgo de violencia que puede aparecer, o los procesos de erotización». Montaña cree que esta formación debe ofrecerse desde Primaria, involucrando a padres, profesores y alumnos, aunque adaptando los contenidos conforme a la edad.

La directora de la Clínica Hedner discrepa de otras sexólogas en la importancia que concede al reconocimiento de la diferencia sexual. «Hombres y mujeres somos distintos y, además, no queremos ser iguales. Yo quiero igualdad socioeconómica, pero partiendo de la diferencia. No entiendo que exista un Instituto de la Mujer al margen de un Instituto del Hombre». Eso sí, es partidaria de «empoderar mucho a la mujer en estas materias». A su juicio, «hay que impulsar una perspectiva más hedónica».

Rosa Montaña distingue entre sexo (lo que somos: hombres o mujeres), sexualidad (la orientación sexual de cada cual: que nos gusten los hombres o las mujeres) y la erótica (lo relativo a las prácticas amatorias y el placer). «Tener claras estas diferencias nos permitiría evitar muchas confusiones, romper muchas barreras culturales y darnos más permisos para experimentar. Por ejemplo, si a un chico al que le gusta su culo le dices que es gay, le estás confundiendo, porque puede obtener placer de esa parte de su anatomía y no serlo. Igual que a mí me puede gustar dar un beso a una mujer y no soy lesbiana, ni bisexual».

Su experiencia le permite constatar que cada vez se dan más situaciones de celos y de afán posesivo, especialmente entre los adolescentes. Pero la codirectora de ISESUS no lo achaca a un resurgimiento del machismo, en contra de la interpretación más extendida. «Los celos expresan inseguridad y autoestima baja. Reflejan que somos más vulnerables y frágiles, tanto chicos como chicas. En el caso de ellas, temen no estar a la altura y cuando un chico se enamora de ellas hacen lo posible por no perderlo. El gran problema es que exigimos que la gente sea perfecta, y no lo es. Además, las mujeres son ahora más activas en la expresión de su deseo y eso genera a los varones inseguridad. Y los referentes eróticos que manejamos son poco realistas. Todo ello genera mucha presión, especialmente a ellos, y eso se traduce en más gatillazos».

El último reto en el que se ha embarcado esta mujer aventurera es el de impulsar en España el reconocimiento de la figura del asistente sexual, una profesión hoy alegal y controvertida, pero que está reconocida en Suiza, Holanda, Bélgica y Dinamarca y que se está estudiando en Francia y Alemania. El asistente sexual es un profesional que llega allí donde el terapeuta no puede llegar: es decir, va más allá de la teoría o de los ejercicios corporales básicos para poner en práctica con el paciente las estrategias que necesita. Lo que implica contacto sexual directo.

«La figura del asistente sexual se está promoviendo asociada al derecho a la sexualidad de los discapacitados, o de las personas de más edad, pero no se limita sólo al terreno de la diversidad», explica Rosa Montaña. «La diferencia con la prostitución es que en ésta sólo se busca pasar un buen rato, mientras que el objetivo del asistente sexual es enseñar a manejar mejor los resortes del propio cuerpo», añade. Pese a la alegalidad de esta figura, esta sexóloga vallisoletana ha formado ya a dos asistentes sexuales, un chico y una chica, y prepara a un tercero. Y ha ofrecido sus servicios a 17 pacientes (14 mujeres y 3 hombres) como complemento a la terapia que habían desarrollado. «Como todo lo que tiene que ver con el sexo, al principio parece rompedor, pero lo deseable sería que esta figura se legalizara y que su formación estuviera reglada, como ocurre en Europa. Allí es una formación de posgrado de dos años de duración».