Incordio

FRANCISCO CANTALAPIEDRA

Admiro a los amantes de la bicicleta, que han hecho de su afición un medio de transporte y un deporte al aire libre. Por culpa de la escasa sensibilidad de algunos automovilistas, entre los cuales me encuentro, su presencia en la calzada suele molestar porque malpensamos que son un estorbo y que la calle es nuestra. O sea, reconozco que yendo en coche soy un malaje al que incordian las bicis, las furgonetas de reparto y esos autobuses largos como un mercancías. Pero, volviendo al tema del reportaje, hay algo que me irrita más que un ciclista en la calzada, y son aquellos que circulan por las aceras. La cosa se pone particularmente peligrosa en estos días porque entre la dureza de oído propia de mi edad y la obligación de caminar envuelto en media docena de hatos para combatir el biruji, el riesgo de que te metan una leche es dolorosamente alto; vamos, que te juegas las canillas sólo por ir paseando, que también es deporte y tampoco contamina. A los que pedalean a toda pastilla por los espacios exclusivos de los peatones, me gustaría pedirles el mismo respeto que exigen a los automovilistas. Al fin y al cabo no sé qué tendrá más peligro, si un coche apartando de mala manera a los ciclistas, o uno de ellos circulando por la acera a 50 por hora y asustando a viejecitos como yo, mayores para retirarse a tiempo y todavía jóvenes para llevar una cachava en defensa propia.