¿Alguién pregunto al nuevo campeón de Europa?

POR SANTIAGO HIDALGO CHACEL

Cuando a finales de agosto de 1992 llegaba al Real Valladolid Ilija Najdoski, en su tarjeta de presentación ponía que había sido un año antes campeón de Europa y vencedor de la Copa Intercontinental con el Estrella Roja de Belgrado. Con 28 años, este internacional con Yugoslavia (y luego con Macedonia) era, para el mercado existente, una ganga: 50 millones de pesetas y el aval de Zoran Vekic.

El Deportivo de La Coruña estaba, al parecer, interesado en sus servicios, pero al final los gallegos decidieron contratar otro perfil de central: Miroslav Djukic. La historia tiene su miga porque el representante del Depor viajó para ver jugar el domingo a Najdoski con el Estrella Roja de Belgrado. Ya que estaba allí, aprovechó para visionar el sábado al equipo del Rad de la misma ciudad y fue aquí donde descubrió a Djukic. Al Depor le convenció el central serbio y renunció a su primera opción. El actual entrenador del Real Valladolid era mucho más fino que Najdoski, pero también menos contundente, más técnico, pero también con menos carácter. El macedonio era un central batallador que había debutado en el Vardar de Skopje antes de jugar cuatro años en aquel Estrella Roja donde despuntaba no sólo Robert Prosinecki, también otros como el delantero Darko Pancev, Savicevic, Jugovic y uno que también sería blanquivioleta una campaña después, el rumano Miodrag Belodedici.

Najdoski fue presentado el primer día de septiembre a los medios de comunicación por el entonces presidente Marcos Fernández. Poco sabía del idioma aunque no desconocía la liga española pues una de sus escasas declaraciones en boca de su representante fue que el Valladolid no merecía estar en Segunda división (había perdido la categoría la campaña anterior) y que si lo estaba no era por motivos deportivos. A saber los motivos.

Recién aparecido en el vestuario, sus compañeros lo definían como un extraordinario defensa, duro y corajudo, que apenas tenía relación con la plantilla. Hablaba muy poco, con monosílabos y una de sus frases preferidas era: «En Europa eso no falta, en Europa eso no falta» para indicar, cuando el colegiado le señalaba alguna infracción que de allí donde venía y en los partidos que había disputado él, esas acciones no merecían penalización alguna.

El Real Valladolid contaba en esa plantilla con Iván Rocha, encargado de tirar las faltas por el lado izquierdo y con Javi Rey e incluso Alberto que, según él asevera e insiste, aunque algunos de sus compañeros le contradigan de forma muy efusiva («No te lo crees ni tú, Alberto»), era el que disparaba los indirectos.

Pero allí estaba Najdoski que en aquel equipo del Estrella Roja plagado de grandes futbolistas tenía bastante peso específico. Como nadie le dijo nada y él tampoco se pronunció al respecto, los lanzamientos a balón parado tenían siempre distinto dueño. Así hasta que llegó el partido ante el Betis. Un libre directo a cuarenta metros de distancia para que desde la lejanía se postulara a botarla el central macedonio: «Yo, yo, yo», repitió. Se hizo efectivamente hueco, y ¡sorpresa! el balón entró por toda la escuadra ante el estupor de todos los miembros de la plantilla que no se lo creían. ¿Sería flor de un día? No. En realidad, en el encuentro siguiente ante el Lérida, un lanzamiento de falta, ahora a pocos metros del área en el que más que la potencia se exigía la colocación y salvar la barrera, se reprodujo la escena. Najdoski, nuevamente, logró que el balón entrara en la portería ilerdense. Menudo lanzador había aparecido de la noche a la mañana.

¿Alguien había dicho que Najdoski supiera lanzar faltas? Era ese otro fútbol, de menos informes, televisiones y análisis, pero ni siquiera el entrenador blanquivioleta se apercibió de que Ilija tenía una gran potencia y precisión en su pierna. Y el caso es que en ese Estrella Roja yugoslavo que hizo historia él era el encargado de botar los lanzamientos directos. ¿Alguien le preguntó al campeón de Europa?

Evidentemente era ese otro fútbol para nada comparable a la situación actual en la que el estudio del rival, de los recursos propios y ajenos es norma general en todos los clubes. Lo que no ha variado lo más mínimo, en cambio, es ese relativismo que nos hace ser una semana los mejores y la siguiente unos 'paquetes' dignos de enviar por correo certificado. Esa campaña 92-93 aparecía en la plantilla un ruso de nombre Rachimov que al parecer hizo gracia a más de un periodista local que llegó a titular ante los malos resultados iniciales: 'La banda de Rachimov'. Cambió el tercio y se variaron las tornas. Llegaron las victorias y los resultados y lo mismo le sucedió a este periodista que sustituyó clarines y timbales por violines y pianos. Ahora ya era 'La orquesta de Rachimov'. Afinando.

Fotos

Vídeos