Un tapiz de sonidos en la Casa del Cordón

El Collegium Vocale Gent y Philippe Herreweghe tejen la polifonía de Tomás Luis de Victoria en el Burgos renacentista

V. M. NIÑOBURGOS.
Un momento del concierto del Collegium Vocale Gent con sus trece voces, dirigidos por Philippe Herreweghe. ::                         FÉLIX ORDÓÑEZ/
Un momento del concierto del Collegium Vocale Gent con sus trece voces, dirigidos por Philippe Herreweghe. :: FÉLIX ORDÓÑEZ

Gante y Burgos comporten catedral gótica, concentración arquitectónica renacentista y un emperador que nació en la ciudad belga y pasó por la del Arlanzón, donde su linaje vivió algunos episodios mayúsculos de la historia moderna. Ayer Philippe Herreweghe dirigió al Collegium Vocale Gent en la Casa del Cordón sintiendo el peso de ese pasado, en un patio al que se asomó un moribundo Felipe el Hermoso o Isabel la Católica de paseó con Colón.

El programa era un monográfico dedicado a Tomás Luis de Victoria y el anfitrión Caja Burgos-Banca Cívica. Burgos es la segunda parada de un tour que empezó en Madrid, seguirá por Gerona para acabar en París. Una primera parte dedicada a los motetes mostró el lado luminoso del que está considerado el maestro de la polifonía renacentista, tres de ellos a seis voces y uno a cuatro. Textos bíblicos, ornamento para la liturgia pautada que sin embargo lejos de encorsetar al compositor, catapultó su creatividad. «Todo se puede decir de otra manera», asegura Saramago, y la obra de quien pasó la vida componiendo para los oficios no dejó de sorprender en cada pieza.

Las trece voces -las sopranos primeras Hana Blaziková y Dominique Verkinderen; las segundas, Zsuzsu Tóth y Juliet Fraser; los altos Alex Potter y Alexander Schneider; los tenores primeros David Munderloh y Hermann Oswald; los segundos Stephan Gähler y Manuel Warwitz, y los bajos Peter Kooij, Adrian Peacock y Matthias Lutze-, tejieron un tapiz de sonidos que fue envolviendo el patio del Palacio de los Condestables de Castilla. Las sílabas se fueron persiguiendo, repitiendo en alturas muy distintas del pentagrama y el mago Herreweghe, con manos expresivas, casi escondidas tras su cuerpo, fue dándoles forma.

Este director, que lo mismo se dedica a Mahler que a Händel, dio la medida de una música que escapa al coro, en realidad es la suma de trece solistas, y que tiene más de intimidad camerística. Esto se apreció especialmente en la segunda parte, la dedicada al 'Officium defunctorum', la misa de difuntos que compuso en 1605, el Tomás de Victoria en sus últimos años en Madrid. Canto llano alterno con polifonía contrapuntística en la sobriedad española que destaca Herreweghe como propia del homenajeado. Aplausos de un patio de butacas lleno que fue regalado con una propina. El Collegium y Herreweghe grabarán este mismo programa en breve.