Tierno padre y abuelo

BARQUERITOMADRID.

De su primer matrimonio a finales de los años 50 con Pilar López Quesada, Antoñete tuvo seis hijos. Tras la separación, todos se quedaron a vivir con la madre, pero todos acabaron volviendo a partir de 1980 con el padre en un goteo rápido y sin excepciones. Pese a su bohemia innata, Antoñete fue un padre, y un abuelo, de una ternura y generosidad fuera de lo común. Carlos Chenel, el benjamín de la familia, fue compañero inseparable y romántico devoto del padre y del torero durante sus gloriosas temporadas del 81 al 85. Sin tanta fidelidad física, los demás hijos vivieron la resurrección de Antoñete como una fiesta.

La penúltima reaparición, la provocada por el triunfo de 1997 en las Ventas, le envenenó con la idea de seguir toreando de luces y en público y marcó inesperadamente la vida del torero. Antoñete se enamoró de Karina Bocos, una joven francesa de algo menos de 30 años, de Bayona, hija de un admirador incondicional y admiradora incondicional ella misma, y los dos decidieron unir sus vidas, se casaron, se instalaron en la finca de Navalagamella (Madrid) que Antoñete compró a principios de los 80 y tuvieron un hijo, Marco Antonio.

Fumador empedernido

Antoñete contó alguna vez que no quería irse del toreo sin que Marco Antonio lo viera vestido de luces. El niño lo vio en su despedida definitiva en una corrida en Burgos en 2001. Antoñete decidió ser torero, por cierto, cuando, niño todavía, veía todas las corridas de las Ventas porque su padre y algunos de sus hermanos ejercieron de monosabios en ella. Su cuñado fue, durante más de treinta años, mayoral de la plaza.

Antoñete fue un fumador empedernido. Rubio americano. Uno detrás de otro. Durante medio siglo. Con su concepto singular del toreo mecido entre volutas de humo. Antoñete fue de una clarividencia impresionante cuando hablaba en privado de toros. Más prudente fue en radio y televisión, donde siguió con lo suyo: el toro.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos