Adrian Newey, el nuevo Da Vinci

El creador del imbatible Red Bull puede mirar a Michael Schumacher por encima del hombro: suma ocho títulos mundilaes

DAVID SÁNCHEZ DE CASTROMADRID.
Vettel y Weber rocían de champán a Newey en el podio del Gran Premio de Inglaterra del 2009 . ::                             ANDREW WINNING-REUTERS/
Vettel y Weber rocían de champán a Newey en el podio del Gran Premio de Inglaterra del 2009 . :: ANDREW WINNING-REUTERS

Callado, con una tímida sonrisa y siempre con un bolígrafo en la mano. Lejos de los focos, pero susurrando a Christian Horner al oído. Una mente maravillosa, un mago, un adelantado y un pionero que usa el método clásico. Es Adrian Newey, el último ingeniero puro de la F-1, de los que aún diseñan en negro sobre blanco en su estudio, con la única ayuda de su inagotable imaginación.

Nacer en la misma localidad que William Shakespeare no hace más que agrandar su leyenda. Este británico, de rostro amable, cuerpo desgarbado y enjuto, comenzó su larga carrera hace unos 30 años, haciendo las Américas, en la Indy y la CART. Allí empezó a hacerse un nombre en el nido de fieras que es el automovilismo, a base de victorias, incluyendo la Indy 500 en 1983. Dejó los monoplazas americanos para irse a la F-1 a mitad de la temporada, y tras dar algunos tumbos, fichó por un March en el que pocos creían y que sorprendió. Ivan Capelli y Marcello Gugelmin protagonizaron la mejor temporada de este equipo, que posteriormente desaparecería, apenas entrada la década de los noventa. El prestigio de Adrian Newey creció como la espuma y Patrick Head le fichó para acompañarle a Williams en 1990.

La entrada de la electrónica permitió la creación de unos monoplazas completamente revolucionarios, con unas suspensiones activas que, prácticamente, hacían imposible que el coche se moviera. ¿Adivinan quién fue el primero en adaptar esa tecnología? Sí, Adrian Newey. En 1992 adaptó el chasis del Williams FW14 del año anterior a las nuevas ayudas electrónicas, y consiguió crear uno de los monoplazas que todavía hoy ostentan algún récord de imbatibilidad.

Hasta el abusivo 2002 que protagonizó Schumacher, nadie consiguió alcanzar el grado de dominio del León Mansell en 1992: nueve victorias, tres segundos puestos y tres abandonos.

Repitió éxito con Prost en 1993, año en el que el francés y Damon Hill se hicieron con el primer y el tercer puesto de la clasificación. De nuevo, Newey les había dado una herramienta con la que dominar la Fórmula 1 con puño de hierro: el FW15.

No obstante, siempre que Newey recuerda esta época, le asaltan las pesadillas. En 1994 se prohibieron las suspensiones activas, precisamente cuando habían fichado a Senna. Todos sabemos lo que ocurrió el 1 de mayo en Imola. Newey fue apuntado por muchos como el responsable indirecto del fallecimiento del auténtico Magic y llegó a ser sometido a juicio, del que salió indemne.

Éxito y sequía

Su llegada al equipo de Ron Dennis se tradujo en el regreso al éxito tras siete años de sequía en McLaren. Con Mika Hakkinen y David Coulthard como pilotos, Newey les dio el MP4/13 y su continuación, el MP4/14, con el que el piloto finlandés logró su bicampeonato. En 2000 estuvo muy cerca de repetir, pero ese año comenzó el reinado de Michael Schumacher a los mandos de Ferrari.

Después de tener que, incluso, desechar monoplazas a mitad de temporada, como el fallido MP4/18 que nunca llegó a competir, los pujantes euros de Dietrich Mateschitz, dueño de la empresa de bebidas Red Bull, llamaron a su puerta. El empresario austriaco compró la escudería Jaguar y, en 2006, anunció que contrataba a Newey como su nuevo diseñador jefe.

Cuatro años después, solo cuatro temporadas, eran suficientes para ganar de nuevo el Mundial. Da Vinci ha vuelto.

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