Casa molinera

FRANCISCO CANTALAPIEDRA
Casa molinera

Señoras y señores, estamos echando el cierre, bajando la persiana, recogiendo, haciendo balance. Chapando, en definitiva. Hoy se acaban las ferias, lo que significa que se acabó hacer el gamba, saltarse el régimen, abanicarse a lo tonto, bailar al son de la orquesta Duende o dejarse engatusar por Fernando o Fortu, dos de los magos que nos dejaron boquiabiertos en la plaza del Milenio. Es duro decirlo, pero el programa de las ferias de 2011 es historia. Un programa que se hizo con menos dinero, sacrificando cosas aunque consiguiendo que, como dije el primer día, terminara pareciéndose mucho a una casa molinera o a un marrano pequeño, que tienen de todo. Lo que viene a partir de mañana, lo saben de sobra, así que no me pondré pesadito recordándoles lo que nos espera.

Por mi parte, pienso apurar las ferias saliendo a la calle con el morbo de ver, un año más, al Tío Tragaldabas, que andará por San Pedro Apóstol asustando niños, que es lo suyo. Lo haré, para ver si me quito el canguis que me da desde siempre y de paso averiguo a cuántos chicos se come cada día el pavo este del tobogán a quien me gustaría preguntarle si el número de los que entran coincide con los que expulsa por el trasero, no sea que se queden algunos en sus intestinos de cartón-piedra. Reconozco que soy así de melindres desde que mi madre me engañó para que me subiera diciéndome que dentro había un plato con caramelos, que nunca vi. De todas formas, cuando comenté mis fobias con don Javier León de la Riva y le pregunté si él también las había sufrido de pequeño, me dijo: «¿Miedo al Tragaldabas? De ninguna manera». Menos mal que Mercedes Cantalapiedra, la concejala, reconoció que a sus niños «las primeras veces les daba un poco de repelús, aunque luego se fueron acostumbrando y ya se les pasó». Pobrecicos. No obstante, si hoy veo a algún niño intentando entrar por su bocaza, le diré que no suba para evitar a que se rile él y que sus padres tengan un disgusto.

De todas formas, me alegra saber que no soy el único que se ocupa del monstruo acartonado, ya que también lo hizo, y mucho mejor que yo, la escritora pucelana Carolina Dafne Alonso-Cortés, nieta de don Narciso, en un librito titulado 'La memoria dormida', donde evoca las fiestas de otros tiempos: «Los cabezudos a la puerta del Ayuntamiento y por las calles el Tragaldabas, monstruo de cartón-piedra comedor de críos, y el chaval primerizo corriéndose a manotazos las velas de mocos sobre las mejillas y diciendo: jolines, madre, si le salen los chiquitos por el culo».

Como se me va acabando el espacio que tengo asignado, remataré la faena con otro fragmento de este mismo libro y que a muchos les hará recordar unas fiestas (de San Mateo, no de la Virgen) que ni se sabe cuándo dejaron de ser: «Aunque las ferias de septiembre se mojaban todos los años, la gente meneaba el solomillo alrededor de la fuente del cisne, visitaba en la jaula redonda a los faisanes y las gallinas de Guinea, o tiraba miguitas de pan a las palomas que vivían en casetas de madera trabadas a las copas de los árboles del parque».

Como dijo Porky: «¡¡¡Eso es todo, amigos!!!» ¿Que no se creen que dijera tal cosa? Mírenlo aquí: (www.youtube. com/watch?v=B9Rv0OVJJTw).

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