Bombas sobre una ciudad bajo mínimos

Informes de Falange aportan la cifra de diez bombardeos y más de un centenar de muertos en un Valladolid asediado por la penuria

POR ENRIQUE BERZAL
Combatientes de Valladolid, en el Alto del León./
Combatientes de Valladolid, en el Alto del León.

Me encontré con un Valladolid 'azul'; los 'conversos' en auténtica riada habían transformado el ambiente y el perfil de la ciudad que yo había conocido. (&hellip) Lo que más me sorprendió del nuevo ambiente fue la manía de los civiles por adoptar uniformes pseudomilitares y la zarabanda de su variedad. Los encorbatados, como no fueran personas muy mayores, repelían; las camisas tenían que ser como las de los soldados, de tejidos bastos, caquis, azules o verdes». Era el Valladolid que se encontró, en septiembre de 1936, el falangista Javier Martínez de Bedoya, fundador de Auxilio Social junto a la viuda de Onésimo Redondo, Mercedes Sanz Bachiller.

En contra de los ditirambos «normalizadores» de la prensa amordazada, se malvivía en el Valladolid de la guerra. El control y la represión, los fusilamientos y las depuraciones envolvían la ciudad en una atmósfera de pavor. «Que la Falange vallisoletana era bronca, dura, violenta lo he dicho ya más de una vez -señala Dionisio Ridruejo- (...) Es hecho conocido que la oleada represiva de Valladolid (...) fue extremosa. Ahora (1937) la furia ya estaba saciada, pero el talante del 'mílite' de primera línea equivalía aún al del revolucionario convencido o al guerrero de otros tiempos».

Bombardeos

Terror a la represión, por supuesto, pero también a los bombardeos de la aviación republicana: de hecho, Valladolid fue la sexta ciudad de la retaguardia más bombardeada después de Córdoba, Palma de Mallorca, Granada, Ávila y Sevilla. El ruido de sirenas era algo aterrador: de súbito, familias enteras bajaban a los sótanos para ponerse a salvo. Junto a los refugios improvisados, las autoridades terminaron proyectando otros en la Plaza Mayor y en Fuente Dorada, mientras los vallisoletanos costeaban la construcción del aeropuerto de Villanubla para hacer frente a los aviones «enemigos».

Según la prensa, fueron nueve los bombardeos en la capital y otros once en seis localidades de la provincia; hay quien habla de más de 50 muertos, mientras otros aportan una cifra precisa: 68 y 325 heridos. El Norte de Castilla, por su parte, consigna 412 afectados por los 20 bombardeos acontecidos en la provincia.

Hace unos años, José Delfín Val tuvo la deferencia de hacerme llegar un informe sencillo, elaborado en marzo de 1938 por la Delegación local de Falange, que daba cuenta, con todo detalle, de los bombardeos acaecidos en la capital. Arrojaba la cifra de diez ataques, 183 muertos y 861 heridos.

He aquí los datos concretos: todo comenzó un 1 de agosto de 1936 a las 8:30 de la mañana: 30 cuerpos sin vida y 120 heridos. Dos días después los aviones asediaban la capital mañana y tarde, con 12 horas exactas de diferencia. Entre uno y otro bombardeo fueron 29 las víctimas mortales y 126 los heridos. El día 5 no dejaron que llegase la hora del aperitivo: a la una de la tarde se cobraban 25 muertos y 110 heridos. Luego, un mes y 18 días de tranquilidad. El 23 de septiembre, a las 12:30, una bomba acababa con la vida de dos personas y 130 quedaban afectadas con heridas de distinta envergadura.

La mañana del 8 de abril de 1937 fue estremecedora: un nuevo avión segaba la vida de 60 vallisoletanos y hería a 24. El 21 de mayo ocurrió a las tres de la tarde: esta vez dejó 15 muertos y 60 heridos. No habían pasado 24 horas cuando otro artefacto acababa con la vida de 7 personas y hería a otras 20. El bombardeo del 16 de agosto produjo la muerte de una mujer y dejó cinco heridos. De ahí que a finales de año la Cámara de la Propiedad Urbana hiciera un llamamiento a los vallisoletanos para que engrosasen «las Mutualidades para cubrir el riesgo de bombardeos».

Hasta que llegó el fin. Era enero de 1938 y el ejército republicano atravesaba malos momentos. La batalla de Teruel aún no había decidido nada y los dos ejércitos se mantenían con las espadas en alto. Todos se preparaban para el combate decisivo.

El día 25, la aviación republicana bombardeó Sevilla y Valladolid en una operación auspiciada por el general ruso 'Duglas' e Hidalgo de Cisneros, comandante en jefe del arma. En la ciudad del Pisuerga se cobró la vida de 14 personas e hirió a otras 70. Indalecio Prieto, ministro republicano de Marina y Aire, protestó: la decisión había sido tomada a espaldas suyas. 48 horas más tarde, los nacionalistas respondían con un violento raid sobre Barcelona que produjo 150 muertos y 500 heridos. Un mes después, el 'Nuevo Estado' franquista recibía una nota de Prieto proponiendo el cese de los bombardeos de ciudades por ambos bandos. La respuesta de Franco fue que allá donde existiera industria de guerra se seguiría bombardeando.

Hambre

Los rigores del hambre y la escasez de materias primas complicaron aún más la vida cotidiana de los vallisoletanos. Mientras la prensa alababa la paz que salvaguardaban las «armas nacionales», informes internos desvelaban la realidad. Los empresarios agrupados en el nuevo organigrama nacional-sindicalista reconocían, en 1938, que la ciudad estaba «abocada a una falta de subsistencias elementales, como son patatas, alubias, tocino, leche, carbón, paños, huevos, café, etc.»

Documentos del Gobierno Civil, depositados en el Archivo Histórico Provincial, daban cuenta de esta penosa situación: «La provincia de Valladolid en general no produce los principales artículos de primera necesidad que precisa para su consumo. A excepción de los cereales y sus derivados, los artículos que se consumen han de venir necesariamente de otras provincias. La población está desabastecida de garbanzos, alubias, patatas, huevos, que constantemente solicitan de las regiones productoras».

Lo mismo ocurría con la carne y el pescado, sin olvidar el alza en los precios del vestido y el calzado. Era terreno abonado para el mercado negro. A la ruina del campo, incapaz de exportar sus productos, se sumaban dos problemas no menos acuciantes: el paro obrero y la escasez de vivienda. Con este panorama, no eran infrecuentes epidemias como la tuberculosis, especialmente dura en 1937, al tiempo que la mortalidad infantil alcanzaba tasas preocupantes.

El empeoramiento de la situación llevó a las autoridades a controlar con rigor el abastecimiento ciudadano y a exhortar el cumplimiento estricto de fechas como el 'Día del Plato Único' (los jueves, generalmente, solo podía comerse un plato, destinando a una cuestación caritativa el importe del inexistente segundo), el 'Día sin Café' o 'El Día sin Postre'.

Fotos

Vídeos