Entre el amor y la guerra

José Vento propone con pinturas y esculturas 'Un acercamiento a lo humano' en Pimentel

MARÍA AURORA VILORIAVALLADOLID.
Vento, con Artemio Domínguez, diputado de Cultura. ::                             LUIS LAFORGA/
Vento, con Artemio Domínguez, diputado de Cultura. :: LUIS LAFORGA

Las pinturas de José Vento (Quart de Poblet, Valencia, 1940) son un diálogo de formas y color que se integran con estructuras geométricas, el resultado de un proceso de yuxtaposición de planos y de contrastes entre luces y sombras. Sin embargo, a través de la personal ejecución, el artista ha conseguido dotarlas de volumen y movimiento, hacerlas salir del espacio limitado del lienzo y acercarlas a las esculturas con las que comparten la sala del Palacio de Pimentel en una exposición que reúne piezas de la última década y su autor calificó de atípica, puesto que faltan en ella dibujos y grabados, las otras caras de una obra que atrapa al espectador y le obliga a reflexionar sobre las sensaciones que recibe.

Vento, catedrático de dibujo y profesor de cerámica con una larga trayectoria artística jalonada de exposiciones que comenzó en los años sesenta -según recordó en la presentación el diputado de Cultura, Artemio Domínguez-, ha titulado la muestra 'Un acercamiento a lo humano', porque su principal preocupación son las relaciones, desde las amorosas y familiares, hasta las que desembocan en la violencia, los atentados y la guerra. Es decir, retrata un mundo real, pero lo hace a través de figuras estilizadas que casi nunca necesitan tener rasgos en sus rostros para ser expresivas, juegos cromáticos en los que dominan los azules, rojos y verdes y una composición en la que todo está medido para conseguir transmitir al visitante la idea de felicidad de un 'Brindis en familia' o un día en la playa, la complicidad de 'Tres mujeres', el encuentro del pintor y la modelo, la velada bajo la sombrilla o el baile. Y, como contraste, el 'Difícil equilibrio' de la pareja, el dominio del hombre sobre la mujer, a la que hace pasar por el aro en una escena casi circense; las peleas callejeras, los desastres del botellón y las heridas abiertas en Kósovo.

Son pinturas rítmicas y luminosas -entre las que en ocasiones se intercala un bodegón de arquitectura geométrica- que enlazan perfectamente con las esculturas, algunas de bronce y formas redondeadas y otras de mármol y estilizadas. Así, hay una rotunda maternidad que parece envolverse a sí misma y contrasta con el juego aéreo de la madre con el niño o la mujer reclinada. Las piezas, que caminan hacia la abstracción, recobran de pronto la realidad de los rostros del padre y el hijo del artista o se convierten en verticales para dar forma a un guerrero o eternizar el beso de los amantes. Su autor, que prepara ahora una serie dedicada a los cantautores, reflexiona de esta forma sobre la serenidad, la felicidad o la tragedia con la obra que nace de un largo proceso de ejecución que va marcando el camino.

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