Las montañas de las manos cortadas

Viaje al macizo de Mampodre, un paraíso de rebecos, impresionantes glaciares y largas vistasRUTAS CON ENCANTO

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La montaña central leonesa, vista desde la subida al macizo Mampodre. ::
                             REPORTAJE GRÁFICO DE JAVIER PRIETO/
La montaña central leonesa, vista desde la subida al macizo Mampodre. :: REPORTAJE GRÁFICO DE JAVIER PRIETO

Dicen que el historiador romano Ptolomeo dejó dicho que los romanos colonizadores del norte cantábrico peninsular practicaron durante un tiempo la bárbara costumbre de cortar las manos de los guerreros cántabros a los que terminaban por someter. Para evitar nuevas tentaciones de rebelión, se supone. Y que antes los recluían en un macizo montañoso de paredes abruptas y abundantes despeñaderos que acabó por ser conocido como el de man podare, en latín 'manos cortadas'. Y que ese es el origen del topónimo actual Mampodre. Como sucede tantas veces puede que esta pretendida explicación filológica no sea más que un cuento nacido en las noches de filandón para alimentar el halo de embrujo que algunas montañas singulares son capaces de insuflar en el corazón de los hombres. Y a fe que éstas lo son: singulares y fascinantes, digo.

Singulares porque el macizo de Mampodre aparece sobre el terreno como un apéndice desgajado de la contundente barrera montañosa que constituyen los Picos de Europa.

Mientras que estos se estiran como gigantescos pilares que de este a oeste forman parte del espinazo central de la Cordillera Cantábrica, el macizo de Mampodre, un cúmulo de portentosas cumbres calizas de altitudes superiores a los 2.000 metros, emerge unos pocos kilómetros más al sur como si quisiera reinar por su cuenta. O puede que emprender un viaje de montañas hacia las llanuras terrosas de Castilla. Pero como las montañas no hablan -al menos al estilo humano- los geólogos interpretan que su presencia en el lugar en el que están, es decir, separadas del espinazo montañoso con el que comparten características orográficas y muchas similitudes, resulta, ya de por sí, una singularidad que merece mucho la pena tener en cuenta. Pero hay más.

El macizo montañoso de Mampodre se aparece sobre el terreno -y así se ve dibujado en los mapas- como una fantástica fortaleza natural de dimensiones mitológicas. Una fortaleza surgida de las fuerzas tectónicas que todo lo pueden para interponerse entre las cuencas del Esla, que nace en uno sus costados, y el Porma, que corre por el otro. Una fortaleza guardada por un largo conjunto de cumbres puntiagudas que ejercerían, si se tratara de un castillo al uso, de torreones con vistas a los cuatro puntos cardinales unidos entre sí por cordales y collados a los que hay buscar bien el paso para no terminar hecho cisco entre los canchales que se derrumban hacia uno y otro lado.

La súbita aparición en el paisaje de semejante equipo de titanes es obra, también según los geólogos, de la acción moldeadora de los hielos. De hecho, el glaciarismo, el poder inmenso de las lenguas de hielo arrastrando rocas en su avance desde las cumbres hacia los valles, es el responsable del moldeado actual de estas montañas, caracterizadas por los empinados circos que se abren en las cabeceras de las cuencas y los profundos valles que se encuentran unos pocos kilómetros más abajo.

Y por aquí aflora otra de sus singularidades: el marcado desnivel entre los valles y las cumbres dibuja, en muy poco recorrido, un variado y rico ecosistema caracterizado por el paso gradual, a medida que se gana altura, de las coberturas vegetales propias de cada piso montano. Así, la base del macizo se tapiza con amplios pastizales y densas manchas forestales formadas por roble y haya, principalmente, con la presencia más esporádica de otras especies como el pino. En un lugar intermedio, en torno los 1.500 metros de altitud, se localizan los puertos de altura, también con pastos pero con una presencia cada vez mayor de escobas, piornos, retamas o brezos. Un poco más arriba, los enebros rastreros, las aulagas o las sabinas rastreras aparecen en disputa con los canchales que conforman las pedregosas laderas por las que reina a sus anchas el tímido rebeco.

Fascinación geológica

Desde ahí hasta las cumbres son los delicados pastizales de montaña, con valiosas y singulares especies en este macizo, la única cobertura vegetal posible. Una de estas especies singulares es la Veronica mampodrensis, una delicada flor de montaña restringida a esta zona de la montaña cantábrica e identificada, como recoge su nombre, en el macizo de Mampodre. Por todas estas razones, y por otro puñado más que no cabe en estas líneas, Mampodre resulta también un territorio fascinante. Fascinante para los geólogos, que interpretan con explicaciones de pura lógica lo que para el común de los mortales son abismos, plegamientos rocosos, pozos sin fondo, pedreras interminables… Fascinante para los botánicos, que hasta descubren rarezas en el manto de gramíneas que los rebecos tronchan a placer. Fascinante para los montañeros que se extasían en sus cumbres identificando embalses, perfiles montañosos, pueblos, caminos y, si se ponen prismático en mano, hasta las agujas afiladas de la catedral de León. Fascinante para los ornitólogos, que descubren donde nadie ve la presencia de las avecillas capaces de prosperar en el inhóspito reino de las alturas. O fascinante hasta para los amantes de las mariposas, que llegan hasta el Mampodre incluso desde el extranjero con el ansia de admirar especies que sólo podrán ver aquí.

Por eso no extraña tanto que desde la Casa del Parque Regional de Picos de Europa, dentro de cuyos límites se eleva este macizo montañoso, adviertan de la necesidad de solicitar un permiso especial para acceder a sus cumbres. Y no es para prevenir al caminante del susto de encontrarse de repente pisando una montaña de manos desmembradas. Es para preservar lo mucho que tiene de fascinante: «Dentro del propio Parque, esta es una zona de muy alto valor medioambiental que requiere de un control particular», explican. «El trámite es sencillo, pero requiere hacerlo con unos quince días de antelación».

Una forma más accesible de disfrutar de este entorno montañoso tan particular, sin necesidad de acceder a sus cumbres ni solicitar permiso alguno, es recorrer el itinerario señalizado PR-LE 29 titulado 'Picos de Mampodre'. El paseo se desenvuelve como una caminata montañera, apropiada para un largo día de verano.

Robledal de Torceros

El inicio, donde además se localiza un panel con la descripción del itinerario, está en la localidad de Redipollos. Desde aquí parte la pista forestal que remonta el valle de Murias brindando, casi desde la primera patada, hermosas vistas del pico Susarón y la vega donde se sitúan las localidades de Redipollos y, muy cerca, Puebla de Lillo. Una de las primeras sorpresas del paseo, a unos tres kilómetros del inicio, la depara el robledal de los Torceros, señalizado y con algunas mesas donde sentarse a reponer fuerzas, un entorno adehesado con longevos ejemplares que dan cobijo a una variada comunidad de aves.

La primera parte de la caminata es una prolongada aunque tendida ascensión que culmina en las amplias praderas del valle del Bustil de Pepe y, un poco más arriba, en la collada Fermosa, de justo topónimo dadas las vistas que brinda del macizo de Mampodre y de las cumbres del sector noroccidental del Parque.

El amplio círculo que describe el paseo prosigue con el descenso hacia el collado de Maraña y, posteriormente, hasta las estrecheces de la hoz de la Cabrera. Desde aquí una pista permite el regreso hasta Redipollos acompañando al arroyo de la Fuentona.

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