De la memoria a la historia

Cómo contar y escribir el tiempo en compañía de otros

LUIS DÍAZ VIANAANTROPÓLOGO Y PROFESOR DE INVESTIGACIÓN DEL CSIC
Antonio Zabala. ::
                             FERNANDO GÓMEZ/
Antonio Zabala. :: FERNANDO GÓMEZ

Explicaba Henry Glassie en su modélica etnografía acerca de una pequeña comunidad del Úlster que se titula Passing the Time in Ballymenone, cómo quienes -desde una u otra disciplina- trabajamos con gente y sobre la gente tenemos un importante objetivo en común que nunca deberíamos soslayar: «La humanidad, lo humano, es nuestro asunto». Y además, señala este autor, compartimos la responsabilidad de procurar que aquellas cualidades de las culturas que los románticos consideraban populares -por procedentes del «pueblo»- no sean «olvidadas, ignoradas ni malentendidas».

Hoy, cuando hace tiempo que vienen proliferando por todo el mundo -como fenómeno de las últimas décadas- un tipo de concursos en que se premia a las autobiografías contadas por esa clase de gentes calificadas como «gente ordinaria» (ya sean emigrantes, antiguos prisioneros, combatientes o amas de casa), no deberíamos dejar de recordar a aquellos pioneros de la etnografía que, en nuestro país, prestaron no sólo su mano y su pluma, sino también su tiempo y su propia destreza en el arte de narrar a aquéllos que, muchas veces, no podían narrar sus experiencias más que oralmente porque apenas eran capaces de escribir. Antonio Zavala -ya fallecido hace unos años- me parece todo un ejemplo en este sentido. Y hay que advertir -de entrada- que Zavala no fue, en realidad, un folklorista al uso: por lo menos, al uso de los folkloristas que más se estilaban en España cuando él inició sus tabajos. Aunque le asemejara a tantos otros clérigos que lo precedieron en el interés por eso que se dio en llamar «el saber del pueblo» la transversalidad -entre disciplinas- de su obra, el carácter inquieto, andariego y casi peregrinante en pos de dicho 'saber'; y -también- el apego de siempre a una zona, a una tierra, a un país y a una tradición cultural concretos. Si bien la seguridad creciente en el método de recogida y reelaboración de las historias que la gente común le contaba, así como un riguroso afán investigador que desbordaba con mucho el coleccionismo siempre algo nostálgico del mero conocimiento local, lo animaran a ampliar horizontes, a buscar lo mismo que ya había encontrado entre su gente vasca bajo otros cielos y en otros lugares.

De este modo fueron surgiendo, primero, los volúmenes de poesía improvisada en euskera de la editorial Auspoa y, luego, la magnífica Biblioteca de Narrativa Popular de Sendoa, llena de relatos vueltos a hilvanar por escrito con singular esmero por el propio Zavala una vez los escuchaba de los labios de sus interlocutores en Cantabria, Alto Aragón, Asturias, Castilla, León o Extremadura. Y precisamente tuve el gusto de presentar uno de esos libros, El pastor del páramo, autobiografía de Justo Peña, en Burgos, hace ya unos quince años. En la labor inigualable y costosísima en tiempo o esfuerzos de todo tipo desarrollada por aquella época, Zavala se desdobla y multiplica, realiza en periodos siempre limitados por sus quehaceres de modesto docente lo que equipos de varias personas no hubieran podido llevar a cabo tan pronto y bien. Tanto es así, que su monumental trabajo parece casi un milagro: tiene uno que amar mucho lo que hace y saber muy bien cómo y por qué lo está haciendo para que este delicado tejido de narrativas orales recompuesto por Zavala no se rompa, se pueda leer -como una novela- de principio a fin. Hay que saber que «lo humano -y no otra cosa- es nuestro asunto».

Ser un buen etnógrafo es tan difícil o más que ser un buen antropólogo y Zavala lo era plenamente. Frente a tantos pseudo-antropólogos e historiadorcillos paniaguados que siguen secuestrando las voces de la gente para medrar, convirtiéndose en los únicos expertos que puedan decidir qué es historia o no, qué es antropología o no, qué es lo tradicional o no, qué es -incluso- verdad o ficción, Zavala liberó del silencio las voces de quienes siguen siendo llamados por muchos -despectivamente- 'analfabetos' para demostrarnos que el auténtico analfabetismo no consiste en no saber leer y escribir: el analfabetismo, la idiotez supina, es no saber hablar, no ser capaces de traducir en palabras nuestros pensamientos. No acertar a contarse y a contar lo que fuimos y somos. Y ha sido una iniciativa primero individual y después colectiva -aunque sin dejar de ser privada-, impulsada por Zavala con el inestimable apoyo de su fiel amigo Joaquín Berasategui, la que ha hecho el milagro de que contemos con estas colecciones de una poesía y una narrativa populares que son en sí mismas un tesoro cultural de valor incalculable: un cofre de interés sin cuento para los descendientes de los narradores que aún siguen en sus pueblos o -más aún, quizá- para los que se tuvieron que mudar a las ciudades.

Acertando a sortearun folklorismo y un antropologismo que nos escamoteaban por igual el sentido de esas voces populares, Zavala ha restituido el saber local a aquellos a quienes de verdad les pertenecía. Hoy, que está ya tan superado hablar de ese 'cambio social' al que se usó como pretexto bajo el cual muchos científicos sociales taparon la realidad de unas gentes y dieron por inevitable el supuesto 'progreso', se agradecen especialmente estas etnografías en que Zavala no devuelve a unos 'folks' -casi anónimos informantes todavía para algunos- solo su voz y sus nombres, sino su individualidad, su ciudadanía plena. Lo importante no era el 'cambio' sino desde dónde se hacía y 'a cambio' -precisamente- de qué. Porque, en estas narraciones, la memoria ha readaptado el pasado al presente y el cambio no traumático se ha producido ya. Hay en lo que se narra cosas de ayer y supuestamente 'de siempre'. Pero muchas de los relatos se estructuran con un antes y un después de la guerra civil, por lo que tales 'historias de vida' pueden pasar a ser también una excelente fuente de información para ese proceso de recuperación de nuestro pasado y de nuestro futuro que algunos llaman 'memoria histórica'.

'El mundo estaba cambiando' y lo hacía probablemente con demasiada rapidez -como dejó escrito Zavala-; por eso era preciso apresurarse a escribir lo que el viento se llevaría, antes de que el relato humano se quebrara definitivamente. La primera lucha en nuestro país contra 'las fosas del olvido' la libraron personas como él y -sobre todo- quienes quisieron recordar y contarle estas historias. Zavala siempre los trató en todo como 'autores'. Y lo eran. Por lo que quiso y supo convertirse en su mejor amanuense. Así realizó Zavala -como pocos- una de las tareas más difíciles que hay: traducir de lo oral a lo escrito, que es -en realidad- trasladar recuerdos de un mundo a otro, de un lugar a otro, de uno a otro tiempo. De la memoria a la historia.