Oraciones entre adobes

Las mujeres de Villafrades, un tranquilo pueblo terracampino, mantienen el rezo diario del Rosario

LORENA SANCHOVALLADOLID.
Josefa, Ana, Sagrario, Alfonso, Mari Paz, Milagros y Julián, junto al bargueño de la iglesia. ::
                             L. S./
Josefa, Ana, Sagrario, Alfonso, Mari Paz, Milagros y Julián, junto al bargueño de la iglesia. :: L. S.

El sonido de la charla a la vuelta de la esquina se repite cual eco entre los adobes más artesanales que moldean la estructura típica de Villafrades. José María Ramos, colaborador del Ayuntamiento, intuye la presencia: «es el coro cantor», dice con una pícara sonrisa. Cuatro pasos más y la incógnita queda resuelta: ahí están Josefa, Ana, Sagrario, Mari Paz y Milagros, que regresan hacia sus casas tras concluir el rezo diario del Rosario. «Ya te había dicho yo que era el coro», insiste un risueño José María. Estas cinco mujeres, que cada domingo ponen letra a la música celestial, mantienen viva la ancestral costumbre de abrir a diario el templo de San Juan para perpetuar unos rezos que aprendieron de sus madres y abuelas. «Lo hacemos todos los días del año hija, antes lo rezaba el cura, pero ahora nosotras, y el día 1 de mayo empezamos las flores a la Virgen, en junio el Corazón de Jesús y en octubre el Rosario», relata Josefa.

Ana, la voz cantante en el rezo, escucha con atención mientras sostiene con las dos manos un tarro de cristal lleno de agua. «La bendijo el domingo el cura y nos llevamos un poco cada una para ahuyentar los espíritus, bendecir la casa y esas cosas», justifica. ¿Y eso cómo se hace? «Pues mira -se apresura a especificar Josefa- haces tras, tras y tras», explica mientras mueve con ímpetu su brazo. Aquí no hay rezos ni dichos que valgan. Nada que ver con las oraciones que aún mantienen - «la que lo mantiene»- cuando el agua es untada en los dedos desde la pila bautismal. «Se dice así: agua bendita, pila sagrada, limpia mi cuerpo, sana mi alma, viva Jesús, muera el pecado, vive la gracia de Dios. Amen».

Todo lo concerniente al ámbito religioso es, a juicio del propio alcalde de Villafrades, Alfonso Gordaliza, «la actividad social más importante en el pueblo». Aquí no hay bares (solo abre los domingos), ni panadería, ni frutería, ni tienda que se precie. El ocio encuentra a su aliado en los paseos vespertinos, aulas de cultura y talleres. Villafrades, con apenas medio centenar de vecinos y anclado a la tierra que da de comer a una población eminentemente agrícola y ganadera, deambula cada día entre el sosiego terracampino que riegan el Sequillo y el Berruez, curiosamente los causantes de irrumpir en la tranquilidad del pueblo un buen día de enero de 1962. «Fue una riada que afectó al 70% de las edificaciones», precisa el alcalde.

De aquella, algunos edificios se hundieron, otros echaron un pulso y aguantan a duras penas el paso del tiempo y un buen puñado lucen ahora restauraciones promovidas por hijos del pueblo o enamorados de un paisaje acunado por palomares.

El turismo por aquí apenas se asoma. Y eso que la oferta cuelga de un cartel a la entrada de la iglesia de San Juan, donde aparecen los teléfonos de las responsables de enseñar el Museo de Arte Sacro que custodia en su interior. Cruces de plata, casullas y cajoneras encuentran aquí un lugar de exposición gracias a la familia de Rafael Gómez, impulsora y hacedora. Después, en la sacristía, y junto a la capilla de la tan venerada patrona la Virgen de Grijasalbas, se encuentran un San Antonio de Alejo de Bahía y una Virgen del Rosario junto a un bargueño de incalculable valor. Son parte del patrimonio que Villafrades luce con orgullo ante el forastero que osa tocar la aldaba de su tranquilidad. Su otro bien preciado, de incalculable valor, más sentimental que económico, lo encuentran en las danzas de paloteo que se encargan de mantener los mozos danzantes.

Las piezas del paloteo

El baile está muy arraigado entre los villafradeños, tanto que un monolito le brinda homenaje junto a la iglesia de San Juan. Los lazos, como se denomina a las piezas del paloteo, son popularmente conocidos entre todos los vecinos. Tan solo hay que mencionar la danza para que se arranquen a cantar: «Toledo, Granada, Sevilla, Madrid, Villafrades de Campos y Valladolid».

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