Por qué celebramos la derrota de Villalar

Los ingredientes revolucionarios y populares de la revuelta comunera de 1521 dan sentido a la fiesta de mañana, celebrada de manera ininterrumpida desde 1977

ENRIQUE BERZALVALLADOLID.
El presidente Herrera en el año 2002 en Villalar con el entonces secretario regional del PSOE, Ángel Villalba. A la derecha, Joaquín Díaz lee el Manifiesto en en el 2006. ::                             RAMÓN GÓMEZ/
El presidente Herrera en el año 2002 en Villalar con el entonces secretario regional del PSOE, Ángel Villalba. A la derecha, Joaquín Díaz lee el Manifiesto en en el 2006. :: RAMÓN GÓMEZ

'Castilla se levanta', 'Un sueño democrático', 'Castilla se siente comunera'. Titulares que aunaban la sorpresa y la reivindicación en tiempos de lucha democrática, que remarcaban lo insólito del regionalismo castellano y leonés en medio de un panorama, el de la Transición a la democracia, plagado de reclamaciones autonomistas. Titulares, en fin, que adornaban periódicos nacionales destacando lo que algún autor ha calificado como «el retorno de la reivindicación regionalista en tierras de Castilla y León».

La campa de Villalar de los Comuneros se había convertido, en aquellos años de lucha por las libertades, en epicentro de reivindicación contra el centralismo franquista, devastador para estas tierras.

¿Cuál es la importancia del episodio comunero en la configuración de la autonomía de Castilla y León? ¿Por qué la fiesta de la comunidad autónoma rememora la derrota de Padilla, Bravo y Maldonado aquel 23 de abril de 1521? Sintéticamente, por su carácter revolucionario y popular, fundamentalmente castellano y al mismo tiempo universal. Adjetivos todos que definen este referente histórico de la lucha por las libertades.

Revolución política

El historiador Joseph Perez ha dejado meridianamente claro el alcance revolucionario de la rebelión comunera, asentado sobre la oposición a asociar Castilla con el Imperio Carolino, la voluntad de que la nación participase activamente en el gobierno del reino a través de unas Cortes más representativas, y la propuesta de arrebatar al rey la realidad del poder para entregarlo a los representantes del reino.

Revolución comunera que pasaba por modificar el binomio rey-reino imperante en aquel momento (principios del siglo XVI): Si el rechazo de la política imperial por parte de los comuneros se justificaba por el sacrificio que suponía tanto del bien común como de los intereses propios y legítimos del reino, el cambio en la relación con el rey tenía como principal razón de ser la de facilitar la participación directa del reino en los asuntos políticos. Esto exigía, evidentemente, dotar de mayor representatividad y eficacia política a unas Cortes maniatadas, desde antiguo, por el poder real, para pasar a ostentar un papel preponderante. De hecho, el ideario político comunero establecía un contrato tácito entre el rey y el reino, en virtud del cual éste dejaba de estar por encima de la ley y debía cumplirla en igual medida que los súbditos.

Con tales mimbres históricos, los partidarios, en 1976, de aunar lucha democrática y reivindicaciones regionalistas encontraron en el episodio de Villalar un privilegiado argumentario con el que justificar sus propuestas en un presente como aquel, portador de esperanzas políticas. Y también, por supuesto, para desactivar los reproches periféricos que identificaban Castilla y Franquismo y tildaban a estas tierras de cómplices de un centralismo autoritario, implacable con las aspiraciones de las mal llamadas «nacionalidades históricas» (Cataluña, País Vasco, Galicia).

Para ejemplo, las palabras de Gonzalo Martínez Díez, promotor de la Alianza Regional, en la campa de Villalar en la fiesta de 1978: «Hace 457 años morían aquí, decapitados, tres hombres, tres capitanes de los Concejos y Comunidades, por defender las libertades de Castilla y León, esas libertades populares que eran nuestra característica y nuestro orgullo; pero con ellos morían algo más que tres hombres, moría toda una Nación.

Porque desde aquel día, Castilla y León no volvieron a ser dueños de sus destinos; esclavizados y sometidos al poder central de la monarquía (…), se convirtieron en las primeras víctimas de ese centralismo, que año tras año y siglo tras siglo ha ido chupando nuestros dineros, nuestros productos, y finalmente nuestros hombres con la emigración forzosa de millón y medio de nuestros compatriotas».

Y es que el significado histórico de la derrota comunera acrecentó el acopio de argumentos históricos para quienes reivindicaban democracia y autonomía a finales de los 70. En efecto, la debacle de Villalar de los Comuneros supuso la consolidación definitiva de la secular decadencia de las instituciones de carácter comunitario, pero también la imposición, ya sin trabas, de un modelo político autoritario en el que el poder real apenas encontraba límites a su ejercicio.

Los ideales políticos derrotados en la campa aquel 23 de abril de 1521 fueron recuperados y actualizados por los regionalistas castellanos y leoneses de los años 70: El rechazo de la idea imperial por considerarla contraria y lesiva al bien común; el activo papel conferido a la nación -entendida muchas veces como «pueblo»- en el gobierno del país, hasta el extremo de proponer su participación directa en los asuntos políticos el reino; la reivindicación de unas Cortes más representativas y capaces de limitar, de manera eficaz, el poder real; y, desde luego, la puesta en marcha de un sistema de poder municipal organizado en la base como una democracia directa, dispuesta a restringir, en suma, el poder abusivo que en este terreno venían ostentado los grupos privilegiados.

Componente popular

No solo el ingrediente revolucionario, también el componente popular de la revuelta comunera contribuyó a su 'rescate' regionalista en los años de la Transición: Investigaciones locales han venido demostrando la extracción social de las multitudes amotinadas, compuestas no tanto por vagabundos y delincuentes -como aseguraba la propaganda anticomunera-, cuanto por parados y trabajadores urbanos, especialmente por oficios artesanales y otros muy poco apreciados en la jerarquía laboral del momento (pelaires, cardadores, zapateros, tundidores, cordoneros, pellejeros, sastres, boneteros, etc.).

La extracción acomodada de los líderes comuneros no impide que el movimiento se caracterizase por un mayoritario componente popular, directamente enfrentado a la poderosa nobleza. Así lo recalcaron relevantes testigos coetáneos; un ejemplo: Álvaro de Zúñiga afirmó que «caleros, mamposteros, sombrereros (…) débiles tenderos e ignorantes labradores (…) ganapanes y gente baja (…) se armaron contra la nobleza y los supremos magistrados» con la intención, entre otras cosas, de «buscar la igualdad de bienes». A todo lo anterior es preciso añadir otro ingrediente no menos importante, como es la centralidad de las tierras que hoy conforman Castilla y León en el movimiento comunero: Éste se extendió a ambos lados del Guadarrama y contó con dos núcleos fundamentales, Toledo y Valladolid, esto es, el centro del entonces reino de Castilla; la rebelión avanzó de Sur a Norte siguiendo la línea Toledo-Segovia-Valladolid-Palencia, sin olvidar la importancia que cobró en otras ciudades como Toro, Zamora y Salamanca. Para disipar dudas: la revuelta comunera triunfó claramente en León, personificada en el entonces regidor Ramiro Núñez de Guzmán, represaliado tras la derrota por Carlos V.

Centralidad de estas tierras, por supuesto, pero también carácter universal de la revuelta: Las propuestas comuneras no se reducían al estrecho marco de un territorio concreto, sino que pretendían implantarse en el conjunto del país. Por eso algunos historiadores han remarcado que, en caso de haber triunfado el ideal político comunero, se habría reducido considerablemente la capacidad de centralización patrimonial de la monarquía y, desde luego, los objetivos de expansión político-militar por Europa y América. En su lugar, se habría impuesto una especie de federación de ciudades-república al estilo genovés, dirigida por un príncipe respetuoso con el autogobierno de las grandes jurisdicciones urbanas.

No andaba, pues, descaminado Adriano de Utrecht, mano derecha de Carlos V, cuando, el 30 de junio de 1520, le informaba por carta de que «los de Toledo cada día se afirman más en su pertinacia [y] procuran atraer aquella ciudad a la libertad, a la manera que lo están en la ciudad de Génova y otras de Italia».

Aunque finalmente derrotado, todo ese espíritu reivindicativo, democrático, anticentralista, popular y de alcance universal del movimiento comunero es lo que Castilla y León conmemora cada 23 de abril en la Campa de Villalar. Una celebración ininterrumpida desde 1977 (la del año anterior, prohibida por el Gobierno, se saldó con una fuerte carga policial); reforzada desde que el primer Gobierno autonómico, presidido por Demetrio Madrid, la oficializara en 1986; y plenamente representativa desde que el presidente Herrera retomase, con su regreso a la campa en 2002, la presencia en la misma del presidente del Ejecutivo autonómico, ausente desde 1988.

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