Enrique Badosa. Trivium

Más de cincuenta años recorre el volumen de su poesía reunida. El autor habita la desnudez de sus versos y los colma de extraña belleza

JOSÉ MARÍA MUÑOZ QUIRÓS
Enrique Badosa. ::
                             EL NORTE/
Enrique Badosa. :: EL NORTE

I

Más de cincuenta años recorre el amplio volumen de su poesía reunida. Es la vida de un hombre. O más aún, es la esencia de un hombre.

Por sus libros, por sus páginas, campea una historia que comienza en 1956. Y sucede muy lejos en el tiempo, muy lejos en el viento, muy distante de este vivir de ahora. Es el inicio de un trayecto iluminado por la luz última del corazón.

Enrique Badosa habita la desnudez de estos versos, los colma con la extraña belleza que envuelve sus poemas. Va desarrollando, lentamente, un camino que llega hasta el breve poema, conciso y limpio, «próximo ya en silencio inevitable» donde el poeta nos invita a todos sus lectores a ser parte de su vocabulario secreto, a instalarnos en su voz, a ser poema también. Un gesto más de la generosidad de este hombre noble, caballero a la usanza eterna, posiblemente uno de los poetas españoles de más hondo sentir y de más claro vivir. Más de cincuenta años se hallan encerrados en este armazón de palabras, construidas en la altura de las torres que vigilan el sueño, en las almenas de un bastión de memoria invicta, temblorosa como la claridad de los días amados. Lección de saber interpretar las cosas, de conocer el ritmo misterioso y trémulo del tiempo (ese ladrón de pasos inquietantes), luz para mirar, con pasión de pájaro en la oscuridad, los luminosos caminos de la amistad y el amor.

Enrique Badosa es un hombre clásico, es decir, con clase, con la fértil sabiduría de quien sabe dónde se bifurca la vida cuando se transforma en poesía, cuando se hace dual, mágica, sorprendente, y entonces brota a golpes de meditada hondura, salpicando el corazón de intuiciones ocultas, de verdades transgresoras, de satisfechas miradas. Entonces, más allá del viento, como en sus primeras poemas, no se nos dio la voz para olvidar el silencio.

II

Las ínsulas extrañas del alma construyen parajes de belleza. San Juan de la Cruz nos enseña a llegar hasta estas islas del amor, hasta estos lugares donde la noche cerca con sus ojos la vetusta altitud del silencio. En ese abismo se mueve Enrique Badosa con plenitud de náufrago, y llega hasta las costas donde nadan peces solitarios, verdes olas que arrastran la sal de los océanos, el quejido triste de los barcos.

Ínsulas para el descanso del dolor profundo en el desencanto, para dormitar después de la batalla, para erigirse en palmera donde buscar la sombra en días quemados por el sol. Ínsulas donde curar las heridas de un mundo doloroso y, a veces, perverso. Tántas veces guardián de sirenas errantes, de horizontes claros, de playas de arenas de oro. Viajero por el mundo con los ojos abiertos desde lo más profundo del entendimiento poético, allí donde las cosas se transforman para ser convertidas en poema, en voz, en dibujo secretísimo. No ha habido ningún mapa mejor trazado que el escrito con palabras de melancolía. Grecia nunca fue mejor recorrida por la contemplación de un soñador. Enrique Badosa viaja para conocerse, para reinventar al viajero, para que el lugar visitado sea más verdad. El viaje está en el centro del poeta, como eje que construye constelaciones de vida, lenguajes intensos, aromas sorprendentes. Enrique Badosa intuye que el viaje no es para ver sino para verse. Hay una reflexiva conducta de simulación, de contacto secreto con lo conocido. Y de esta manera, el poeta puede seguir siendo creador, o mejor aún puede iniciarse en lo poético, sabiamente, después de imaginar, después de haber reafirmado el escenario donde las vivencias se rehacen en un nuevo orden, con la visión renovada del buscador de sueños. Viajes para sentirse otra vez en el sendero, para no descansar nunca, para surcar los años del vivir en los caladeros de la memoria, en el plácido mar de lo vivido.

III

La ironía, el humor, la sátira y la burlesca mirada frente al mundo, armas de caballero andante por la historia de los hombres, por la absurda trayectoria de los falsos poetas. Qué bien conoce Enrique Badosa la impostura. Qué bien sabe dónde se halla la corrupta mirada, la lujuriosa desnudez, el farsante disfrazado. La última etapa de su poesía (tal vez porque la madurez se lo permite) es una mirada honda y silenciosa sobre las orillas de la vida. Más que nunca es un amigo fiel de sus amigos. Tal vez, imagino, será un amante lúcido de sus amores. Ha llegado el tiempo de pasar revista a todo lo que merece la pena ser mirado. Sustentarse en su verdad, en la dignidad que el tiempo ha ido creando en su existencia. Sus epigramas son la esencia de un pensamiento cercado por la verdad que ha ido elaborando con el conocer de las cosas. En ese cosmos poético se mueve el crítico literario, el sabio conocedor de la tradición poética, el creador meditativo, el amante liberal, el amigo entregado. En esa geografía de sus poemas renace el encantador de serpientes, también el crítico feroz contra la estupidez y la mentira. Muchos poetas en una sola poesía. Muchas vidas en un solo vivir. Si Enrique Badosa nos conmueve es por su inteligencia, por su bondad, por la transformación de todo ello en poema.

El poeta es un perpetuador de sensaciones, porque cuando tenemos uno de sus libros entre las manos (o todos juntos, como sucede ahora) nos invade la grandeza de un universo en el que habitan todas las emociones, toda la belleza y todo el sentido trascendental del hombre. En este recorrido de amor y poesía, en esta voluptuosa mirada que el poeta nos ofrece, solo nos queda el placer de sentir, de vivir con él su búsqueda y su anhelo.

Gracias, maestro, gracias por enseñarnos a ser más felices, por darnos el ejemplo que la palabra engendra en los poetas verdaderos.

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