Convulsión comunera en Castilla y León

El 23 de abril de 1521 vio el final de un intento frustrado de cambio Ruta de la revuelta comunera Ciudades que lucharon en uno y otro bando

Pintura del siglo XIX de Manuel Picolo López, donde refleja el desarrollo de la batalla de Villalar./
Pintura del siglo XIX de Manuel Picolo López, donde refleja el desarrollo de la batalla de Villalar.

Un 23 de abril, pero de 1521, la campa de Villalar fue testigo no de una alegría desbordante, como lo es hoy en día, sino el final triste de una ilusión: la que, capitaneada por Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco de Maldonado, pudo haber cambiado el devenir político del país.

La inquina hacia el nuevo monarca -Carlos V- y su pretensión de cobrar un nuevo impuesto para satisfacer los gastos imperiales fue la gota que colmó el vaso de una paciencia castellana a punto de desbordarse desde tiempo atrás. La ruta de la revuelta comunera toca de lleno las tierras que conforman hoy la Comunidad Autónoma de Castilla y León.

ARRANQUE VIOLENTO EN SEGOVIA

Iniciada en Toledo por Padilla y compañía, la revuelta comunera adquirió tintes especialmente violentos en Segovia, donde aquel 29 de mayo resultaron asesinados Rodrigo de Tordesillas, procurador que votó a favor del impuesto en las Cortes de Santiago-La Coruña, Roque Portalejo y Hernán López Melón.

El cronista Sandoval da cuenta del episodio: «acusado de la traición con que ha andado (&hellip) le llevaron arrastrando por las calles, dándole grandes empujones y golpes en la cabeza con los pomos de las espadas... y cuando llegó a la horca ya medio ahogado de la soga que de él tiraba, le ataron por los pies y le pusieron (&hellip) los pies arriba y la cabeza abajo» junto a las otras dos víctimas.

Los amotinados nombraron nuevas autoridades en forma de Comunidad. De inmediato, Juan Bravo se erigió en líder del movimiento. Lo primero que hicieron fue contener, junto a tropas llegadas de Madrid, Toledo y otras ciudades, a las fuerzas del alcalde de Corte Rodrigo Ronquillo, enviadas expresamente por Adriano de Utrecht para castigar los asesinatos; de hecho, las impidieron la entrada y las obligaron a retirarse hacia Arévalo.

BURGOS SE AMOTINA

Violento resultó también, en un primer momento, el amotinamiento burgalés, si bien la ciudad del Arlanza cambiará luego de bando, erigiéndose, por ello mismo, en factor clave de la victoria imperial. El 10 de junio de 1520, cuando el regidor decidió convocar una reunión en la capilla de Santa Catalina de la Catedral para desmentir la propaganda contraria a las Cortes de Santiago-La Coruña, la multitud, enfurecida contra los representantes García Ruiz de la Mota y Juan Pérez de Cartagena y alentada por el espadero Juan y el sombrerero Bernardo Roca, se amotinó en su contra, le increpó y forzó su huida. El saqueo de las propiedades no se hizo esperar: los amotinados incendiaron la casa del procurador Garci Ruiz de la Mota, hermano del obispo Mota, fiel aliado del emperador, pero también las de Diego de Soria, Juan Pérez de Cartagena, Francisco Castellón y la de más de un recaudador de impuestos.

Peor suerte corrió el ciudadano de origen francés Giofredo Garci Jofré de Cotannes, aposentador real que se había hecho conceder por los flamencos la fortaleza de Lara en medio de la oposición generalizada de la ciudad: además de incendiar su casa, le apresaron después de huir y refugiarse en la iglesia de Atapuerca. No les importó a los amotinados que llevase en sus manos el Santísimo: de un golpe se lo arrebataron, uno le dio una puñalada en el costado, otro le dividió el cráneo de un hachazo y un tercero le echó una soga al cuello. Aunque ya muerto, su cuerpo continuó recibiendo estocadas y, a decir de Sandoval, al final «le trajeron arrastrando por las calles y lo ahorcaron, colgándole de los pies y la cabeza abajo». Incluso, como refiere Mexía, «atravesado con mil heridas, fue colgado y luego entregado en manos de los niños para que lo arrastrasen».

ZAMORA SE REBELA

También en mayo de 1520, la llama comunera prendió en Zamora, instigada por la influencia de Pero Lasso de la Vega, quien, en su trayecto hacia Gibraltar, donde había sido confinado por orden del Rey, se hospedó en el zamorano convento de San Francisco junto a Pedro de Ayala. Ambos incitaron la rebelión, sobresaliendo en un primer momento Juan de Porras y Juan de Mella. El día 30, Zamora se lanza en masa contra los procuradores Bernardino de Ledesma y Francisco Ramírez, que acaban de votar el servicio en La Coruña. Ambos tienen que refugiarse, por el momento, en el monasterio de Santa Marta, mientras la multitud intenta quemar sus casas.

Calmada la multitud por el conde de Alba de Liste, Diego Enríquez de Guzmán, los dos procuradores fueron condenados a perder la hidalguía y la multitud quemó dos estatuas suyas en la Plaza Mayor, en recuerdo de la traición, con sus nombres grabados.

COMUNEROS LEONESES

Pero Lasso de la Vega también incitó los ánimos comuneros en León. Aquí el conflicto ciudadano se saldó con un duro enfrentamiento entre las dos grandes familias, los Quiñones y los Guzmanes, representadas ambas, respectivamente, por el procurador, Francisco Fernández de Quiñones, conde de Luna, y el regidor, Ramiro Núñez de Guzmán, señor del condado del Porma y de la villa de Toral, famoso comunero que contaba con el apoyo mayoritario de los leoneses.

Aunque el familiar de este último, Juan Ramírez, consiguió contener los ánimos, evitando que la situación degenerase en una rebelión abierta, la lucha ciudadana no tardó en hacer acto de presencia. Sucedió, según Eloy Díaz-Jiménez Molleda, después de un careo entre Núñez de Guzmán y el conde de Luna a cuenta del servicio votado en las Cortes de Santiago-La Coruña, y se extendió, en forma de combate abierto, por las plazas de San Marciel y Santa María de la Regla y por las calles de la Ollería, Rúa Mayor y Herrería de la Cruz. Vencidos los realistas y huido el conde de Luna a Medina de Rioseco, los de León establecieron sin problemas la Comunidad. El cabildo de la ciudad también se mostró partidario de la causa comunera.

TIBIEZA EN ÁVILA

Algo más tibio resultó el levantamiento comunero en Ávila, donde la exaltación fue obra del común y encontró su freno más eficaz en los nobles. De hecho, aunque los juramentados en Comunidad trataron de derribar las casas de dos de ellos, Antonio Ponce y, sobre todo de Diego Hernández Quiñones, procurador que había votado el servicio en las Cortes de Santiago-La Coruña, no lo consiguieron.

DEBILIDAD EN SORIA

Débil resultó también el levantamiento comunero en Soria, a pesar del entusiasmo inicial y de las supuestas matanzas que refiere en su crónica Prudencio de Sandoval. Además, cuando el 29 de septiembre se frustró la tentativa de subvertir la ciudad en pro de las Comunidades y dos de sus promotores fueron ahorcados, muchos huyeron. Soria, como Ávila, se mantuvo en las mismas posiciones que Burgos, abandonando la Junta a finales de 1520 y rompiendo implícitamente con ella a partir de enero de 1521.

SALAMANCA Y

LOS MALDONADO

Salamanca, ciudad en la que el hálito comunero prendió eficazmente desde 1519, tendrá en Francisco y Pedro Maldonado sus líderes más destacados, y el común, donde sobresalió sin duda el famoso pellejero Juan de Villoria, llegó a expulsar a los caballeros de la ciudad y a incendiar la casa del arzobispo de Santiago.

EXALTACIÓN CON RETRASO EN VALLADOLID Y PALENCIA

El incendio de Medina del Campo, en agosto de 1520, provocará la entusiasta y no siempre pacífica adhesión de ciudades como Valladolid, donde los comuneros quemaron varias casas y cambiaron todos los cargos, obligando a huir a los miembros del Consejo Real y al mismo cardenal Adriano. El fervor comunero en Palencia se desató con el nombramiento, en agosto de 1520, de Pedro Ruiz de la Mota como nuevo obispo; el 28 del mes siguiente, una rebelión urbana incendió la casa del corregidor, Sebastián de Mudarra, que se vio obligado a huir. Dos meses más tarde, una asamblea general otorgaba plenos poderes a Gonzalo de Ayora, enviado por la Junta y, tras una rápida recluta de soldados, los días 13 a 15 de diciembre se constituía la comunidad palentina organizada en torno a Ayora y a su moderado capitán, Diego de Castilla.

LA SANTA JUNTA DE ÁVILA

El combate de las fuerzas de Segovia, Toledo y Madrid a las del alcalde de Corte Rodrigo Ronquillo, enviadas expresamente por Adriano de Utrecht para castigar los asesinatos segovianos, desató la guerra. Para fortalecerla, Toledo convocó una Junta que denominaba Santa por sus fines no exentos de religiosidad. Las motivaciones de la reunión eran, básicamente, conseguir la anulación del servicio votado en La Coruña, la vuelta al sistema de encabezamientos, reservar cargos públicos y beneficios eclesiásticos a los castellanos, prohibir la salida de dinero y designar a un castellano para dirigir el reino en ausencia del rey.

La Junta se reunió el día 29 de julio en la sacristía mayor de la Iglesia Catedral del Salvador de Ávila; en ella dominaba el elemento popular. Dirigida por el tundidor Pinillos, nombró presidentes a Pero Lasso de la Vega y al deán de Ávila; a Padilla lo eligió capitán general de las tropas comuneras. Era un poder auténticamente revolucionario, asegura Joseph Pérez.

MEDINA DEL CAMPO, ARRASADA

Pero especial relevancia cobró, por su dramatismo y las consecuencias derivadas a corto plazo, el tremendo incendio de Medina del Campo, obra de las tropas imperiales, comandadas por Rodrigo Ronquillo y Antonio Fonseca, empeñadas en conseguir que la población les entregase su artillería.

Ocurrió el 21 de agosto de 1520. El resultado, además de contrario al fin pretendido, fue terrorífico: el convento de San Francisco, las calles céntricas, las casas particulares, los monumentos, las mercancías de los comerciantes&hellip todo lo más representativo e importante de la ciudad, para indignación de los presentes, se lo tragaron las llamas. Entre 300.000 y 400.000 ducados se cifró el valor de lo devastado.

La furia de los viandantes no se hizo esperar. Tampoco la de las ciudades ya amotinadas y, lo que resultaba peor para los intereses del emperador, la de aquellas que aún permanecían en situación dubitativa. Medina se sumó de inmediato a la revuelta y, acto seguido, Valladolid tomó cartas en el asunto radicalizando aún más las pretensiones revolucionarias.

TORDESILLAS, CAPITAL

La localidad vallisoletana de Tordesillas se convirtió en capital circunstancial de la rebelión de las Comunidades cuando, el 29 de agosto de 1520, las tropas de Juan de Padilla, al frente de las milicias de Toledo, Madrid y Segovia, entraron en la ciudad.

La Junta comunera se estableció el 19 de septiembre. La situación era extremadamente grave para los intereses del emperador: la reina Juana, aclamada por muchos como la auténtica depositaria de la Corona y, según la rumorología del momento, mandada encerrar por su hijo para impedir que gobernase, podía dar legitimidad a la revuelta comunera. También los líderes de ésta cifraban en su persona las esperanzas de un mejor gobierno.

De ahí que la primera intención de los alzados, prontamente lograda, fuera concertar una entrevista en el mismo palacio.

La reina Juana, cautiva en la localidad, se mostró amable con los comuneros pero no cedió a sus pretensiones de rubricar documento alguno en contra de su hijo, el emperador Carlos V.

MEDINA DE RIOSECO Y BURGOS, CON LOS NOBLES

Entretanto, Medina de Rioseco, feudo del almirante de Castilla, no tardó en convertirse en el núcleo del rearme imperial contra las Comunidades, atemorizados los nobles por el movimiento antiseñorial que la revuelta comunera había desatado en los pueblos. Lo hicieron, como ha escrito Joseph Pérez, por egoísmo y por defender sus intereses, no tanto por confianza hacia el emperador

Por su parte, el condestable de Castilla logró que Burgos, ciudad de la que era su señor, saliese de la Junta y apoyase al bando realista: lo consiguió el 1 de noviembre de 1520, después de negociar con los hermanos Castro, volver a entrar en la ciudad y prometer, a mediados de octubre, que ésta obtendría el mercado franco de los martes de cada semana.

Además, desde el primer momento, el movimiento comunero local habría estado controlado por los grandes mercaderes, interesados en mantener la exportación de lanas a los mercados del norte, actividad altamente beneficiada por el reinado de Carlos V. A ello se sumarían los temores ante el rumbo expresamente radical que estaban tomando los acontecimientos en el seno de la Junta comunera.

VILLABRÁGIMA Y ADIÓS A TORDESILLAS

Lo siguiente fue un encadenamiento de errores; el bando comunero nombró jefe a Pedro Girón, que instaló su campamento en Villabrágima. Mientras desde el mismo amenazaba a los nobles que aguardaban en Medina de Rioseco, el obispo Acuña hacía naufragar cualquier tipo de conversación con un enviado imperial: fray Antonio de Guevara, humillado, el 28 de noviembre de 1520, en la iglesia de Santa María de Villabrágima.

Entonces aconteció lo peor. Era el 5 de diciembre de 1520. El bando carolino, favorecido por la impericia de Girón, entró en tromba en Tordesillas provocando la retirada comunera. A partir de entonces, Valladolid se erigirá en capital radicalizada, tremendamente radicalizada, de la rebelión. Enseguida, Juan de Padilla tomó cartas en el asunto. Al frente de 1.500 hombres, salió de Toledo y entró en Valladolid como si de un mesías se tratara. El recibimiento fue apoteósico. Ubicada la capital comunera en la ciudad del Pisuerga, el ejército de la Junta nombró entonces un nuevo comité de guerra formado por Padilla, Zapata, Pedro de Ayala y Alonso de Saravia.

TIERRA DE CAMPOS, ASOLADA POR ACUÑA

A su vez, entre los meses de enero a marzo de 1521, la comarca de Tierra de Campos resultó asolada por el obispo Acuña. Su misión no era otra que conseguir fondos para la causa comunera. Acompañado de 4.000 peones y 400 lanzas, estableció su cuartel general en Dueñas y enseguida pasó a Palencia; su llegada contribuyó a solidificar el levantamiento comunero en la capital palentina y generó un impactante movimiento antiseñorial que atemorizó sobremanera a los nobles y terminó por decantarlos, de manera definitiva, del lado imperial.

Los saqueos de Acuña tuvieron lugar en localidades como Frechilla, Fuentes de Valdepero, Becerril, Paredes, San Cebrián, Cervatos, Carrión, Villalcázar, Piña, Amusco, Támara y Astudillo, Magaz, Villamuriel, Tariego, Cordobilla, Frómista, etcétera.

AMPUDIA A GOLPES

Mientras eso ocurría, Ampudia era escenario de una lucha tenaz. Tomada en un primer momento -11 de enero de 1521- por los imperiales Francés de Beaumont y Pedro Zapata, Padilla y Acuña no tardaron en planificar la conquista.

Para ello se reunieron en el castillo de Trigueros del Valle, desde el que se lanzaron a la revancha. Huidos Beaumont y Zapata, tomaron Ampudia el día 19. Padilla, aprovechando la ocasión, salió raudo en dirección a la localidad de Torremormojón para dar caza a los huidos. Asoló la localidad pero estos lograron escapar.

TORRELOBATÓN, ÚLTIMO DESTELLO

El último destello de brillantez comunera tuvo lugar en Torrelobatón. La campaña la preparó a conciencia Juan de Padilla en febrero de 1521. Torrelobatón era propiedad del almirante de Castilla, y su situación estratégica, en la línea que une Valladolid, Medina de Rioseco y Tordesillas, se antojaba decisiva para avanzar en los intereses de la Comunidad. Tras tres días de duro asedio, Padilla se hizo con la localidad el 29 de febrero de 1521.

DERROTA EN VILLALAR

El bando realista, reforzado por el apoyo de los nobles y comandado por el condestable y el almirante de Castilla, se apresuró a dar caza al ejército comunero que, liderado por Padilla, salió de Torrebolatón en dirección a Toro. Lo componían un total de 6.000 hombres, entre ellos 400 lanzas y 1.000 escopeteros.

Les dieron alcance el 23 de abril de 1521, en una campa próxima a la localidad vallisoletana de Villalar, en el lugar denominado Puente de Fierro, sobre el arroyo de los Molinos, un terreno muy pegajoso y fangoso. Los capitanes comuneros fueron conducidos primero a la fortaleza de Villalba, y luego a Villalar. Los ejecutaron el 24 de abril de 1521. Las cabezas de los tres capitanes fueron clavadas en picas y expuestas en garfios en la punta del Rollo de la localidad.

La derrota infligida a los comuneros supuso el fin de la organización política revolucionaria. Con todo, la revuelta comunera siguió en pie en Toledo, liderada por el obispo Acuña y, sobre todo, por María de Pacheco, mujer de Juan de Padilla. La caída definitiva de esta ciudad en manos imperiales tuvo lugar el 3 febrero de 1522.

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