El bosque de los violines

«En Paneveggio hay árboles apóstatas, cuyas ramas silabean al frotarse con el viento afirmando su vocación de ser voz; inquietos en su crisálida de madera, anhelan liberarse de su áspera costra para resolverse en música, sonámbulos durante lustros, soñando que uno de los brotes de su rojizo tronco alumbre un violín»

INÉS MOGOLLÓNMUSICÓLOGA
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                             JOSÉ IBARROLA/
:: JOSÉ IBARROLA

Al norte de Cremona, en la provincia de Trento, despeinado por los vientos que descienden de las heladas cimas de las Dolomitas, dormita, en los confines del Parque Natural de Paneveggio, el bosque de los violines. Allí, lejanos y erguidos, hincados en un relieve alpino coronado por torturadas calizas que se alzan sobre suelos avaros, multiplican sus anillos los árboles que cantan, árboles cuyos conos, mecidos por los temporales, resuenan como campanas. Es el 'Picea abies' o 'Picea excelsa', una conífera de hoja perenne y porte cónico, el falso abeto de capucha oscura y corteza roja, de madera densa, nudosa, conductora, una madera resonante que satisface como ninguna otra las exigencias de los violeros. Y es que sólo con el castigo que les infieren aquellos altos neveros en los que se hilvanan nieblas y nubes y donde el frío muerde con rabia la piedra se endurecen, hasta casi mineralizarse, las 'peccetas', los árboles que los maestros cremonenses -Nicola Amati, Antonio Stradivari, Giuseppe Guarneri, Francesco Rugieri, Carlos Bergonzi, Lorenzo Guadagnini- preferían para sus violines. Y no sólo ellos, tenemos relatos que cuentan cómo Vivaldi caminaba detenidamente a través del bosque de Paneveggio para seleccionar los árboles de los que desgajarían sus instrumentos. Y es que la primera labor del violero, mucho antes de inclinarse en su banco de trabajo, es un minucioso análisis de la madera puesto que de su idoneidad acústica dependerá directamente la calidad sonora del instrumento, y sólo entonces, aprovechando esta materia que la tutela del tiempo y el desafío del medio han hecho mejor y más resistente podrá el maestro culminar con su pericia el proceso de selección natural, perfeccionar la materia prima para transformarla en un producto dócil a la música, algo realmente difícil. De los veinte mil metros cúbicos de excelente madera que cada año proporciona el bosque de Paneveggio, apenas treinta presentan las propiedades y el comportamiento óptimos que determinan su destino musical: alta densidad, elasticidad, bajo peso especifico, estabilidad y un correcto cociente de la velocidad de trasmisión del sonido por sus fibras longitudinales y transversales. Además debe ser una madera fácil de trabajar al detalle. Nada de esto ha cambiado, las piceas de Paneveggio presentan hoy como hace cuatrocientos años las extraordinarias cualidades estéticas y físico-acústicas que hacen que acudan a las quebradas que habitan, maestros artesanos procedentes de todo el planeta para pujar por su madera.

Precisamente ahora, durante los meses de enero y febrero y preferiblemente bajo una luna en fase menguante o luna nueva, es el mejor momento para la tala; con la luz amortajada y el frío intenso, el árbol se crioniza, sus funciones metabólicas disminuyen y el correr de la savia se detiene, lo que propicia que durante el secado la madera no se agriete. Son mejores los ejemplares que crecen al abrigo de los vientos, orientados al Oeste y con una edad que ronde los cincuenta años. Su tronco, una vez hecha la tala, es aserrado radialmente, en cuñas gruesas. Los análisis dendrocronológicos confirman que Stradivari empleó para el secado de sus planchas de diez a treinta años para sus mejores instrumentos, y rebate la leyenda que afirmaba que el maestro utilizaba madera de barcos hundidos, de renovadas catedrales o antiguas fortalezas. No, la materia prima estaba aún viva cuando entraba en su taller y tomaba la gubia para dar forma a la tapa de resonancia con sus oídos en forma de efe, una plancha de picea que una vez ensamblada a las restantes sesenta y cinco piezas, conforma un violín, un extraño y perfecto artefacto músico, un afeminado cuerpo de treinta seis centímetros y cuatrocientos gramos que hay que proteger con varias capas de barniz, esa melaza química que viste de seda el instrumento. Y después, al final, qué hermosa se aparece a los ojos la madera, con sus aguas barnizadas de color café, albaricoque, naranja o cereza. Parece de charol, de miel tibia. Al observar su belleza, concluyo que erró su verso el Poeta cuando escribió que nunca veremos un árbol que quiera ser otra cosa. En Paneveggio hay árboles apóstatas, cuyas ramas silabean al frotarse con el viento afirmando su vocación de ser voz; inquietos en su crisálida de madera, anhelan liberarse de su áspera costra para resolverse en música, sonámbulos durante lustros, soñando que uno de los brotes de su rojizo tronco alumbre un violín. Ahora comprendo por qué a veces, asomando apenas en la música que se interpreta en un Amati, un Stradivarius o un Guarneri del Gesú, me sorprende oír desde el patio de butacas lo que parece el silbo de un viento de última hora, un crujido como de escarcha, un rumor de tamujas y nieve que parece venir de muy lejos, de muy alto, con mucho frío.

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