Aquel zulo de San Juan, los churros y mi padre

Playa de San Juan, en Alicante, en los años ochenta. /
Playa de San Juan, en Alicante, en los años ochenta.

Los viajes a la aventura en los ochenta acababan a veces con la familia alojada en cubículos. Pero lo importante no era el cómo, sino con quién disfrutabas las vacaciones

Ricardo Sánchez Rico
RICARDO SÁNCHEZ RICO

Decathlon ha sacado un anuncio veraniego en el que fía todo el éxito de las vacaciones a la improvisación. Para eso vende tiendas de campaña que ni el Ritz, y ropa y calzado deportivo que te hacen subir por los riscos como una cabra montesa. En ese spot, marido y mujer, en plena conversación telefónica, parecen de Betanzos y de Villagarcía de Arosa, por aquello de responder con otra pregunta. 'Cariño... y estas vacaciones ¿adónde vamos?', le dice ella. 'Pues... no lo sé. ¿Cuántos días?', inquiere a su vez él. 'Pues eso tampoco lo sé', responde ella. '¿Mmm...Y qué haremos?', pregunta el marido, pelín huevón. 'La verdad es que no lo he pensado', dice ella, pelín huevona también. 'Vamos con los niños, ¿dónde dormiremos', le dice ella. 'Ni idea', responde el marido. 'Pues suena muy bien', afirma ella. 'Sí, suena muy bien', afirma él. No hagan caso del anuncio, creánme. Aunque les guste acampar a cielo abierto, entre ríos cristalinos y montañas con vacas. No vayan nunca a la aventura en vacaciones, sin saber dónde hospedarse. Háganme caso. Se lo dice servidor, que algo sabe de alojamientos inmundos en verano.

De uno de ellos, por ejemplo, guardo nítidos recuerdos, aunque no me acuerde mucho del año. Tendría por aquellos tiempos unos 12 años, y como todos los veranos, esperaba impaciente el 31 de julio, último día en que trabajaba mi padre antes de coger vacaciones. Eran los ochenta, de eso estoy seguro, y decidimos ir aquel año a Alicante, con las aletas a cuestas y el dinero de la extra en el bolso, pero sin haber reservado hotel, apartamento, pensión, hostal o algo que se le pareciese. En Alicante nos presentamos, y nos hospedamos la noche de llegada en una pensión que aún me causa terror su solo recuerdo.

Por la mañana, mis padres salieron muy pronto a buscar un apartamento por la ciudad, mientras mi hermana y yo nos aguantábamos las ganas de ir al baño (comunitario, claro) por no recorrer el pasillo, ese pasillo que podrían haber elegido para la película 'El Resplandor'. Pero no encontraron nada habitable por allí acorde a lo que podía pagar una familia humilde, así que terminamos instalándonos en un ¿apartamento? en San Juan que daba más miedo todavía que la pensión. Tirando por alto, tendría unos 20 metros cuadrados, con un baño anti mareos (si sufrías un desmayo no caías, sujeto por los hombros, encajonados entre las paredes); una cocina en la que una salchicha no sobresalía de la sartén, te recibía en el felpudo de la entrada; un camastro con el muelle más flojo que el de un abuelo de 98 años, y dos camas que, juntas, permitían dormir a tres personas al bies. Y para remate, una galería de apenas tres metros cuadrados en la que uno se 'perfumaba' con el olor a churros del puesto de abajo, que había días en los que, mojando un brazo en chocolate, eras capaz de llegar a la autoantropofagia.

Para colmo, aquel verano a mi padre le ocurrió de todo. Además de los continuos golpes con la persiana para salir a esa galería pequeña incluso para topillos, se negó a darse bronceador en la espalda y le salieron una especie de pompas en los hombros que parecía que estaban friendo un huevo sobre ellos. Había un cine de verano, pero me quedé con las ganas porque mi padre no consideró oportuno dejarnos ir a mi hermana y a mí, así que por las noches me dedicaba a seguir la pretemporada del Madrid de Camacho, Stielike y Santillana, merenguismo que es herencia paterna y principio irrefutable en mi vida.

No crean lectores que me he confundido de página, que aquí uno escribe para contar los recuerdos de su mejor verano. Pensarán que qué tiene de bueno un verano así, metido en una caja de cerillas con olor a fritanga todo el día y más dificultades para dormir que un insomne en el círculo polar ártico. Pues lo tenía. Y mucho. El estar juntos los cuatro, mis padres, mi hermana y yo. Aunque mi padre estuviera más tiempo cabreado que en paz, aunque mi madre se quejase de no poder ni aliñar una ensalada por falta de espacio en la cocina o mi hermana, ocho años mayor que yo, tuviese por entonces la cabeza más cerca del Pisuerga que del Mediterráneo, que algún pez había picado por allí seguro.

Estar juntos los cuatro. Qué bien suenan esas palabras ahora que uno frisa la cincuentena y ha aprendido que en la vida el papel que desempeñan los padres es el más difícil y el más abnegado, que han sido siempre tu escudo y tu tablón en el mar, el germen de tu educación y el espejo en el que, inconscientemente, te has mirado toda la vida. Ese año fue maravilloso, como todos los que estuvimos antes o después en otros lugares, en Santander, en Cullera, en Málaga... Tenía a mi padre, a quien admiraba ya por entonces cuando, a los 50 y con panza, era capaz de darse la vuelta sobre sí mismo agarrado a la barra de uno de los toldos de la playa. Le admiré siempre, hasta el final, cuando hace menos de dos años nos legó su última lección de vida en el hospital. Con él se fueron aquellos veranos de familia, donde lo importante no era el cómo sino el con quién. Lo que daría yo por bañarnos juntos en el mar, padre, y enseñarte por fin a nadar.