De Zancopanco al príncipe Rito

Los campamentos estivales marcan a los más jóvenes y despiertan algunas de las que después serán sus aficiones. Protagonizaron los veranos de toda mi niñez

La monitora de un campamento, disfrazada de india, explica un juego a varios niños durante una yincana junto al Lago de Sanabria./J. A. P.
La monitora de un campamento, disfrazada de india, explica un juego a varios niños durante una yincana junto al Lago de Sanabria. / J. A. P.
J. A. Pardal
J. A. PARDAL

Cuentan en la película 'Bienvenidos al norte' que todos los que llegan al pueblo francés de Bergues lo hacen con lágrimas en los ojos porque no quieren permanecer allí, pero cuando se tienen que marchar lloran una vez más porque no querrían despedirse nunca.

Algo similar ocurre con los campamentos de verano que cada año disfrutan miles de niños, aunque en mi caso no puedo afirmar que cuando mis padres me subieron a un autobús con una mochila en la que el saco de dormir sobresalía notablemente por encima de mi cabeza mis ojos estuvieran encharcados. Lo que sí guardo vivamente es que mi corazón parecía plegado sobre sí mismo.

Yo contaba entonces con nueve años y me dirigía a mis primeros quince días lejos de la protección familiar y a un lugar maravilloso al que ya empezaba a amar: el Parque Natural del Lago de Sanabria, en Zamora. Y lo amo hoy en día y recuerdo con cariño aquel primer campamento pese a que a las pocas horas de llegar a él me vi obligado a desandar el camino, esta vez en dirección al hospital. Un cabezazo involuntario durante un juego me abrió una tremenda brecha en la ceja cuya cicatriz aún me sirve hoy en día para contar la batallita de cuando en cuando.

Con la herida ya suturada y sin poder bañarme por prescripción médica durante largos días, empecé a zambullirme en la historia del mago Zancopanco, que luchaba por liberarnos de la maldición del brujo Pelujo, tremendamente enfadado porque no le habíamos invitado a la fiesta de inauguración de nuestra aventura.

El conductor de la historia era realmente Lorenzo, el cura de la parroquia de San José Obrero a la que yo pertenecía, y gracias a sus cuentos y a las actividades que se nos iban proponiendo aprendí que los helechos van genial para tapar el calzado y quitarle el mal olor, que las estrellas fugaces no se ven en ningún sitio como junto al Lago de Sanabria a medianoche o que ayudar a la cocinera Rosa lejos de ser un arduo trabajo podía convertirse en algo divertido.

Lo aprendí entonces y lo reforcé durante los sucesivos periodos estivales en los que viajé allí, cada vez con más responsabilidades dentro de la magnífica aventura de disfrutar de la naturaleza, conocer amigos que aún hoy perduran o completar mis primeras rutas de montaña.

Cada año era más alto, mi voz más grave y mi bigote empezaba a mostrar algún pelo. Pasó tanto tiempo que llegué a los 16 años, la edad a la que estaba obligado a decir adiós a esos tramos de verano bajo una tienda de campaña... Pero no quise, así que me convertí en monitor y de paso en el príncipe Rito, al que un ruin hechicero le había lanzado tal maldición que su coche oficial se convirtió en un patinete y que le atontó tanto que un día se despertó en medio del bosque y tuvo que ser rescatado por los exploradores de entre 8 y 15 años que habían corrido a ayudarle.

Lo desconocia, pero aquel era mi penúltimo verano allí. Un año después, de regreso a Zamora de nuevo en un autobús tras un intenso campamento, solté mis últimas lágrimas al despedirme de aquellos que entonces eran mis protegidos. Estaba diciendo adiós a una de las mejores épocas de mi vida y ni siquiera lo sabía.

Así que, papás, no lo duden, envíen a sus niños de campamento. Tal vez dentro de unos años ellos también los recuerden como los mejores veranos de su vida.