El verano que dejé de cenar con Peter Pan

Campanilla mira a través de una cerradura en un fotograma de la película 'Peter Pan'. /Disney
Campanilla mira a través de una cerradura en un fotograma de la película 'Peter Pan'. / Disney

Estuve empadronado en el país de Nunca Jamás hasta junio del año pasado. Murió mi madre y dejé de ser un niño, aunque todavía sigo jugando al escondite

MARCO ALONSO

Volveré a poner tus cubiertos en la mesa, aunque sé que hoy tampoco vendrás a cenar. Hace ya demasiado tiempo que tú y yo no pasamos un rato juntos, como antaño, cuando mezclábamos Fanta y Coca Cola para hacer el mejor refresco del mundo:ese que antes tenía sabor a gloria, pero ahora solo sabe a rayos y a nostalgia.

Ya solo bebo vino del bueno en la cena, de ese que dicen que mejora con los años y no se puede mezclar con Coca Cola. ¿Sabes? Siempre quise tener una bodega como la que tengo, con referencias de las denominaciones más importantes del país. Pero te confieso que después de catar tanto me he dado cuenta de que todos los vinos me saben igual, por mucho que me haga el interesante diciendo chorradas, como que unos tienen toques a regaliz y otros, a vainilla. Qué razón tenía el abuelo cuando decía aquello de «si quieres regaliz, no vayas a la bodega, vete al quiosco. El vino sabe a vino, coño».

Sí. El vino sabe a vino, pero el paladar rara vez está de acuerdo con lo que se refleja en las etiquetas. «Sabor que dura y duuuuuura», eso ponía en los envoltorios de los chicles 'Boomer', que tenían un gusto a fresa tan efímero como el pegamento de una 'Manoloca'. ¿Te acuerdas? Tal vez ya no. Hace muchos años de aquellos días en los que acabábamos con agujetas en la mandíbula de masticar tanto esa mierda.

Perdona si me pongo un poco melancólico pero, ahora que me ha dado por pensar en los sabores de la infancia, me percato de que ya nada me deja la cara de satisfacción que poníamos cuando acabábamos el chocolate de la abuela y nos limpiábamos los berretes con la manga de la camisa. Creo que he tardado demasiado tiempo en darme cuenta de que lo importante no es lo que hay dentro de la copa, sino quien la sostiene. Y aquí me tienes, frente a una hoja en blanco tratando de justificar por qué no brindamos desde junio del año pasado, desde ese mes en el que se cumplió mi sueño y debería haber empezado el mejor verano de mi vida.

Ha pasado mucho tiempo, pero aún recuerdo tu cara al verme interpretar a un presentador de la tele en la función de Navidad del cole. Tus ojos brillaban tanto como aquel enorme foco que me apuntaba mientras decía balbuceando eso de «así son las cosas y así se las hemos contado». Ya te lo he dicho mil veces, pero aquel día me di cuenta de que de mayor quería ser contador de historias y, mientras tanto, tú soñabas con que yo de mayor fuese pequeño.

De vez en cuando, con una copa de Ribera en la mano y en la más absoluta soledad, me da por pensar qué fue de ese niño que quería ser contador de historias y que se ha convertido en lo que soy ahora. Entonces, reparo en que aquel mes de junio lo cambió todo, pero no por esa rúbrica con la que llevaba soñando toda la vida, esa que solté sobre un papel en el que por fin se me llamaba trabajador indefinido de una empresa que se dedica a eso: a contar historias. Todo cambió porque te marchaste y me empujaste a dejar de ser ese niño que balbuceaba al parafrasear a Luis Mariñas.

Cuando me miro al espejo, ya no me tengo que poner de puntillas para ver si me he limpiado bien los restos de chocolate de la cara. Ya no tengo berretes y no me paso el día con la camisa sucia. ¿Recuerdas las caras de asco que poníamos cuando mi madre nos obligaba a cenar pescado? Ya sabes, si no te lo comías por la noche, te tocaba desayunarlo por la mañana. Y ese era el peor de los castigos. Así que, nos tapábamos la nariz y masticábamos lo justo para que pasaran aquellos pedazos del infierno hacia nuestros estómagos, que en esa época estaban más acostumbrados a digerir Peta Zetas que pescadilla.

Lo que es la vida. Ahora voy todas las semanas a la pescadería, aunque me entran ganas de asesinar al pescadero cuando llega mi turno y me dice eso de «usted es el siguiente. ¿Verdad señor?».

No te voy a engañar. Este señor que se atiborra de pescado echa en falta en su dieta Monchitos, Rufinos y Phoskitos y, de vez en cuando, va al quiosco en su busca. Tan solo un mordisco de esa basura llena de grasas saturadas es capaz de trasladarme a aquellos veranos en los que cenábamos a toda prisa. Daba igual lo que hubiera en plato: lubina, dorada o bertorella. Devorábamos en un pispás un pez con más espinas que un cactus con tal de llegar lo antes posible a la calle para jugar al escondite.

Me gustaría decirte que, del mismo modo que ya no mastico chicle 'Boomer' y que mi 'Manoloca' lleva décadas sin pegamento en un cajón, también he dejado de jugar al escondite. Pero si te lo dijera, mentiría. Estoy a un par de años de sufrir la crisis de los 40 y sí, sigo jugando a eso que tú llamabas 'el esconderite', de hecho estoy inmerso en la partida más larga de mi vida. He encontrado la guarida perfecta, es tan buena que hace más de un año que no dan conmigo.

Me encantaría salir corriendo a toda prisa y gritar eso de «por mí y por todos mis compañeros», pero sospecho que ya no me quedan compañeros a los que salvar. Por eso te estoy escribiendo esta carta, Peter Pan, porque eras tú el que te la quedabas aquel día de junio y quiero que me encuentres de una maldita vez. Ya te he dicho que he puesto los cubiertos en la mesa y mamá no nos ha hecho pescado. Cuando vengas, te cuento por qué.