La suerte de veranear en la España vaciada

La balsa de Pinilla Ambroz, donde pasábamos las horas tirando cantos, con la iglesia de San Juan Bautista al fondo. /E. E.
La balsa de Pinilla Ambroz, donde pasábamos las horas tirando cantos, con la iglesia de San Juan Bautista al fondo. / E. E.

El aroma a verano en Pinilla Ambroz, donde las horas pueden parecer días y los meses toda una vida, en el mejor sentido de la palabra, más que quitarme la vida, me la daba

Eva Esteban
EVA ESTEBANPinilla Ambroz

Las vacaciones de verano significaban pueblo. Y con él, las noches sin hora de vuelta a casa, las tardes tirando piedras junto a la balsa o los paseos hacia la Peña Pinilla. Era llegar el mes de junio y algo se iluminaba dentro de mí. El tercer fin de semana, con las fiestas en honor a San Juan, montábamos al coche, un Renault 19, y, maleta en mano, a pasar el verano al pueblo de mi padre, Pinilla Ambroz, una pequeña pedanía de Segovia. En invierno, apenas nueve personas dan vida a sus calles y casas. Por entonces únicamente se llamaba despoblación. Hoy formaría parte de la denominada España vaciada. De ahí que poca gente entendiera mis ganas de pasar mis días de 'libertad' y descanso en un pueblo que, por no tener, no tenía ni cobertura. Todos los años la misma cantinela:«¿Pero allí que hay? ¿no te aburres», me preguntaban. Pero yo, ensimismada, respondía siempre lo mismo. «Mi hermana y yo nos lo pasamos bien», creo recordar que decía. Y la verdad es que, con perspectiva y viendo las nuevas formas de entretenimiento de los jóvenes a día de hoy, razón no les faltaba.

No teníamos teléfono móvil. Tampoco niños con los que jugar. Mi hermana Sara, tres años mayor que yo, era mi mejor distracción. Si teníamos suerte, por la noche, a la hora de la cena, la señal de televisión daba un respiro y nos dejaba ver el Grand Prix. Pero éramos felices. No necesitábamos más. El aroma a verano en el pueblo, donde las horas pueden parecer días y los meses toda una vida, dicho esto en el mejor sentido de la palabra, a mí, más que quitármela, me daba la vida.

Recuerdo con especial cariño el verano de 2007. Último fin de semana de agosto. Recta final del verano. Como cada año, mi familia llegó a Pinilla a pasar el fin de semana para celebrar las fiestas patronales en honor a San Ramón Nonato. Mis tíos y mi primo llegaron a última hora de la tarde. Sergio acababa de nacer, tenía apenas cinco meses. Pero aún era demasiado pequeño como para que a una niña de nueve años como era yo le dejaran cogerle en brazos más de cinco minutos. Por tanto, no había 'juguete', nuevamente en el mejor de los sentidos, que valiera.

Cuando estábamos solas en el pueblo lo pasábamos en grande, pero si había más gente, los típicos veraneantes madrileños y catalanes que acuden a la Castilla profunda en busca de una especie de retiro espiritual, y otras maneras de divertirse que no fuera dando patadas al balón, nos aburríamos de mala manera. Por entonces, todos pendientes del niño, mi hermana y yo decidimos probar nuestros dotes de pesca. Nos acercamos hasta la balsa, situada a escasos cincuenta metros de casa de mis abuelos Esteban y Dora y, con un cubo y una red de cuando mi padre era pequeño, nos sumergimos, hasta las rodillas, en las turbias aguas y probamos suerte.

Atrapamos un renacuajo. Le cogimos cariño y, en un alarde de irresponsabilidad, decidimos llevárnosle a la cuadra para que fuera la mascota de mi primo, que ni tan siquiera nos reconocía.

Lo cierto es que estaba bien cuidado. Yo estaba obsesionada con la película 'Manolito Gafotas', por lo que decidimos llamar a nuestro pequeño 'Catalina', como la madre del protagonista. Días después, y antes de que ocurriera una desgracia, decidimos devolver a Catalina a su hábitat natural. Ese día fui consciente de la suerte que tenía por veranear en la España vaciada.