Por la senda del canal del Duero

A tan solo ocho kilómetros de Valladolid se encuentra una senda formada por el canal del Duero y la acequia, perfecta contra el estrés

Fragmento de la acequia, en servicio desde 1904. /Jesús Nieto
Fragmento de la acequia, en servicio desde 1904. / Jesús Nieto
Jesús Nieto
JESÚS NIETO

A tan solo ocho kilómetros de Valladolid, se puede disfrutar de una jornada memorable de naturaleza e historia. Laguna de Duero, más conocida por ser el segundo municipio de la provincia de Valladolid, por las torres de Torrelago, por el lago y el desarrollo urbanístico de los últimos años, atesora también un valor que aunque no está oculto sí pasa más desapercibido: se trata de su rico patrimonio natural y cultural.

Podríamos comenzar la ruta encaminándonos hacia el canal del Duero. Y mientras nos acercamos y cruzamos el puente sobre la autovía, la antigua vía del ferrocarril de Ariza y el canal del Duero, vemos la que puede ser la primera parada: allí, elevada e imponente, se encuentra la ermita de la Virgen del Villar.

Este templo, del siglo XVI, conserva la imagen de la Virgen del Villar, del siglo XIII. Se trata de una pequeña escultura policromada de estilo románico que se encuentra en la hornacina central del retablo barroco que preside el presbiterio. Está colocada sobre una gran peana del siglo XVIII. Acompañando a la Virgen, en la parte alta de los muros, se conservan unas pinturas al temple, sobre milagros que se la atribuyen.

Pero seguimos por el canal del Duero, construido en el siglo XIX con el fin de abastecer de agua potable la ciudad de Valladolid y crear una gran superficie de regadío en sus alrededores. Junto al canal del Duero, una ancha senda frecuentada por paseantes y ciclistas y caracterizada por su silencio y tranquilidad, nos lleva hasta la antigua estación de ferrocarril de la línea de Ariza. Justo ahí abandonamos el canal y nos adentramos en la acequia.

La acequia tiene cuatro kilómetros y medio y une el canal del Duero con el río Duero. En servicio desde 1904, fue construida para abastecer de agua a las tierras colindantes, convirtiendo cerca de 800 hectáreas en tierras de regadío. A ambos márgenes se pueden encontrar varias especies arbustivas como chopos, pinos, sauces, falsas acacias y algunos árboles frutales, entremezclados con otras especies vegetales como majuelos, zarzamoras, rosales silvestres, torviscos o esparragueras.

Cuando se camina por ella en verano, el sonido del agua hace del paseo la mejor terapia para el relax y el bienestar mental. Aquí el estrés desparece y las preocupaciones se relativizan. Una ardilla juguetona, salta de árbol en árbol, baja a la senda cuando no hay nadie y corre hasta otro tronco que trepa con suma rapidez. Este es su barrio y donde le gusta vivir. Y mientras se pasea, se pueden contemplar infinidad de especies arbóreas y arbustivas: espárrago silvestre, avellano, ciprés, higuera, fresno, acacia, hiedra, nogal, manzano, pino, peral, chopo, cerezo, encina, zarzamora, olmo, parra… o setas escondidas entre los troncos.

Antes de abandonar el municipio lagunero, tampoco está de más visitar la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, también del siglo XVI, con bóvedas de crucería estrellada. Además, tiene un retablo, con la curiosidad de que se trajo de los franciscanos de Valladolid, cuando estos religiosos se encontraban donde está ahora el teatro Zorrilla.

Y para finalizar la excursión, nada mejor que un buen lechazo en la bodega bajo la ermita o un relajante refrigerio en la terraza del lago mientras se contemplan los patos y algún que otro pescador que devuelve sus capturas al agua.